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Leila Nachawati

Especialista en comunicación y derechos humanos en Oriente Medio y norte de África. Máster en Cooperación Internacional. Profesora de Comunicación en la Universidad Carlos III de Madrid

¿Se ha liberado Palmira?

La reconquista de Palmira por las fuerzas de Bashar al Asad ha supuesto una gran derrota para el grupo Estado Islámico (Daesh). La agencia oficial siria informaba el 24 de marzo de que el Ejército controlaba la ciudadela donde se encuentran los restos arqueológicos de la antigua ciudad, y el 27 anunciaba el control total de la zona. Una derrota de Daesh que se produce cuando el mundo tiene los ojos puestos en los movimientos del grupo, tras los atentados de Bruselas del 22 de marzo.

La victoria no puede llegar en mejor momento para Asad y su aliados ruso e iraní. Daesh lleva años, desde su nacimiento en Irak y su posterior crecimiento en Siria, diezmando la población de la región, en la que se extiende ocupando territorios enteros, pero los atentados en Bruselas, cuatro meses después de los de París, hacen que la atención se concentre ahora más que nunca en la indignación y repulsa que provoca el grupo y su amenaza global. Una amenaza que eclipsa otros factores, como la represión que ha ejercido durante décadas el régimen de Asad y que se ha recrudecido desde 2011, avivando un incendio que se extiende por el país y el resto de la región.

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Conversaciones indirectas en Ginebra, bombardeos y hambre en Siria

“No vayáis a Ginebra”, pedía el reconocido intelectual sirio  Yassin Haj Saleh a los opositores en el exilio días antes de que se confirmase la reunión en torno al futuro de Siria. “No cedáis al chantaje, no vendáis la dignidad Siria”. Una opinión muy extendida entre la población siria de dentro y fuera del país, que ve cómo las mesas de debate internacional se convierten en una ilusión de avance hacia una solución, sin que se detengan los bombardeos sobre civiles. “Una diplomacia falsa, vacía, no es diplomacia”,  decía el editorial de The Guardian del 28 de enero, haciéndose eco de esa contradicción entre supuestos avances discursivos y un empeoramiento de las condiciones sobre el terreno. En la raíz de esta falsa diplomacia sitúa el diario el hecho de que la protección de civiles se haya caído de la agenda, y las concesiones que las potencias occidentales han hecho a Rusia e Irán, que han permitido que el régimen de Bashar al-Asad recrudezca la persecución de su ciudadanía. Hay algo muy tétrico en que esas reuniones en hoteles de cinco estrellas en las que se decide “el futuro de Siria” se celebren al mismo tiempo que se bombardean infraestructuras civiles sobre el terreno, unos bombardeos que se ceban en hospitales y  colegios (según Unicef, uno de cada cuatro colegios ha sido destruido). “El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debería mostrar su compromiso con la paz liderando un convoy de ayuda humanitaria a un pueblo asediado. Después de eso, que hablen”, proponía Krystian Benedict, de Amnistía Internacional Inglaterra.   Si hay algo en lo que la oposición política en el exilio, las distintas fuerzas de oposición armada –más o menos moderadas, más o menos legítimas– , y los activistas de los comités de coordinación locales están de acuerdo, es en señalar a Asad como el origen del incendio que arrasa el país. “O Asad, o quemamos Siria”, resuena en la memoria colectiva reciente el lema que los grupos afines al régimen popularizaron al comienzo del levantamiento popular, en marzo de 2011. Desde esa memoria local que desafía los planes de la geoestrategia, ISIS se alimenta de la impunidad desatada por Asad, que con su política de bombardeos, asedios y torturas no hace más que lanzar a más civiles desesperados a las filas del extremismo de inspiración yihadista. “Mientras Obama disfruta de un idilio con Irán, Putin con Israel, y Asad con Bagdadi, los sirios sufren los resultados de esas relaciones ilegales”, denunciaba el último cartel de Kafranbel, el pequeño pueblo de la región de Idlib que desde mediados de 2011 lanza  cada semana un mensaje colectivo dirigido a esa comunidad internacional que hace tiempo que abandonó a los sirios. En Kafranbel, y en distintos puntos del país,  continúan las manifestaciones que reclaman la caída del régimen, responsable de crímenes contra la humanidad, mientras la comunidad internacional permite que ese mismo régimen se siente a debatir sobre el futuro de Siria.

