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Miguel Roig

Miguel Roig (Rosario, Argentina) es director creativo del espacio cultural Hotel Kafka, del cual es socio fundador. Es autor de los ensayos Belén Esteban y la fábrica de porcelana, Las dudas de Hamlet y La mujer de Edipo.

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El remedio de la verdad

                                    Nunca es triste la verdad, / lo que no tiene es remedio. J.M.S.

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La piel del cordero

Uno de los debates más interesantes alrededor de los medios de comunicación es su rol frente a lo que se denomina opinión pública en el sentido de si tienen capacidad de anticiparse a ella, es decir, formarla o, por el contrario, la reflejan. Atendiendo a la primera posibilidad, la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann elaboró la teoría de la espiral del silencio que intenta medir el nivel de autocensura que hay en los ciudadanos en el momento de expresar sus opiniones, cuyos motivos estarían centrados en el miedo de la exclusión social. La teoría parte del supuesto de que todos los individuos prestan especial atención a las corrientes de opinión dominantes y que de alguna manera se acercan a ellas para evitar quedar fuera del abrigo de la mayoría. En este sentido, Alexis de Tocqueville en su ensayo El Antiguo Régimen y la Revolución, reflejó cómo en el siglo XVIII francés la Iglesia fue perdiendo terreno ante el desprecio general por la religión: “Los hombres que conservaban la antigua fe temieron ser los únicos que seguían fieles a ella y, más amedrentados por el aislamiento que por el error, se unieron a la multitud sin pensar como ella. Lo que aún no era más que el sentimiento de una parte de la nación pareció entonces la opinión de todos, y desde ese momento pareció irresistible ante los mismos que le daban esa falsa apariencia”.

«Piel social» denomina Noelle-Neumann a la opinión pública, aquella que se emplea a manera de protección para no quedar aislados del cuerpo social o bien como una manera de autolimitarnos para no romper un consenso. En los Estados Unidos parecía ser unánime el apoyo a la invasión de Irak que se hizo bajo el argumento patriótico de la seguridad nacional después del ataque a las Torres Gemelas. Esto se podía entender, a la luz de la teoría de la espiral del silencio, como una suma de voluntades que incluían a un pequeño grupo de indecisos que se había unido a ella para no pasar a integrar una minoría acusada de antipatriotismo o bien para no romper un consenso cuya fuerza se impone a las propias creencias. En Europa los movimientos de rechazo a la invasión que se prodigaron en casi todos los países pueden haber asimilado también a una minoría que podría haberse sentido proclive a la invasión. La propia esencia de un contexto democrático supone la libre expresión de las opiniones, por lo tanto esta teoría señala una contradicción ya que se basa en la existencia de miedo a manifestarse: miedo a formar parte de una minoría, temor a la exclusión social. Con lo cual los discursos dominantes, aquellos impulsados por las elites mediáticas cuyo relato se consensua con las elites políticas, económicas e institucionales son las que acaban, desde la perspectiva de Noelle-Neumann, formando la piel social de una comunidad.

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El Gatopardo y su perro existencial

El Gatopardo cuenta la historia del príncipe de Salina, Fabrizio Corbera, a partir de su madurez cuando llegan a Sicilia las fuerzas de Giuseppe Garibaldi en 1860. La revolución traerá la caída del absolutista rey Francisco II de Nápoles, el advenimiento de la monarquía constitucional y la unificación de Italia con el reinado de Víctor Manuel II, monarca de la casa de Saboya. Es entonces el fin de una época; se acaba el protagonismo de la aristocracia que deberá ceder espacio a la incipiente burguesía, al ideario liberal.

El príncipe de Salina asiste a este desplazamiento del poder, primero con asombro, pero después con un pragmatismo que exterioriza y hace famoso uno de los temas de la novela, el manido “si queremos que todo siga como está es preciso que todo cambie”. Sin embargo hay una lectura existencial de la vida que posiblemente sea lo más valioso de la obra y que permanece opacado por el llamado “gatopardismo” que remite a la frase citada. En la segunda de las ocho partes en que está estructurada la novela, el Príncipe se traslada con su familia a la residencia estival, el castillo de Donnafugata, desde donde se siguen los acontecimientos que alteran la vida de la isla y que cambiarán la de todos.

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La restauración, la democracia y el museo

El pintor Antonio López remarcó una vez, en una entrevista, que fueron los impresionistas quienes lograron la independencia de la creación a finales del siglo XIX, cuando los pintores dejaron de ser artesanos que dependían de un sueldo de la corte y pudieron ejercer su arte en libertad. Sin embargo, matiza, que él trabajó en el cuadro de la familia real, una obra que fue un encargo a la antigua usanza.

