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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

De entrenar cetáceos a defender sus derechos

Shao Ran con la beluga Sophie
19 de febrero de 2026 06:01 h

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Durante más de una década, Shao Ran fue una de las entrenadoras de cetáceos más respetadas de China. Trabajó con belugas y delfines en acuarios y espectáculos, dentro de una industria que se presenta a sí misma como compatible con la conservación, la educación y el ocio familiar. Hoy es una de las voces más influyentes del activismo por los derechos animales en Asia, con una amplia presencia en redes sociales y medios de comunicación, y decenas de charlas impartidas en varias provincias del país.

El próximo sábado 21 de febrero, en el marco de su gira europea, ofrecerá una conferencia pública en Madrid, organizada por Ética Animal, Asociación Empatía y Animal Guardians, en Ecocentro, a las 18:00 horas. La entrada es libre.

Una ruptura ética gradual, no una revelación repentina

Los cambios morales profundos pocas veces llegan de golpe. En el caso de Shao Ran, el proceso fue lento: años de convivencia diaria con animales no humanos privados de libertad, observación acumulada y una disonancia creciente que acabó por hacerse insostenible. “Me enseñaron a entrenar, pero también a ignorar el sufrimiento. Llegó un momento en que ya no pude cerrar los ojos ante lo que veía”, explica en diversos vídeos difundidos en redes sociales.

Su trayectoria ilustra un fenómeno que la filosofía moral y las ciencias sociales llevan tiempo examinando: la capacidad de las instituciones para hacer tolerables prácticas cuestionables mediante la rutina, la profesionalización y la distancia emocional. No se trata de mala voluntad individual, sino de cómo los entornos estructurados desplazan la responsabilidad, fragmentan la percepción del daño y normalizan lo que resulta difícilmente justificable.

Jaulas amables no, jaulas vacías

Uno de los argumentos más recurrentes en defensa del cautiverio animal es el vínculo afectivo entre cuidadores y animales. Shao Ran no niega que ese vínculo exista, pero señala su límite: el cuidado sincero de un individuo no cancela los efectos estructurales del confinamiento ni compensa lo que el entorno artificial sustrae. La pregunta pertinente no es si hay cariño o afecto, sino si ese afecto basta para justificar las condiciones en las que se encuentran estos animales.

La crítica se apoya también en datos más amplios sobre la industria acuática en China, donde la rápida expansión del sector ha generado instalaciones construidas sin el personal ni la formación necesarios para atender adecuadamente a especies cognitivamente complejas.

Las belugas y los delfines poseen sistemas de comunicación sofisticados, relaciones sociales estables, patrones de movilidad amplios y capacidad para la cooperación grupal. En entornos artificiales restrictivos, estas capacidades quedan severamente limitadas. La literatura científica es consistente al respecto: el cautiverio se asocia con estrés crónico, comportamientos estereotipados, alteraciones inmunológicas, problemas reproductivos y una esperanza de vida inferior a la observada en poblaciones silvestres.

El problema, por tanto, no reside en las intenciones de quienes trabajan en estos espacios, sino en el diseño institucional que los define y en el modelo económico que los sostiene.

¿Qué pagamos cuando pagamos la entrada?

La industria del entretenimiento con animales marinos mueve miles de millones de euros al año. Su sostenimiento depende, en parte, de una separación efectiva entre la experiencia de les espectadores y las condiciones reales en que viven los animales. Esa separación no es accidental: se construye mediante discursos de conservación, narrativas de cuidado y estrategias de comunicación que presentan el cautiverio como compatible con el bienestar, borrando sistemáticamente sus costes dañinos. “No importaba cuánto sufrieran los animales ni el riesgo para los entrenadores: el espectáculo debía continuar. Los ingresos no podían verse afectados”, declaró Shao Ran en una entrevista con Sixth Tone.

Su intervención no apunta a la culpa individual, sino a una lógica estructural más amplia. Es, en última instancia, una cuestión de justicia: de cómo se distribuyen los costes y los beneficios, y de dónde trazamos los límites de la consideración moral. La pregunta de fondo es evidente: ¿resulta éticamente aceptable obtener placer o beneficio económico a costa de la privación sistemática de libertad y del bienestar de seres sintientes?

Una voz que cruza fronteras culturales

La gira europea de Shao Ran tiene también una dimensión cultural relevante. Su experiencia se inscribe en el contexto de una industria asiática de gran escala, integrada en el turismo y el consumo urbano de masas, lo que aporta una perspectiva poco habitual en el debate europeo sobre derechos animales, habitualmente centrado en coordenadas occidentales.

Su intervención pone de manifiesto que la reflexión ética sobre el sufrimiento animal no pertenece a ninguna tradición filosófica particular ni a ningún contexto cultural específico. La capacidad de reconocer ese sufrimiento y de responder a él es transversal.

La conferencia combinará relato autobiográfico con análisis sectorial y reflexión ética. Entre los temas previstos se incluyen: las condiciones de vida de los cetáceos en cautividad desde la etología y la biología marina; las estructuras económicas, políticas y culturales que sostienen la industria; el papel de la sociedad civil, las instituciones educativas y los medios de comunicación; y las alternativas educativas y divulgativas que no impliquen instrumentalización animal.

La conferencia de Shao Ran propone, en definitiva, una pregunta incómoda pero necesaria: qué tipo de consumo cultural estamos dispuestos a sostener y a qué precio moral. No como ejercicio abstracto, sino como parte de la conversación sobre qué clase de sociedad queremos ser.

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