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Egipto en el quinto aniversario de la revolución: el retorno del viejo régimen

Hace cinco años que la ciudadanía egipcia tomó las calles y logró, días después, la caída de Hosni Mubarak, presidente del país durante veintiocho años. Los manifestantes reclamaban, como en Túnez días antes y en Libia, Yemen, Siria, y el resto de la región poco después, libertad, justicia, dignidad, y el fin de la represión instalada en el país durante décadas. Entre quienes celebran hoy ese 25 de enero que sacudió el país y la región se encuentra buena parte de los partidarios del actual presidente, Abdelfatah Al-Sisi, que accedió al gobierno mediante un golpe de estado en 2013.

En estos cinco años, la deriva de los procesos iniciados entre finales de 2010 y principios de 2011 ha sido distinta, pero en todos los casos hay un factor común: la fuerza del statu quo, de las estructuras de poder arraigadas tras la descolonización de Oriente Medio y Norte de África, y la virulencia con que se resisten a dar paso a nuevas fuerzas.

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Todos luchan “contra el terror”

“Si te quieres librar de alguien, primero etiquétalo como 'terrorista'. A continuación procede a 'luchar contra el terrorismo'. El mundo te lo agradecerá”, dice el activista de Emiratos Árabes Unidos Iyad al-Baghdadi en uno de sus mensajes de Twitter. “Etiqueta a toda la oposición como terrorista, y luego declara la guerra contra el terror”. “Da un toque de terrorismo a tu país, y procede a gobernarlo para siempre”. La lista sigue bajo la etiqueta “Manual del Tirano Árabe”, donde él y otros usuarios comparten comentarios sobre el comportamiento de los gobiernos árabes y sus tácticas, con la “guerra contra el terror” en el centro.

Pocos gobiernos se han beneficiado tanto, han enarbolado tanto el mantra de la “lucha contra el terror” como los de Oriente Medio y Norte de África, región contra la que se acuñó el concepto en 2001, tras los ataques contra el World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre. La administración Bush lideró aquella ofensiva internacional que decía querer acabar con el terrorismo de inspiración yihadista, y el enemigo fue bautizado como el “eje del mal”, que abarcaba un grupo difuso de países de la región árabo-islámica, con Irak como objetivo directo. Bajo ese paraguas se justificaron entonces bombardeos, invasiones, ocupaciones, violaciones de los derechos derechos humanos y de la legalidad internacional en la región, y ese mismo paraguas sirve hoy a los gobiernos de esos países tanto para el avance de sus agendas geoestratégicas como en la represión de sus poblaciones.

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"Algunos no están preparados para ver a una mujer musulmana con hiyab en un Parlamento español"

Fátima Hamed Hossain es abogada y uno de los rostros más conocidos de la política ceutí. Es diputada autonómica, la primera en la historia de Ceuta en tomar posesión de su escaño cubierta con hiyab. Desde noviembre de 2014 es portavoz del grupo parlamentario Movimiento por la Dignidad y la Ciudadanía (MDyC), que se presentó con el propósito de atajar la desigualdad en una ciudad sacudida por la exclusión social.

Estos días su nombre está en el centro de una campaña, “El hiyab no es radicalismo”, que ha surgido en redes sociales en reacción a una carta publicada en el diario El pueblo de Ceuta el 4 de diciembre. La carta, titulada “La muy noble y leal e islámica ciudad de Ceuta”, ha sido calificada de islamófoba por el tono de sus críticas a Fatima Hamed Hossein, y sus referencias al aumento de la población musulmana en la ciudad, según el autor, “debido a tres factores: la ineptitud de los políticos gobernantes que han permitido el asentamiento de marroquíes de ambas ciudades, la concesión de residencia y nacionalidad a esos marroquíes y el vientre de las mujeres del grupo étnico musulmán.”

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Por qué decir “No en nuestro nombre” no es suficiente

Cuando me pidieron que suscribiera el manifiesto No en Nuestro Nombre, en respuesta al discurso bélico tras los ataques de París, me encontré en un dilema ¿Cómo rechazar un texto centrado en el “apoyo a la democracia, los derechos humanos y la aspiración a una paz con justicia” en un escenario tan belicista como el actual, aunque a mi modo de ver hubiese carencias preocupantes? Por supuesto que estoy de acuerdo, junto a mucha gente cuya opinión respeto y que sí que lo ha firmado, en que la guerra no es la herramienta más eficaz para acabar con la guerra. Pero finalmente decidí no firmarlo porque creo que las omisiones son tales que pueden llegar a fomentar lo contrario de lo que pretenden.