Con un encargo el artista pierde su libertad radical, el libre albedrío creativo. Tal vez el último gran pintor en una corte fue Goya, quien además también trabajó de manera privada, es decir, que también desarrolló una obra surgida exclusivamente de su voluntad creadora, como las series de litografías Caprichos y Desastres y las Pinturas Negras que produjo en su casa de Madrid conocida como la Quinta del Sordo, levantada sobre el río Manzanares, en la margen opuesta al Palacio Real.

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La luz, la tragedia y la memoria

El 18 de octubre de 1988 un cortejo oficial cruza las salas del Museo del Prado. En el grupo de vanguardia están Juan Carlos I e Isabel II del Reino Unido, acompañados por el entonces director del Prado, Alfonso Pérez Sánchez, y el exministro de Cultura, Jorge Semprún. Acaban de inaugurar una exposición de pintura inglesa que incluye obras de Gainsborough, Constable y Turner, entre otros maestros, y ahora se detienen frente a Las Meninas de Velázquez. Isabel II murmura algo para sí misma y Semprún, inquieto, detecta cierto enfado en el gesto. La reina británica habla más alto y pregunta al director del Prado si Las Meninas han sido restauradas recientemente. Este le contesta que el cuadro ha sido limpiado y no restaurado; solamente se le ha devuelto esplendor a los colores originales, ensombrecidos por el paso del tiempo. Isabel II no conforme con la explicación quiere saber si se ha tocado la tela, si se ha intervenido la materia. El director del Prado improvisa un argumento lo más claro posible y la reina le interrumpe, según Semprún, y exclama: "¿Por qué? ¿Por qué cada vez que se toca uno de mis gainsboroughs se deshace en pedazos y pueden tratarse impunemente las telas de vuestros velázquez?".

Mientras Isabel II se indigna, el director del Prado sufre y el resto se subordina a la escena. Semprún, según cuenta en sus memorias, se pierde en varias divagaciones. Una será el recuerdo de su lectura de Foucault y su interpretación de Las Meninas; otra, el montaje de una instalación enfrentando Los fusilamientos del 3 de mayo al Guernica, por entonces en el vecino Casón del Buen Retiro y, por último, la reacción de la reina británica ante el retrato de la familia de Carlos IV de Goya.

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Cine de verano (y 3)

Slavoj Zizek ve el remake como una copia, pero una copia radical, llevada hasta las últimas consecuencias. Para ilustrarlo toma el ejemplo, nada menos, que de Shakespeare y de Hitchcock. Hay una serie de las obras de Shakespeare publicada por una editorial americana titulada Shakespeare Made Easy que consiste en una interpretación sui generis de la edición bilingüe, ya que la misma incluye la versión arcaica en una página y el inglés contemporáneo, el de la calle, en la otra. De modo que en esa serie la clásica duda de Hamlet, "ser o no ser, esa es la cuestión" se convierte en algo así como "Esto es lo que me preocupa: ¿me mato o no me mato?". Todas las remakes de las películas del director inglés son, para Ziziek –y no sin razón–, una suerte de Hitchcock Made Easy, films que respetan la trama pero que no confieren la mirada particular, genial, que el realizador plasmó en la versión original.

Quien hizo un intento tal y como lo plantea Zizek es Gus Van Sant al recoger el guante y aventurarse a realizar un remake de Psicosis de Hitchcock. Van Sant se entregó a la parsimoniosa tarea de ir prácticamente plano a plano tras la huella del famoso director, ajustar la fecha y, en el mismo escenario, situar la historia en nuestros días. Recurrió al color, pero a un valor cromático con cierto toque vintage, con ecos de la atmósfera de Vértigo o de La ventana indiscreta y, por lo demás, incluyó algunas alteraciones, o más bien inclusiones, que se pueden considerar como las citas propias de un autor.

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Cine de verano (2)

En sus films A través de los olivos y Copia Certificada, Abbas Kiarostami abordó el amor. En la primera, en una pequeña población del campo iraní, un equipo de filmación escoge a dos jóvenes, un chico y una chica, para participar en el rodaje. El chico está perdidamente enamorado de la chica pero el padre de ella no autoriza la boda porque el joven carece de una propiedad. Debido a que en la zona un terremoto ha devastado los poblados, el joven especula con el hecho de que como nadie conserva su casa todos están en su misma condición. El problema de clase que obstaculizaba su relación ha sido solventado gracias al apoyo espontáneo de la naturaleza. En una sociedad rural, aferrada a normas ancestrales pero con una concepción del amor que llega de extramuros, los dos jóvenes son reclutados para actuar en la película como pareja, dándole al chico una posición de ventaja para alcanzar su fin sentimental.

