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No solo arde el lince: incendios y víctimas no humanas

No hay ninguna razón para considerar de forma diferente los intereses de los animales que sufren y, por tanto, es nuestra obligación ayudar a todos ellos en caso de necesidad, al margen de la especie a la que pertenecen.

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'Incendio'. Ilustración de Ana Lorente

'Incendio'. Ilustración-collage de Ana Lorente

Los animales que viven en la naturaleza son actualmente víctimas indefensas de los fenómenos naturales, tal y como lo fuimos también un día los seres humanos. Este es el caso de los animales que, de forma recurrente cada verano, son víctimas de los incendios forestales.

Durante toda su historia los seres humanos han investigado sobre cómo reducir su vulnerabilidad ante las amenazas naturales. Sin embargo, los animales en el medio salvaje sólo pueden enfrentarse a estos fenómenos con su equipamiento biológico de siempre. Como resultado, muchos de ellos no son capaces de sobrevivir y acaban muriendo de forma agónica.

Se desconoce el número de animales no humanos muertos a causa de los incendios, ya que no figuran en las estadísticas. El recuento de víctimas de un incendio es absolutamente especista. Discrimina a aquellos que sufren y mueren del mismo modo que nosotras por el simple hecho de que no pertenecen a la especie humana.

A esta discriminación estadística se suma la discriminación en el auxilio a las víctimas. Dada la prevalencia de las actitudes especistas en nuestras sociedades, los demás animales son completamente olvidados a la hora de recibir la ayuda que necesitan.

Ante un incendio los seres humanos intervienen exclusivamente para mitigar los daños causados a otros seres humanos y a sus bienes. Es cierto que, a veces, entre sus bienes se incluye a los animales no humanos considerados como propiedad, de forma que algunos pocos consiguen escapar de la muerte. Sin embargo, la razón por la que se les ayuda es antropocéntrica. No se trata de salvarles porque se considere que sus intereses propios en vivir y en no sufrir deben ser tenidos en cuenta, sino porque su muerte supondría algún tipo de pérdida económica para los seres humanos. Así, sólo se les presta auxilio para prolongar en el tiempo el beneficio que los propietarios reciben de su vida.

Lo mismo ocurre con aquellas intervenciones que se llevan a cabo por motivos ecologistas, que restringen la ayuda a los animales de alguna especie en peligro de extinción. Esto es precisamente lo que sucedió este verano con el rescate de los linces ibéricos durante el incendio que afectó al parque natural de Doñana. La razón por la que se destinaron esfuerzos a preservar la vida de esos animales -primero liberándolos para que escaparan de las llamas y después buscándolos para proporcionarles cuidados- no fue la convicción de que sus intereses en no sufrir y no morir importaran moralmente. Si fuera así, la ayuda no se hubiera limitado a los linces en cuestión sino a todos los demás animales en la misma situación con intereses similares en seguir viviendo y disfrutando de sus vidas. Sin embargo, la motivación fue de carácter ecologista: asegurar la conservación de una especie. Esto supone aceptar el prejuicio de que la pertenencia a una determinada  especie determina si un individuo importa más o menos que otro. En este caso, los intereses de quienes pertenecen a una especie en peligro de extinción importan más que los intereses de quienes no pertenecen a esa especie, aunque se trate  de intereses iguales.

Desde el punto de vista del individuo que arde, es completamente irrelevante la densidad poblacional de su especie. Lo único que importa es su interés en no ser dañado. Si rechazamos la discriminación por especie, esta es una actitud injustificada. Esto no significa evidentemente que no se debiera haber auxiliado a los linces, sino que todos los animales no humanos afectados por el incendio deberían haber recibido la misma protección que se ofreció a los linces.

La necesidad de protocolos de actuación

Más allá de protocolos de emergencia en grandes desastres naturales, como, por ejemplo, el  huracán Katrina o el tsunami en el Sudeste Asiático, los estados apenas han desarrollado protocolos de actuación para ayudar a los demás animales, quienes no son considerados parte de nuestras comunidades políticas.

En el mejor de los casos, estos protocolos incluyen sólo a los no humanos que co-habitan con seres humanos, dadas las relaciones afectivas que estos mantienen con aquellos. Aunque los animales que viven en la naturaleza experimentan exactamente los mismos niveles de sufrimiento que los animales domesticados, son dejados a su suerte sin cualquier tipo de ayuda.

La existencia de protocolos de actuación, como el de evacuación que exige el Partido Animalista, es de la máxima importancia. Ello reduciría el gran número de muertes de animales y el extremo sufrimiento al que se ven sujetos, incluso, los que sobreviven heridos, enfermos y debilitados. Un protocolo de actuación es también una herramienta necesaria para impedir la arbitrariedad en la distribución de la ayuda. Es decir, obliga a que se ayude a los no humanos por igual en función de sus intereses y necesidades y no en base a las preferencias personales de quienes ayudan, aunque con la mejor de las intenciones.

Ayuda sin distinción de especie

A pesar de la importancia de esta cuestión, por el número de individuos afectados y la gravedad de los daños que sufren, las acciones que se han llevado a cabo para ayudar, sin prejuicio de especie, a animales afectados por incendios u otras catástrofes naturales se limitan a grupos reducidos de activistas. Afortunadamente, cada vez más personas reconocen la obligación de mitigar o reducir los daños naturales que padecen los animales que viven en el medio salvaje.

Es importante, pues, dentro de nuestras posibilidades, ayudar a los no humanos afectados y dar visibilidad a los daños que padecen, a la vez que combatir las actitudes especistas en la sociedad. Esta discriminación es responsable tanto de que los seres humanos dañen a los demás animales como de que les nieguen ayuda cuando lo necesitan.

Esto no debería resultar sorprendente ya que estas actitudes discriminatorias existen también respecto de seres humanos que necesitan ayuda. Por ejemplo, los medios han dedicado mucho más tiempo a informar sobre el huracán Harvey en Estados Unidos (82 víctimas humanas) que sobre las inundaciones en Bangladesh, India y Nepal, aunque estas fueron catorce veces más letales (más de 1.200). Como sociedad consideramos que el bienestar de una persona estadounidense merece nuestra atención, al menos, catorce veces más. Ello no está justificado. En tanto que individuos capaces de sufrir y disfrutar de sus vidas, los seres humanos merecen ser igualmente considerados: cuán pobres o ricos sean o cuán alejados de nosotras estén es irrelevante.

Del mismo modo, rechazar el especismo implica tener la disposición de ayudar a aquellos no humanos que se encuentran en necesidad, independientemente de su localización geográfica. Ello es extremadamente importante, puesto que la mayoría de los demás animales no se encuentra bajo control humano, sino que vive en la naturaleza. Desafortunadamente, sufren muchos más daños naturales que los causados por catástrofes.

Entender que no hay ninguna razón para considerar de forma distinta a los intereses de estos animales, supone reconocer los daños que sufren, ayudarles ahora en la medida en que podamos hacerlo y, sobre todo, investigar formas cada vez más eficaces de ayudarles en el futuro. Es nuestra obligación incluir a los animales que viven en la naturaleza como beneficiarios legítimos de nuestro trabajo y activismo. No hacerlo supondría incurrir en la misma actitud especista que denunciamos frente a la explotación animal.

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