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Cuando el arte es un derecho

El cine español más 'underground' se ha dado cita un año más en la sección Resistencias del Festival de Cine Europeo de Sevilla

Miradas frescas y diversas al séptimo arte han ofrecido un contrapunto al cine europeo más mayoritario

Jovencísimos cofrades, treinteañeras en crisis, proyeccionistas en transición y puertos decadentes han encontrado su lugar en la sección

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Los Mutantes (Gabriel Azorín). Fotograma

Los Mutantes (Gabriel Azorín). Fotograma

El arte es un derecho. Lo dice Carlos Rivero, un joven cineasta sevillano, durante el coloquio de su última película, El misterio de Aaron. El juego de miradas, con la Semana Santa sevillana de fondo, invita al realizador a reflexionar sobre el estado marginal del arte, la cultura, el cine, arrinconado por presupuestos generales y ministerios, que le dan un rango de segunda.

A esta marginación se resiste, nunca mejor dicho, Resistencias, la sección del Festival de Cine Europeo de Sevilla patrocinada por eldiario.es Andalucía, que durante una semana ha puesto el foco en el cine menos comercial, más underground, al margen o independiente. Que el lector elija la etiqueta que prefiera para acompañarnos por este paseo entre las joyas (o diamantes en bruto) que nos ha dejado esta sección repleta de jóvenes promesas.

Comenzamos paseando con Aaron, un niño de un par de años, que descubre el mundo imbuido de un ambiente cofrade en la ciudad barroca y sacra por antonomasia, Sevilla. De espaldas a lo que le rodea, Rivero mira fijamente durante una semana a los ojos de Aaron. A su alrededor, música cofrade, recortables de Semana Santa, capirotes, cirios y capas de nazareno componen un universo, que terminará condicionando de por vida (o no) al joven cofrade. 

Alonso Valbuena se adentra con valentía en sus propios recuerdos en 240.000 euros. Recurre a la hipnosis para visitar el hogar de su infancia y rememorar sus recuerdos infantiles con vídeos arrebatados al olvido. ¿Cuánto valen los recuerdos? Desde luego, no los 240.000 euros por los que se vende la casa donde pasó su infancia.

Valbuena y Rivero, colegas y ex compañeros de facultad, lanzan así una reflexión madura sobre la infancia, ya sea desde la nostalgia o desde la curiosidad.

Su mirada propia y fresca se corresponde con la del veterano Antonio Morales , director de teatro desde hace dos décadas, en Marisa de los bosques. Su ópera prima deja entrever sus raíces teatrales en la enorme importancia que concede a los personajes, especialmente a su protagonista, Marisa, interpretada por una Patricia Jordá en estado de gracia.

Entre el humor y la tragedia (como avanza la primera escena de la película), Marisa en los bosques se desliza hacia terrenos arriesgados y surrealistas sin arrebatarle al espectador la empatía que le despierta una treinteañera sin trabajo, pareja ni proyectos a la vista y se niega (por qué no) a ver que se encuentra en crisis, ocultándolo (quizás) en una amiga a la que acaba de dejar su novio. Sus toques almodovarianos son evidentes.

Marisa se hace querer tanto como Miguel Ángel, el protagonista del último verano, éste sí de carne y hueso. Leire Apellaniz tiene el acierto de grabar a su protagonista en un momento crítico: la transición del cine analógico al digital. Y es que Miguel Ángel es un transhumante, que lleva su cartelera particular de un lado a otro de la geografía española. De formas clásicas, el documental nos lleva al particular universo del proyeccionista, un universo de sueños, donde el cine muestra sus costuras menos amables y más marginales.

De metacine nos habla también Los Mutantes (Gabriel Azorín), una de las películas más comentadas y desesadas de la sección. Lo que empieza siendo un divertídismo plano secuencia de unos estudiantes de cine recogiendo un decorado y pintando una pared, termina con una clase de cine, donde se proyectan sus obras y el profesor analiza y detecta errores y aciertos de sus alumnos.

En lo que a planos generales simétricos se refiere, Stanley Kubrick, Wes Anderson o Ulrich Seidl son o han sido fieles seguidores. También Irati Gorostidi, que, en Pasaia Bitartean, hurga en la belleza de un paisaje gris e industrial a base de geometría y poesía. Las palabras en euskera nos llevan hasta la intimidad de un municipio guipuzcoano que vive más allá de su puerto.

Fría y decadente se muestra Roma en Los Objetos Amorosos, ciudad que Adrián Silvestre mira desde abajo, desde las habitaciones de 150 euros el mes donde los inmigrantes viven hacinados. Con aires documentales (a pesar de ser ficción), Silvestre retrata la relación entre una colombiana recién llegada y una chilena, que luchan por sobrevivir en un entorno hostil. 

También vagabundea por un entorno urbano el mago de Bictor Ugo (Josep María Bendicho, Carlos Clausell), quien pasea por el Raval de Barcelona haciendo trucos por las calles, mientras que en Análisis de Sangre Azul (Gabriel Vázquez, Blanca Torres) sus autores juegan con el espectador al falso documental con "un hombre moribundo en las heladas cuevas de Marboré", en los Piríneos a comienzos de 1933.

Si el arte es un derecho, Resistencias ha demostrado un año más que lo es en su diversidad y complejidad en los márgenes de ese cine europeo más comercial.

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