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Periodismo a pesar de todo

Miguel Roig

Miguel Roig (Rosario, Argentina) es director creativo del espacio cultural Hotel Kafka, del cual es socio fundador y editor de Diario Kafka, la sección cultural de eldiario.es. Es autor de los ensayos Belén Esteban y la fábrica de porcelana, Las dudas de Hamlet y La mujer de Edipo.

Clandestinidad de nosotros mismos

Call center rural en la India

Call center rural en la India

En sus ensayos, Storytelling y Kate Moss Machine, Christian Salmon habla de la necesidad de construir una historia, un rol, para poder circular en un mercado global, flexibilizado, en el cual han caducado las antiguas pautas laborales y no hay salida si no es a través de una metamorfosis que nos permita significarnos en algo que no somos y vender ese resultado. Richard Sennett, en igual dirección, apela al talento de cada uno para hacer frente a un desafío al proponernos pensar “cómo desarrollar nuevas habilidades, cómo explorar capacidades potenciales a medida que las demandas cambian”.

Se trataría de escondernos en nosotros mismos para sacar fuera a alguien, a otro que nada tiene que ver con nosotros, con lo cual, nuestro verdadero yo pasa a la clandestinidad. Esto se ve claramente en los call centers localizados en India. Los call centers son centros de atención, información y servicios al cliente a través de números telefónicos gratuitos. Múltiples empresas estadounidenses e inglesas derivan estos servicios a compañías indias con un ahorro de costes considerable. Para poder ofrecer el servicio, las compañías indias preparan y entrenan a sus empleados en la difícil tarea de cambiar su personalidad real por la de un estadounidense o un inglés, es decir, que Namrata, Vandana y Oaref se convierten, por ejemplo, en Naomi, Osmond y Nikki. Los empleados hacen cursillos para corregir su fonética y se les sumerge en la cultura y el estilo de vida occidentales. Los teleoperadores que trabajan para la cadena de supermercados Tesco, por ejemplo, están formados para estar al corriente de la actualidad política y deportiva del Reino Unido. Es decir, que Vandana durante el día, en su entorno natural, es un ciudadano de Bombay que convive con su familia y sus amigos como tal, pero por las noches se convierte en Osmond, un vecino de Liverpool que suele frecuentar el estadio Anfield y se regocija con las paradas de Pepe Reina.

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El dios ladrillo

Frank Gehry

Frank Gehry

Frank Gehry sostiene que si hubiera aprendido a pilotar un avión a edad temprana no hubiera sido arquitecto. Los aviadores tienen la mirada de Dios. Esto lo sabe muy bien Martin Scorsese: en su película El aviador, cuando el protagonista, Howard Hughes, interpretado por Leonardo DiCaprio, pilota su hidroavión Hércules y gana el cielo, el punto de vista que asume la cámara de Scorsese para contarnos su peripecia es el de la divinidad. Gehry, pie en tierra, es autor de grandes catedrales laicas cuya deidad es él mismo. Dios existe, puede que sienta, y él lo encarna porque lo expresa a través de la creación suprema.

Como un dios que moldea una bola de barro para sacar de ella una criatura, Frank Gehry arruga y estruja una hoja de papel improvisando formas para convertir el resultado en un edificio. Suele decir que su trabajo está en la papelera.

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Billy Wilder es devoto de Francisco I

Frank Sinatra y Bing Crosby en un fotograma de la película 'Hight Society' de Charles Walters

Frank Sinatra y Bing Crosby en un fotograma de la película 'High Society' de Charles Walters

A Billy Wilder le gustaba más Bing Crosby que Frank Sinatra. En su explicación no negaba el talento de “La Voz” pero advertía cierta impostura evidente frente a la espontaneidad y el fraseo simple y transparente de Crosby. Aquí, en este vídeo, podemos ver a Crosby con Louis Armstrong y, acto seguido, en un dúo con Sinatra. Ambas escenas pertenecen a la película High Society de Charles Walters. En la primera se disfruta en todo su despliegue el talento de Crosby y en la siguiente, frente a frente con Sinatra, se nota que, a pesar de ser un duelo de titanes, Frank se aprovecha del personaje que interpreta, alguien un poco perjudicado por el trago, para llenar de gestos su actuación hasta rozar casi una machietta, término que se utiliza en la jerga teatral para señalar que un actor ridiculiza a su personaje cargando las tintas.