El texto acierta en lo que afecta a nuestra sociedad, como españoles o europeos. Se posiciona negándose a “participar en el falso mercadeo entre derechos y seguridad” y contra las “respuestas al odio que impliquen más odio”, pero se detiene ahí. Como decía antes, mis problemas para firmarlo están en lo que omite, no en lo que dice. Precisamente por ser tan amplio y vago que cualquiera puede suscribirlo, no plantea ninguna alternativa constructiva al discurso destructivo de otros y deja un enorme hueco a la instrumentalización. Dice qué es lo que rechazamos que se haga en nuestro nombre, pero no dice cuál es el curso de acción que consideramos legítimo. Parecería que detener los bombardeos occidentales sobre Siria fuese a frenar mágicamente una guerra que lleva ya cinco años, y que continuará con o sin las potencias occidentales.

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"Sin una solución integral y justa para Siria, Daesh será cada vez más fuerte"

Durante la madrugada del 17 de noviembre, cazas franceses bombardearon distintos puntos de Raqqa, ciudad controlada por el llamado Estado Islámico en el norte de Siria. Era la tercera noche de ataques tras los atentados de París, donde 129 personas fueron asesinadas. El sonido de los aviones de combate era captado desde el terreno en vídeos difundidos desde la cuenta “Raqqa masacrada en silencio”, que informa desde 2013 de la vida en Raqqa, la sexta ciudad mayor de Siria (con 220.000 habitantes antes de la guerra), situada en la ribera norte del río Éufrates y hoy denominada “la capital de ISIS”.

La ciudad ha sufrido en los últimos años ataques franceses, rusos, estadounidenses, saudíes, jordanos, de los Emiratos y de la aviación siria, entre otros que resulta difícil precisar dado lo opaco de las operaciones y sus alianzas.

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“Bahréin es el gran olvidado de las revueltas árabes"

Reem Khalifa, cofundadora de Al-Wasat, considerado el único medio independiente de Bahréin, se inquieta cuando la presentan como activista. Insiste, durante la presentación del  libro ¿Qué queda de las revueltas árabes?, y también durante la entrevista en un bar cercano a Casa Árabe, en que es periodista. Una labor, dice, peligrosa y muy importante en el contexto cada vez más polarizado de su país y en el resto de la región.

El periódico del que es cofundadora, Al-Wasat, ha sufrido constantes ataques desde 2011, por su cobertura de las movilizaciones populares en Bahréin. ¿Cómo trabaja una periodista en un entorno tan hostil?

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Homeland, hackeada: "Hicimos grafitis en el set de rodaje criticando el racismo de la serie"

Pocas series han sido tan criticadas como Homeland por su presentación reduccionista y distorsionada de la comunidad árabo-islámica. Unas críticas que han ido en aumento desde la cuarta temporada, que mostraba a la rubia, blanca y fotogénica Claire Danes, en un mar de mujeres-bultos humanos cubiertos con burkas negros.

Pero en esta quinta temporada, grabada en Alemania, la serie se ha visto hackeada desde dentro. Parte de la trama de la última temporada de Homeland se desarrolla en un campamento de refugiados entre la frontera entre Siria y Líbano, un escenario que lleva la serie a la actualidad más candente, la de la huida de miles de personas de países en guerra como Siria.

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Negociar con el pirómano

En marzo de 2011, cuando surgieron las primeras protestas en Siria, los partidarios de Bashar el Asad popularizaron un eslógan en respuesta a los de Hurriya (libertad) que coreaban los manifestantes: "Bashar, o quemaremos Siria". Más de cuatro años después, entre bombardeos del régimen, atrocidades del autodenominado Estado Isámico (Daesh para los árabes), y con todas las grandes potencias implicadas de un modo u otro en el conflicto, Siria arde por los cuatro costados y los pirómanos siguen en el país.

"Ha llegado el momento de negociar con Asad y luchar juntos contra el terrorismo", decía el 7 de de septiembre el ministro de asuntos exteriores y cooperación García-Margallo, unas declaraciones que iban más allá de las realizadas por el presidente francés, que aunque en la práctica refuerza al régimen sirio continúa insistiendo en que "Asad debe partir". "Como padre, no puedo asistir impasible a imágenes como las del niño Aylan", decía García-Margallo, que en cambio sí parece impasible a las imágenes de las víctimas de los barriles de dinamita que a diario lanza el régimen sobre la población civil.

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