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ARAGÓN

¿Jugamos al pacto?

Tendría diez u once años cuando descubrí que hay muchas formas de soledad y que quizá fue Emily Dickinson la que escribió sobre la soledad más lúgubre de la forma más descarnada: “Este es mi carta al mundo/Que jamás me ha escrito”. Tendría diez u once años cuando descubrí que en esa soledad de niña no era especialmente feliz y mi carta al mundo no tenía remitente y como destinatarias, un grupo de niñas de mi misma edad con las que yo quería jugar, caminar y de las que me separaba una bolsa de sidral, un paquete de pipas a peseta, cuatro barras de regaliz negro y algunas nubes con sabor a algodón pasado.

Cada día, los días eran repetidas secuencias de nuestras propias inseguridades, yo y mis amigas deseadas ocupábamos espacios separados y en la soledad de un patio de recreo, que casi rozaba el cielo, cada una degustaba, en la más estricta de las soledades, su pequeña bolsa de sidral, recogiendo las cáscaras de las pipas para que no aterrizaran sobre un suelo gris y húmedo.

Ella, una de mis amigas deseadas, un día me miró y me dijo:

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Morir bien es huir del peligro de vivir mal

Siempre me apasionó la vida de Séneca, porque goza de todos los componentes que uno desea encontrar en los libros leídos y en aquellos soñados: pasión, traiciones, poder, amor, sabiduría, locura, odio y un final que de tan estoico es pura épica. Séneca rozó los cielos y acarició el infierno, pero los dos momentos eran igual de vitales y con la misma conciencia había que vivirlos, porque una vez que desaparece la infancia, la vida de cualquier forma es ya demasiado corta.

En algún momento de su vida escribió: “No tiene importancia morir más pronto o más tarde; tiene importancia el morir bien o mal, mas el morir bien es huir del peligro de vivir mal”. He querido llegar hasta estas palabras escritas por Séneca, porque considero que son la razón de la vida: “el morir bien es huir del peligro de vivir mal”.

Tantos y tantos siglos después de que Séneca expusiera este principio, sociedades avanzadas, cultas y libres como la nuestra todavía tienen reparos éticos, morales, culturales y espirituales en abordar un debate que existe sumergido y silenciado sobre la muerte y el morir, un debate que entre todos deberíamos encajar, porque a nadie se le puede exigir que siga viviendo cuando la vida se ha convertido en una carga imposible de soportar.

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La carta del alcalde

Los alcaldes, hasta hace no muchos años, mantenían informados a sus vecinos por medio de los bandos municipales. Todas recordamos al alguacil de turno, cornetín en ristre, dando el bando municipal a "grito pelado" para que llegara al último vecino de la población.

En estos días en que la información nos llega por muchos canales, y ya solo con cuentagotas por carta, nos ha dejado sorprendidos que Pedro Santisteve, alcalde Zaragoza, se dirija a todos los ciudadanos por esta vía. Mucho más cuando esa carta, casi un bando, acompaña al recibo de suministro de agua, saneamiento y depuración de aguas residuales del Ayuntamiento. Lo que popularmente se conoce como el "recibo del agua".

Tal vez a algunos de vosotros/as aún no os suene mucho que es el ICA, Impuesto sobre la Contaminación del Agua, que se ha sacado de la manga el Gobierno de Aragón y con el que pretende cobrar un pastizal de millones de euros a todos los aragoneses. Sin duda un importante "sablazo" para nuestros bolsillos.

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El espíritu Coscubiela

Hace unos días Ignacio Martínez de Pisón escribía un artículo sobre el independentismo catalán que titulaba: “Lo mío, mío; y lo tuyo de los dos”. Quizá hoy habría que decir: "Lo mío, mío; y lo de todos también". Estos últimos días hemos visto cómo el abuso y la intolerancia se apoderaban del Parlamento catalán, de una forma primitiva y bronca, para sacar adelante, arremetiendo contra la democracia, una ley, ilegal, que dé cobijo a un referéndum sin garantías que ya casi nadie sabe si quiere que se celebre.