En el libro de conversaciones con el también realizador y periodista Cameron Crowe, Billy Wilder expresa su rabia hacia la Academia de Hollywood por no haber premiado con un óscar ningún trabajo de Cary Grant, salvo el de reconocimiento a su carrera profesional. “Los actores que suelen hacer protagonistas tienen que cojear o hacer de retrasados para obtener un premio [se refiere a Dustin Hoffman que obtuvo un óscar por su rol de joven autista en el film Rain Man]. Nunca ven al tipo que se esfuerza al máximo y consigue que parezca fácil. No les basta con que abra un cajón con elegancia, saque una corbata y se ponga una chaqueta. ¡Hay que sufrir! Entonces te ven”.

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Jean-Paul Sartre consigue 'satisfaction'

Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y el Che Guevara. Korda

Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y el Che Guevara. Korda

Según cuenta Juan Cruz, el hermano de Gabriel García Márquez, Eligio, en un texto periodístico publicado en 1971 narra las desdichas que el éxito de Cien años de soledad le provocan a su autor. Este, abrumado por los medios de comunicación, los congresos literarios y la vida intelectual, clama que solo quiere dedicar su tiempo a “las canciones de los Rolling Stones, la revolución cubana y cuatro amigos”. Curiosamente, más de cuatro décadas después de los acontecimientos del Mayo Francés, solo sobreviven dos correlatos del sesenta y ocho: el grupo inglés y el sistema cubano.

Al contrario que Jim Morrison (quien sigue en París, enterrado en el cementerio de Pere Lachaise) o John Lennon, iconos musicales que no desentonaron con la contestación, Mick Jagger y Keith Richards siguen vivos y rodando por los escenarios del mundo, adaptándose, mutando y alimentando una estela de un inconformismo tan lábil, incluso inexistente, como el supuesto contractualismo de Rousseau que aparentemente nos guía.

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El cocinero, la princesa, el químico y su cerveza

Reportaje sobre los Príncipes de Asturias.Vanity Fair. Marzo 2010

Reportaje sobre los Príncipes de Asturias. 'Vanity Fair'. Marzo 2010

En su edición del mes de marzo de 2010, la revista Vanity Fair publicaba un extenso reportaje sobre los Príncipes de Asturias. A pesar de ser un trabajo autorizado por el palacio de la Zarzuela, se aventuraban afirmaciones sobre la Princesa de Asturias desde la perspectiva del marketing. Así, entendiendo a la Princesa como una marca, afirmaban que "Letizia vende. Ocho veces más que el Príncipe. Veinte veces más de lo que venden los Reyes".

Una de las derivadas de la actual globalización es el desplazamiento de la mayoría de actores sociales e instituciones a la condición de marca. Como tal se los valora y aprecia por su plasticidad no ya en el rol original sino por el rendimiento, el beneficio que aportan. De la misma manera que los ciudadanos pasan a ser consumidores y se valora el espacio que ocupan por la capacidad de consumo y el consiguiente flujo financiero que producen, esos espacios antes entendidos como Estados hoy se aprecian como marca. Frente a los mercados, España es una marca que según cómo se venda cotizará al alza o, por el contrario, se encienden todas las luces rojas y se hacen recortes infinitos, con el afán de otorgar salud a la marca. La pérdida de condición de Estado soberano se consolida cuando los ciudadanos pierden no ya sus privilegios sino sus derechos básicos. Es habitual escuchar a políticos o intelectuales hablar de la marca Madrid, a propósito de su condición de eterna candidata para los Juegos Olímpicos, o de cualquier club de fútbol como tal, después del desplazamiento de su condición de institución social a empresa generadora de contenidos deportivos. A esa condición no escapa la Casa Real, una marca que, francamente, pese a que la revista Vanity Fair, un medio atento al pulso social, describía a Letizia Ortiz como "el último flotador de la monarquía española", necesita un nuevo diseño, un upgrade, es decir, una especie de renovación en el lenguaje del marketing o, finalmente, una retirada del mercado.