Durante un descanso en el rodaje, luego de filmar la escena en la que le recrimina a la chica, de malas formas y alzando la voz, su incapacidad para las labores de la casa, el chico le dice: "Quiero dejar claro que de casarnos esto no sería así. No soy yo quien reclama, este es el personaje que debo interpretar. Pero quiero que estés segura, nunca sería tan irresponsable. Yo haría todo en casa y tú estudiarías". Está claro que esta visión viene de occidente a través de quienes filtran su existencia en los medios locales y que junto con esta equiparación de los sexos también aparece una concepción platónica del amor.

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Cine de verano

Roberto Rossellini filma en 1954 una de sus más grandes obras: Viaggio in Italia, catalogada por Cahiers du Cinema –Godard, Malle, Truffaut, Rohmer– como la "primera película moderna". Un matrimonio inglés de mediana edad, interpretado por Ingrid Bergman y George Sanders, llega a Nápoles para vender una propiedad que Alex Jones, el personaje que encarna Sanders, ha recibido en herencia. Se trata de una pareja sin hijos y desde el inicio mismo de la película acusamos recibo de que se encuentra, si no en un estado de disolución, sí en un momento de inflexión muy importante. Poco a poco, uno y otro se irán separando, tomando distancia, sin que esto se manifieste de manera directa.

Ella proyectará su malestar en la ciudad y él buscará refugio en la vida social que comparte con algunas amistades del lugar. El inmenso talento de Rossellini consigue materializar el vacío existencial de la pareja en escenas que ambos, por separado, experimentan con el entorno: ella ante las mujeres embarazadas que pululan por las calles napolitanas, el arte fúnebre de los templos y la soledad que se experimenta ante la magnanimidad estatuaria romana. Él, por su parte, en insulsas reuniones, frívolas conversaciones y un desangelado encuentro con una prostituta.

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La partera de la historia

En Buenos Aires acaba de estrenarse por primera vez la obra Eva Perón de Copi, seudónimo del escritor y dibujante argentino Raúl Damonte Botana. Eva Perón había sido solo representada anteriormente en ámbitos universitarios y en circuitos alternativos; ahora se presenta en el Teatro Nacional Cervantes.

Copi estrenó Eva Perón en París en el año 1970, en medio de una gran polémica en la que no estuvieron ausentes el éxito las críticas feroces (Le Figaró la llamó "pesadilla carnavalesca" y "mascarada macabra") ni las bombas que estallaron una noche en el teatro donde se representaba. Es esta obra la que hace trascender el mito de Eva Perón en el mundo y da pie, entre otras intervenciones, años después, a la famosa opera Evita.

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Dios y el diablo

En el libro El alba la tarde la noche, la dramaturga Yasmina Reza siguió los pasos de la campaña de Nicolas Sarkozy que le llevó al Palacio del Elíseo. Allí se perfiló la figura de un presidente que era algo más que la imagen fatua e incluso frívola que traslucían los medios y, claro está, sus propios gestos banales. El mayor, su posterior casamiento con la modelo Carla Bruni. Se sabe que, siguiendo el dictado del "voluntarismo imponente" que describe el escritor Christian Salmon, los políticos se ven entregados a un relato permanente, a una constante campaña electoral más allá de las elecciones para justificar el incumplimiento de sus programas. Sarkozy en su día introdujo el relato íntimo, dando tanto peso al despacho público del Elíseo como a las dependencias privadas.

Si Reza ofreció en su texto un perfil revelador de Sarkozy, se echa en falta su mirada sobre el nuevo presidente francés, Emmanuel Macron, cuya figura denota un fuerte contenido intelectual y una historia sentimental rica en matices. En este sentido, la corrección política de Macron frente a sus antecesores, el propio Sarcozy y François Hollande –quien tampoco se privó de explotar un relato íntimo desde el Elíseo–, roza lo exquisito y los spin doctors a su servicio no han dejado de explotar el rancio y crepuscular guión de normas conservadoras. Su relación con Brigitte Trogneux, una profesora de literatura mucho mayor que él, tanto que Macron la conoció siendo su alumno, ha sido catalogada como "gerontofilia": "un presidente de 39 años casado con una sexagenaria". Se ha llegado a recurrir a tópicos populares del psicoanálisis para dibujar a un personaje débil, que vive bajo el influjo de una "madre". En el colmo ya del disparate se habló durante la campaña de "homosexualidad" para cuestionar su elección sentimental.

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