Y en medio del caos una voz, la del diputado Joan Coscubiela, que fue la voz de la libertad, la cordura y la democracia. Dijo frases como: "Nos importa el qué, pero tanto como el qué, el cómo. Por eso somos demócratas". Y pidió sentido común en el voto, porque "en democracia la mayoría no puede con todo".

El choque de trenes parece inevitable, a no ser que el espíritu Coscubiela impregne la piel y los corazones de los políticos catalanes y españoles, algo que parece impensable. Y si poco o nada me ha gustado lo visto en Cataluña, poco o nada me gusta lo que ha hecho el Gobierno de España, con el Partido Popular a la cabeza, mirando a Cataluña y a toda esa España que no es su España de forma altiva, displicente, ignorando, humillando, no escuchando. Y ahora toca correr, pero nadie sabe cómo hacer las cosas, porque las cosas se han hecho muy mal. Y de lo que suceda el 1 O el Partido Popular es responsable y la historia así se lo recordará.

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Del sentimiento religioso

El sentimiento religioso se ha convertido en la gran arma de la Iglesia para defenderse una y otra vez de las críticas a su institución y a sus fámulos, sean curas rasos, obispos, cardenales y papas. Da lo mismo la naturaleza de esta crítica, resuelta en chiste mordaz o sarcástico, libelo acerbo o comedia bufa al estilo de Darío Fo. Le sienta mal cualquier modalidad. El humor no va con ella.

Aun así, los católicos tienen mucha suerte. No solo disfrutan de la certeza de que Dios está con ellos, sino que, también, el Código Penal y el Estado de Derecho los defiende. Les basta con tirar del comodín del sentimiento religioso para que la fuerza de la ley civil y penal caiga sobre quienes hayan tenido la osadía de mofarse de aquel. Un comodín eterno, que no parece pasar de moda. Al contrario, las políticas de los sucesivos gobiernos centrales lo han revitalizado. El poder político, sin variar, ha mantenido una actitud negligente con el cumplimiento de lo marcado por un Estado aconfesional, y ya no hablemos de su vagancia ética a la hora de romper los acuerdos con la santa Sede, baldón ignominioso donde los haya.

A los católicos les basta con decir que su sentimiento religioso se siente ofendido en lo más íntimo por un chascarrillo de anda y quítame esas pajas, para que el poder político pierda el culo saliendo en su defensa, y, al mismo tiempo, persiga y ponga ante los tribunales a quienes se limitan a ejercer un derecho consagrado por la constitución, como es la libertad de expresión.

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Gestación subrogada, un nuevo truco muy viejo

En las últimas semanas se ha retomado un asunto que es reivindicación aparentemente justa pero que, en el fondo, es extremadamente injusta. Hasta se ha modernizado su nombre: gestación subrogada, lo que siempre se llamó vientres de alquiler. Y el adalid ha sido un partido que alardea de regenerador y renovador, Ciudadanos.

Mi madre, en 1961, parió una niña que nunca llegó a ver. Ante la insistencia, el doctor mostró un cadáver infantil a las dos abuelas que, aunque desconfiantes, aceptaron lo que no podían evitar. No existe registro de nacimiento ni de defunción, sí la inhumación de una caja que ya fue exhumada sin avisar a familiares y vuelta a inhumar en fosa común, según han informado. Ya en el siglo XXI he descubierto que aquella niña, mi hermana, muy probablemente siga viva, en otra familia, con otros apellidos y ella no lo sepa. Una trama de robo y adopción de recién nacidos imperaba en cada ciudad española. Mi madre fue una de las elegidas, indiciariamente.