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El diseño de la vida

Los temas preferidos del fotógrafo estadounidense Nicholas Nixon son la enfermedad y la vejez. Su trabajo más conocido, Las hermanas Brown, fue un proyecto comenzado en 1975 y constituye una obra artística única, ya que de alguna manera cobija ambas preocupaciones, la salud y el ocaso de la vida. Sin embargo, esas imágenes nos llevan a otro lugar, a otra zona de reflexión y percepción. Las Brown son cuatro hermanas, una de ellas, Beverly (Bebe) Brown, pareja de Nixon, a quien el artista viene fotografiando desde 1975 hasta la fecha.

Nixon 'Brown sisters'

'Las hermanas Brown, 1975', Nicholas Nixon, Colecciones Artísticas Fundación Mapfre ©

La Fundación Mapfre ha publicado el registro de treinta y cinco años, desde el inicio de la serie hasta 2010. A través de las fotos vamos viendo cómo las cuatro mujeres unidas, ya sea físicamente a través de abrazos o bien por el roce pero siempre, desde su actitud, aferradas por el vínculo fraternal, van mutando con el paso del tiempo y cómo, a su vez, el tiempo es cincelado por estas mujeres que nos narran su novela de vida en primera persona. Página a página vemos cómo van transformándose los rostros, los cuerpos y, fundamentalmente, las miradas que en cada imagen narran una experiencia distinta. Solo quienes son padres y ven crecer a sus hijos día a día pueden acceder en la vida a una narración similar, ya que en los pequeños cambios de los niños se puede ver la piel del tiempo mudar en tan imperceptibles modificaciones. Si, en cambio, en lugar de ir de una en una saltamos seis o siete páginas, notamos un cambio visible, y hacia el final la sensación es de vértigo porque hemos adelantado el reloj del relato muchos años y nos encontramos con la madurez de aquellas jóvenes.

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En esto creo

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Fotograma de la película 'La dolce vita'

Desde el fondo de un plano en profundidad con las ruinas del Foro Romano como contorno, avanza hacia la cámara un helicóptero del cual pende una enorme figura de Cristo. Según se acerca vemos una imagen sonriente, de brazos abiertos, acogiendo al mundo. Es la primera escena de  La Dolce Vita de Federico Fellini, calificada de obscena por  L'Osservatore Romano y ante cuyo estreno el Papa amenazó con la excomunión a los espectadores. El Cristo ante las ruinas romanas es la confrontación de dos iconos y la supremacía del más fuerte. El helicóptero, después, surca los suburbios de Roma y un grupo de niños corre por las calles siguiendo el cortejo aéreo; al fondo vemos otro símbolo: la cúpula del Vaticano. Unos obreros detienen su trabajo y saludan la imagen. En una terraza, cuatro chicas con bikini se alzan al grito de “Jesús, Jesús”. Finalmente, Cristo llega a la plaza de San Pedro y la multitud lo recibe.

En los años ochenta, en las calles de Buenos Aires intervenía un grupo underground que pintaba grafitis en las paredes de la ciudad y firmaba como Los Vergara. Cuando Juan Pablo II visitó Argentina en 1987, la Iglesia inundó los espacios urbanos con una imagen del Papa y un eslogan: “Viene el Papa, viene Cristo”. Los Vergara respondieron en los muros con lógica cartesiana: “Se va el Papa, ¿se va Cristo?”. Desde esta perspectiva la lógica católica tiene una relación con los símbolos similar a la de Warhol con su obra: las pirámides de envases de detergente Brillo ocupando las salas de las galerías de arte neoyorquinas quedaban huérfanas de significado sin la presencia del artista. Cuando Juan Pablo II abandonó Buenos Aires, lo hizo en un largo peregrinaje por las calles de la ciudad, ante la multitud que le seguía desde las aceras y los balcones, en el papamóvil –término que admitió el  DRAE–, otro símbolo que aportó a la liturgia Juan Pablo II.

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El miedo en el cuerpo

Fotograma de la película "Margin call"

Fotograma de la película 'Margin call'

Cuando iba al instituto, en Argentina, una de las aficiones que compartía con mis compañeros era ver películas prohibidas para menores de dieciocho años. Casi todas tenían esa calificación, con lo cual tan solo se trataba de ver cine ya que la alternativa quedaba reducida prácticamente a Disney. Recuerdo una tarde que intentamos entrar en la sala donde proyectaban Sacco y Vanzetti de Giuliano Montaldo y fuimos rechazados de plano en la taquilla, pero en un cine vecino nos dejaron pasar para ver El pájaro de las plumas de cristal de Dario Argento.

