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Emilio Silva

Periodista y sociólogo. Activista por la memoria histórica.

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 225

¿Debe contrastar la Fiscalía la declaración del presidente Mariano Rajoy como testigo en el juicio de la Gürtel?

En su comparecencia como testigo de una "separata" del juicio de la trama Gürtel, el presidente Mariano Rajoy fue preguntado por el abogado de la acusación, Mariano Benítez de Lugo en los siguientes términos [ aquí, la transcripción completa]: M.B. ¿Dirigió o no dirigió alguna campaña electoral aparte de la que nos ha comentado del señor Aznar?

R. Dirigí la campaña electoral de 1994, elecciones europeas; la de 1995, elecciones municipales y autonómicas; 1996, elecciones generales, y la del año 2000, elecciones generales. En los tres primeros casos estaba trabajando en Génova como vicesecretario y en la última estaba en el Gobierno, pero durante un mes y medio compaginé la labor en el Gobierno con la dirección de la campaña del año 2000. Por tanto, la última vez que dirigí una campaña fue hace 17 años largos, 1990 [se equivoca, quiere decir 2000].

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España: es hora de acabar con el apartheid de las víctimas de la violencia

Primero lo secuestraron y lo detuvieron ilegalmente. Sus captores lo torturaron porque era parte del castigo que pretendían infringirle. Lo habían elegido por su militancia política y no iban a tener ni la más mínima contemplación con él ni con su familia. Las armas todavía calientes, acostumbradas a las distancias cortas, a no dudar al apuntar, a mirar a los ojos a la persona a la que estaban a punto de arrebatarle la vida.

Después de mantenerle retenido, lo sacaron con los ojos vendados y no era por protección de los verdugos, porque no sobreviviría para delatarles. Era una forma más de aumentar su sufrimiento. Finalmente, junto a unos árboles, le dispararon dos tiros en la cabeza y allí dejaron su cuerpo agonizante.

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Elecciones de 1977: el formateo de una democracia incompleta

Cuando el 19 de noviembre de 1933 se abrieron los colegios electorales para recoger los votos de unas elecciones generales, había una novedad trascendental entre el electorado: mujeres. Aquellos comicios fueron los primeros que se celebraron en España con sufragio universal, nuestras primeras elecciones generales democráticas. En la portada del ABC del 22 de noviembre de ese año puede verse una foto de cuatro mujeres junto a una urna, acompañadas de un titular que dice: "El enorme triunfo de las derechas y la actuación electoral de la mujer". Así fue la Segunda República, un periodo democrático con victorias electorales de ideologías diferentes y participación sin restricciones de género.

La muerte del dictador Francisco Franco abrió un proceso en el que se podía recuperar la democracia y las élites franquistas decidieron ocultar que nuestro país ya había hecho la transición durante los años treinta del siglo pasado. Se trataba de seguir escondiendo que el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 asesinó una democracia, y de apartar del debate político la posibilidad de volver a ser un estado republicano. Por eso la academia y los medios de comunicación bautizaron el proceso como una transición, como si fuera la primera vez que nuestra sociedad se disponía a acercarse con una papeleta en la mano a unas urnas democráticas. El segundo objetivo era preparar una asociación entre el regreso de la monarquía y el inicio de la democracia, una forma de consolidar la jefatura del Estado de Juan Carlos de Borbón y escenificar una estrenada lejanía de sus estrechos vínculos con el dictador.

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Juan Luis Cebrián en el país de los demócratas franquistas

Cuenta Juan Luis Cebrián, en una entrevista publicada por el diario El Mundo, escrita por Cayetana Álvarez de Toledo, que tuvo que aceptar el cargo de director de informativos de la televisión franquista porque Jesús de la Serna, su director en el diario Informaciones, le dijo que "no tenía más remedio". Lo cuenta Cebrián cuando el periodista ya no vive y sirve para decir que no quería pero le obligaron.

Recuerda un poco al relato con el que Felipe González explicó por qué no pudo reparar a las víctimas de la represión franquista como hubieran merecido. En el libro El futuro no es lo que era (2002), una larga conversación entre González y Cebrián, el expresidente del Gobierno aseguraba que antes de llegar a La Moncloa el general Gutiérrez Mellado, el militar con mejor imagen de la transición por su actitud el 23F, le pidió que no removiera nada relacionado con las víctimas de la represión franquista porque "todavía quedan rescoldos encendidos". Cuando el libro fue impreso el general ya no vivía y no existía posibilidad de ratificar aquella información.