Con la retranca verbal actual se hubiera llamado, entonces, gestación subrogada en diferido. Yo lo sigo llamando robo de bebés. Entonces era una inmoralidad e ilegalidad, a pesar de que las élites nacional-católicas participaron de este negocio. Hoy es una inmoralidad igual e igualmente ilegal, por eso el rebozado verbilocuente para intentar hacerlo digerible a la sociedad y que permita un cambio normativo que “regule” esta “oportunidad de negocio”. Porque efectivamente, más que solidaridad o altruismo, parece una clara oportunidad de negocio, pero no para la madre que aporta su útero, sino para familias adineradas que no tengan posibilidad de tener hijos naturales o en las que ella no quiera “estropear su cuerpo”.

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El verano no calienta igual para todas

Leíamos hace dos semanas en el Heraldo de Aragón, aunque sin sorpresa alguna, un artículo titulado Aragón, ajeno a la “turismofobia”, trabaja por un turismo de calidad. En este artículo, Heraldo defiende el “turismo de calidad aragonés” frente a la “ola de turismofobia” que se está viviendo en diferentes ciudades españolas.

Pero, ¿qué entendemos por calidad turística?, ¿quién la disfruta?, ¿quién saca provecho?

Mientras batimos récords históricos de visitantes (3.041.060 turistas, lo que supone un 11,11 % más que en 2015), también batimos récords en precariedad, temporalidad y fraudes. El nuevo término “turismofobia”, acuñado por las grandes empresas de comunicación y restauración, nace con la única intención de esconder la realidad laboral y vecinal que sustenta la crítica al proceso de turistificación, convirtiendo en víctima al que es verdugo; convirtiendo en radical violento al que responde a la violencia que sufrimos.

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Cualquiera de nosotros

Podríamos haber sido tú, yo o cualquiera de nuestros familiares, amigos y amigas. ¿Quién no ha estado en Barcelona este verano o como yo misma, había hecho planes para pasar unas pequeñas vacaciones estos días en la ciudad?

Este 17 de agosto una vez más asistimos entre el  dolor, la rabia y la impotencia a la sangrienta ceremonia que se repite en aquellos lugares donde la gente, entre aglomeraciones, vive, compra, pasea, ríe y disfruta de la vida. En Barcelona, en un jueves negro, los terroristas segaron la vida de personas inocentes, quisieron imponer mediante el terror, la sinrazón de su odio.

Una vez más su empeño era inocularnos el miedo, intentando arrancar de nuestros corazones los valores que hacen grande a la humanidad. Quisieron sustituir la solidaridad, la generosidad, la grandeza de la democracia y el respeto a la diferencia que nos hace más fuertes y más libres, por el miedo y el odio.

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Seguimos igual

Hemos  asistido a un espectáculo nada habitual y otra vez ha sido en Sede Judicial.

No, no nos estamos refiriendo a la comparecencia de Mariano Rajoy en la sala de la Audiencia Nacional. Por chocante que parezca, no nos ha parecido mínimamente relevante que el responsable de un partido imputado a titulo lucrativo sea llamado a prestar declaración en calidad de testigo.

¿Qué tiene de sorprendente que el máximo dirigente de una organización calificada como delictiva sea llamado a dar explicaciones? Lo raro sería que, habiendo dudas acerca de la legalidad de su comportamiento, no fuera llamado quién ostenta la máxima jerarquía. No obstante, teniendo al presidente del tribunal representando el papel de fiel escudero del testigo, la opereta salió bufa.

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¿Justicia, qué justicia?

Llevamos toda la vida escuchando a quienes nos dicen que hay que confiar en la justicia. Y yo me pregunto: ¿justicia, que justicia?

¿Tal vez la que permite un despropósito como el que está sufriendo en estos momentos Juana Rivas, obligada a huir y esconderse para evitar tener que entregar a sus dos hijos a un maltratador condenado?

¿Que justicia de mierda es esta que tras la condena en firme de su padre no tiene en cuenta la opinión de los menores o su bienestar, separándoles de su madre y entregándoselos a un maltratador que se los llevará a miles de kilómetros, impidiéndoles no solo vivir con su madre, algo básico y necesario para su buen desarrollo, sino simplemente verla?

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