La fragilidad de lo imprescindible
Hay consensos que no deberían estar constantemente en disputa. No porque sean cómodos, ni porque resulten estéticamente necesario, sino porque constituyen el suelo mínimo sobre el que se sostiene una democracia que se pretende decente. La igualdad —en su acepción más amplia y exigente— ha sido, durante décadas, uno de esos consensos. No exento de conflicto, ni de tensiones, pero sí dotado de una dirección compartida: avanzar y progresar.
Sin embargo, algo se ha desplazado en los últimos años. No tanto en la letra de las normas —que sigue siendo, en términos generales, sólida— como en el lugar simbólico y político que ocupan las políticas públicas de igualdad. Lo que antes se entendía como una obligación institucional, vinculada a derechos fundamentales y a compromisos internacionales, empieza a ser tratado como un campo de disputa contingente, sujeto a mayorías cambiantes, a cálculos de oportunidad o, en el peor de los casos, a estrategias de desgaste.
La igualdad ha entrado en la ruleta rusa política.
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