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18 de julio, ¡nunca más!

El 23 de septiembre de 1939, el dictador Francisco Franco dictó una ley que consideraba “no delictivos determinados hechos de actuación político social cometidos desde el catorce de abril de 1931 hasta el dieciocho de julio de 1936”. En el artículo primero se dice: “Se considerarán no delictivos los hechos que hubieran sido objeto de procedimiento criminal por haber sido calificados como constitutivos de cualesquiera los delitos contra la constitución, contra el orden público, infracción de las Leyes de tenencia de armas y explosivos, homicidios, lesiones, daños, amenazas y coacciones y de cuantos con los mismos guarden conexión, ejecutados desde el catorce de abril de mil novecientos treinta y uno hasta el dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, por personas respecto de las que conste de modo cierto su ideología coincidente con el Movimiento Nacional y siempre que aquellos hechos que por su motivación político-social pudieran estimarse como protesta contra las organizaciones y el gobierno que con su conducta justificaron el Alzamiento”.

En esa ley esta condensada la vulneración de la legalidad, considerando lícito el terrorismo de extrema derecha que llevó a cabo una incesante actividad para socavar la legitimidad de la Segunda República mediante la inestabilización. Reconocía como beneficiosas las actuaciones contra la Constitución de 1931, la primera en el mundo que recogía como propio el derecho humanitario elaborado por la sociedad internacional hasta la época. Aquel hubiera sido el inicio de una cultura de los derechos humanos que después de cuarenta años de dictadura y cuarenta de democracia sigue siendo una de nuestras enormes carencias.

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La impunidad es una materia dura y abundante en el subsuelo de nuestra democracia

El 30 de agosto se conmemora en el mundo el Día Internacional de los Desaparecidos. En España hay todavía 114.226 mujeres y hombres, asesinados por la represión franquista, que no han recuperado su identidad y que son buscados por sus familias. Nuestra convivencia normalizada con esa realidad es consecuencia de la hegemonía de unas élites que no podían buscar su legitimidad en la lucha contra la dictadura y han tratado de construirla en el entorno de las víctimas del terrorismo. Para eso era necesario invisibilizar el franquismo y narrar la historia reciente como si lo inmediatamente anterior a la transición hubiera sido la guerra civil.

Aeropuerto de Barajas, 26 de noviembre de 2013. Un grupo de personas de diferentes edades se va reuniendo frente al mostrador de una compañía aérea. Se saludan, se abrazan y empiezan a conversar. El círculo va creciendo y de pronto todos reaccionan cuando llega una mujer mayor, que esboza una enorme sonrisa que se congela en su rostro cuando su hija, después de saludar, enuncia que la madre va a cumplir 89 años en pleno vuelo.

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Presidentes españoles: defender los derechos humanos fuera y lejos

Felipe González se hace abogado defensor de dos opositores detenidos en Venezuela. Cuando llegó por primera vez a la presidencia del Gobierno, en 1982, promovió la creación en el Senado español de una comisión encargada de estudiar la situación de las personas desaparecidas de nacionalidad española en las dictaduras. Poco tiempo antes de esas elecciones, participó en un acto político en una fosa común en la localidad jienense de La Carolina, pero las personas desaparecidas del franquismo estuvieron desaparecidas de su agenda política de todas las legislaturas en las que gobernó.

José María Aznar tardó unas pocas horas en apoyar la iniciativa de González, apuntándose a declarar a Venezuela como la vanguardia del eje del mal. Unos años antes se había apuntado a promover con la misma premura a una guerra que causó decenas de miles de muertes civiles. Sus argumentos: unas inexistentes armas de destrucción masiva y su irrefrenable necesidad de derrocar dictadores, en ese caso Sadam Huseín. No pasaba lo mismo con Francisco Franco; el Gobierno de Aznar financió dos años con dinero público la fundación del dictador ferrolano y él mismo, en el verano de 2003, declaró ante decenas de periodistas que leería en sus vacaciones un best seller del neofranquismo que justificaba el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y de cuyo nombre es mejor no acordarse.

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Uso y abuso de las víctimas de la violencia

En los primeros años de la Transición (cuando recuperábamos la democracia) el Partido Popular (entonces Alianza Popular) no podía utilizar el pasado como argumento para su legitimidad democrática. Teniendo como fundador a Manuel Fraga, ministro de la dictadura, debía mirar hacia el futuro.