Pasaron muchos años hasta que pude ver la historia de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, los anarquistas italianos acusados en Estados Unidos de un crimen que no cometieron y que acabaron en la silla eléctrica. De no haber mediado tanto tiempo, impuesto por la dictadura que prohibió su exhibición, no tendría en la memoria aquella tarde en la que en lugar de Sacco y Vanzetti vi mi primera película de miedo. Mucho después el artificio de Argento nos haría gracia e incluso, para algunos, sería objeto de culto, pero para los preadolescentes de entonces el miedo era eso. El tiempo, que suele acomodar las cosas, nos descubrió que el miedo, en realidad, estaba expuesto en la otra sala a la que no nos dejaron acceder: el miedo que genera una justicia que no es tal; un sistema del cual la mayoría queda en entredicho.

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El día que Benedicto XVI hizo un retweet a Julia Otero

Papa

Papa Benedicto XVI.


La renuncia del Papa llega en un semana curiosa. Una semana en la que se hace oír el clamor de la ILP (Iniciativa Legislativa Popular) mientras el Congreso se cierra a cal y canto, como en un cónclave vaticano, para escuchar a Mario Draghi, en la que el presidente Rajoy comparece (en su tercera acepción, como quien se planta frente a un tribunal) ante el director de The Economist para afirmar que no ha cumplido con sus promesas pero sí con su deber, la semana en que Jesús Sepúlveda se queda sin trabajo, Ana Mato sigue en su sitio y Rubalcaba continúa esperando a Godot, en esta semana, Benedicto XVI hace mutis por el foro y nos deja en manos de Dios.

El Papa claudica.

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De cómo Luis Bárcenas puede ganar el Planeta

Luis Bárcenas

Luis Bárcenas.

La semana pasada, debajo de un artículo firmado por mí, una lectora escribió un comentario en el cual se preguntaba si mi nota no sería más pertinente en un blog personal que en una sección cultural. La cuestión me parece oportuna porque pone de manifiesto los límites difusos de los relatos que circulan en la red, su sistema de transmisión y el canal abierto que permite, por ejemplo, a una lectora plantear una cuestión y al autor del texto que la provoca, responderla.

Hace un tiempo escribía en un blog compartido y en él se mezclaban piezas de todo tipo. Creo que quien mejor ha entendido esta cuestión es Paul Krugman, quien en su blog alojado en The New York Times alterna piezas de fondo que podrían ser editadas en las páginas de opinión, módulos técnicos que podrían convivir con el resto de la información en las páginas económicas y, por último, las intervenciones de los viernes, que suelen consistir en un simple post con un vídeo musical del agrado de Krugman; una suerte de snack digital. El blog no tiene reglas: es un cajón de sastre en el que convive todo el imaginario de sus autores. En el que yo participaba, por ejemplo, las entradas de una autora que allí escribía se limitaban a reproducir pequeños fragmentos de textos literarios que le apetecía compartir con los lectores.

Lassie —ese es el avatar de la anónima lectora que dejó el comentario en mi artículo— se interroga si es pertinente leer en un diario cultural una reflexión sobre el devenir de los relatos a través del tiempo y su ¿aparente? degradación hasta quedar reducidos a la fórmula mínima de los 140 caracteres de twitter, tal como afirma Ricardo Piglia. Lassie (nombre que me remite a Liz Taylor y no a su famosa mascota, ya que entre las habilidades de esta última no figuraba escribir) tal vez hubiera visto como algo más pertinente de este medio un desarrollo técnico del proceso y no una exposición subjetiva que lo emparentaba con las relaciones paterno filiales. Es atendible, claro está. Pero dejemos que esta cuestión la resuelva Lassie en el supuesto caso de que lo vea como actividad interesante, si, después de todo, ¿qué más da que lea esto en Diario Kafka o en un blog personal? En ningún caso paga por ello, con lo cual en un mundo donde el dinero es transversal e imanta cualquier actividad, aquí se tiene la posibilidad de navegar de un sitio a otro comparando, opinando, interviniendo. Y esta es otra de las cuestiones laterales que, curiosamente, desata su pregunta.

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