Mientras la élite franquista blanqueaba su biografía, para convertirse en élite democrática, el ambicioso Fraga fracasó en sus repetidos intentos por llegar a la Moncloa, incapaz de aceptar que la sociedad no quería un presidente del Gobierno que hubiera sido dirigente en el franquismo.

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¿Puede organizar una jefatura del Estado la ciudadanía?

El proceso de transmisión de la Corona se está convirtiendo, por parte de quienes se comportan estos días como una élite cortesana, en un intento de restauración monárquica. Este intermedio, en el que Juan Carlos de Borbón se prepara para que que su hijo varón herede su puesto de rey, está siendo utilizado por numerosos grupos de poder para suplantar la soberanía de quienes deberían ejercer su derecho a decidir cuál es la forma de Estado y legitimarla a través de un referéndum.

La desafección hacia la monarquía no es una consecuencia exclusiva de sus últimos escándalos. Ha sido un proceso "natural", social y progresivamente construido, como ya reflejó en noviembre de 2005 una encuesta publicada por el diario El Mundo, en el treinta aniversario de la coronación de Juan Carlos de Borbón. En ella se señalaba, antes de los elefantes, las acompañantes y las corruptelas familiares, que la mayoría de los votantes de entre 18 y 29 años se declaraban republicanos. Se trataba de una conciencia social no monárquica, edificada pese al blindaje con el que los medios de comunicación españoles han protegido la imagen del rey.

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14 de abril: cuando la democracia se llama República

Para entender lo que supuso el 14 de abril de 1931 tendríamos que reducir drásticamente nuestra renta per cápita, extender a amplísimos sectores el analfabetismo, desproteger socialmente mucho más de lo que últimamente ha hecho el Gobierno o quitar a la mujer incontables derechos, entre ellos el voto. Además, deberíamos barrer los cuarenta años de franquismo que contaminaron la memoria colectiva de la Segunda República, con la repetición incansable de imágenes de iglesias ardiendo y del alboroto social; una operación goebbeliana para intoxicar el imaginario.

Iniciando ese proceso podríamos acercarnos a cómo eran los millones de hombres y mujeres que entonces ocupaban la base de nuestra pirámide social. Eran miembros de una larga estirpe de analfabetos, ajenos a la posibilidad de un buen futuro. Eran mineros que tenían junto a ellos trabajando a niños, capaces de colarse en las grietas más estrechas. Eran mujeres a las que se les negaban capacidades y derechos. Vivían sometidos al arbitrario capricho de los terratenientes y de una iglesia católica, casada con el Estado, ultrapoderosa y convertida en una máquina de producir y reproducir resignación para que se sostuviera una estructura social cuasi feudal, donde las clases dominantes se comportaban como colonizadores en su propia tierra.

En ese viaje hacia el pasado podríamos entender perfectamente que aquel 14 de abril plazas de numerosas ciudades y pueblos se encontraran abarrotadas de ciudadanos que celebraban el advenimiento de un Estado moderno, inclusivo, capaz de aplicar los principios de la ilustración y explicar mediante la acción política que con recursos y posibilidades cualquier miembro de la sociedad podía aspirar a tener garantizados unos derechos básicos. Se trataba de acabar con un sistema de castas, donde cientos de miles de trabajadores cumplían interminables jornadas para alcanzar escasamente la posibilidad de alimentar a sus familias. Y todo eso ocurría en un ámbito de inmovilidad social, donde los hijos e hijas ocuparían irremediablemente la posición social de sus padres.

La principal herramienta que los gobiernos progresistas de la Segunda República utilizaron para terminar con ese sistema de castas estamentales fue la educación. La universalidad de la enseñanza era el motor de una sociedad que pretendía basarse en la meritocracia y no en la herencia de privilegios y la sucesión de eternos privilegios. Como dice don Gregorio, el maestro republicano de La lengua de las mariposas el día de su jubilación: "Si conseguimos que una generación, una sola generación, crezca libre en España, ya nadie les podrá arrancar nunca la libertad".

La Constitución de la Segunda República plasmaba el proyecto de terminar con el caciquismo, de apartar de la iglesia católica del Estado, para debilitarla políticamente y que dejara de ser el principal instrumento legitimador de la injusticia social terrenal. Para entender los avanzados planteamientos de los constitucionalistas republicanos, basta saber que se trató del primer texto constitucional del mundo que admitía como propio el derecho internacional humanitario que se había desarrollado hasta la época.

La Segunda República supuso el mayor salto cualitativo de nuestra historia. Inmediatamente después de su proclamación y en pocos años los avances políticos y sociales que se proyectaron fueron demoledores para una oligarquía que consideraba tenerlo todo atado o bien atado. Por eso el primer golpe militar, la Sanjurjada, ocurrió en el verano de 1932 y el dictador Francisco Franco amnistío el 9 de septiembre de 1939 todo tipo de crímenes contra la República que fueran cometidos desde el 14 de abril de 1931 que obedecieran al "impulso del más fervoroso patriotismo y en defensa de los ideales que provocaron el glorioso Alzamiento contra el Frente Popular". En esa ley queda claro que su golpe de Estado no fue una respuesta a los desórdenes sociales, equiparables a los de cualquier país europeo en esos años, sino la existencia de un modelo de Estado democrático y democratizador.

Transición y no recuperación

Cuando muere el dictador Francisco Franco, quienes pilotan el proceso político lo bautizan como 'transición' a la democracia y no como 'recuperación' de la democracia. De ese modo borran la existencia de un periodo democrático anterior. La operación se completa con la celebración de las elecciones de junio de 1977, a las que no se puede presentar ningún partido republicano. El objetivo era diseñar un parlamento en el que nadie cuestione el restablecimiento de una monarquía. La colaboración parlamentaria del PSOE y del PCE en ese borrado republicano fue fundamental para organizar a sus militancias en torno a la defensa de la Constitución de 1978 que nos convertía en una monarquía parlamentaria.

Durante dos décadas la república fue algo casi innombrable, totalmente ajena a las instituciones, como si no hubiera existido, convertida en un férreo tabú. Su ocultamiento fue reforzado por la intervención de Juan Carlos de Borbón en el 23 F; un golpe de Estado tremendamente similar al sucedido en Moscú en agosto de 1991 que también fue un ataque al Parlamento y permitió la aparición de un salvador de la democracia que en aquel caso fue Boris Yeltsin.

Así llegamos al Siglo XXI donde se produce un cambio interesante que en buena parte tiene que ver con la aparición de las fosas comunes y el "regreso" de los republicanos y las republicanas que durante años habían sido condenados al olvido por un parlamento que había puesto punto y aparte con respecto a esa historia. La generación de los nietos rompe el silencio republicano.

Según avanza ese proceso comienzan a ensancharse márgenes para el republicanismo. En junio de 2004 se celebra en Rivas Vaciamadrid el homenaje "Recuperando Memoria", que reúne a 741 republicanos y republicanas de todo el Estado, ante más de 20.000 personas. Se trataba del mayor acto republicano desde la Segunda República y supuso un punto de inflexión cuando por el escenario de ese concierto pasó buena parte del capital simbólico de la izquierda. Así nació y creció un debate que obligó a formaciones políticas que habían renegado del republicanismo en la transición a acercase a él e incluso a querer liderarlo, a la vez que creaba en ciertos sectores moderados de la izquierda esa justificación de "ser republicano y juancarlista".

Este fin de semana se han llevado a cabo decenas de actos republicanos a lo largo y ancho de todo el Estado. El Centro de Investigaciones Sociológicas ha dejado de preguntar por la monarquía, porque ni con la cocina que permiten las encuestas puede disimular el desapego de la sociedad hacia una institución cargada de privilegios. El mito de la transición, construido en parte para no permitirnos ver que hubo una democracia antes de la dictadura franquista, se desmorona, ante una realidad que aparece tras los tabúes que han permanecido en pie demasiado tiempo.

El 14 de abril fue una fecha fundacional para nuestra historia democrática. También para celebrar el surgimiento de un Estado moderno, laico, inclusivo, orientado a producir los cambios estructurales que necesitaba una sociedad arcaica. En la Segunda República tuvimos, por ejemplo, la primera ministra en la historia de Europa occidental. Por eso debe ser un día celebrado por todos los demócratas de distintas ideologías. Para entender su significado, lo que supuso para una ciudadanía que estaba construyendo políticamente su dignidad, sólo hay que ver que el pueblo español fue el único de Europa que se levantó en armas contra el fascismo. Esos miles de hombres y mujeres se negaron a perder la realidad política y social que estaban construyendo. Era el futuro en libertad y bienestar de sus hijos e hijas, de sus nietos y nietas. Recordar, celebrar y reivindicar esa fecha tiene que ser un deber para acabar con la injusticia que han supuesto el olvido y la distorsión histórica para una de las generaciones más brillantes, comprometidas y generosas de nuestra historia.

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