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Tarifa, entre dos aguas

Allí se encuentra la Isla de las Palomas, el punto más meridional de la Europa continental

Su nombre se lo debe a un caudillo militar que desembarcó allí como avanzadilla de lo que luego se convertiría en la conquista musulmana

El Mercado de Abastos, levantando en lo que antes era un convento, es un buen rincón para resguardarse del viento y admirar la arquitectura neomudéjar mientras se desayuna o se degusta un plato de pescado frito

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Playa de Tarifa.

Playa de Tarifa. ALICIA FÀBREGAS

En Tarifa se conjuran el viento, la arena y el mar en un hechizo que tiene algo de magia española y marroquí. Esa punta de la península, la que está más al sur de la Europa continental, te deja descolocado. Igual porque depende de donde pises, te encuentras frente al mar tranquilo Mediterráneo y unos pasos más allá te salpica la bravura del Atlántico. O porque Tánger es visible en los días más claros y parece que esté, como aquel que dice, a un tiro de piedra, en un miraje que acerca en nuestras mentes África a España, aunque la tierra no se mueva.

El azar geográfico le ha dado a esta zona una forma triangular casi metafórica, un reloj de arena que gotea, de un continente a otro, por el estrecho de Gibraltar, arrebatándole tiempo a Europa para dárselo a África a veces y a la inversa otras. Tierra bajo dominio musulmán durante siglos –de ellos viene el nombre que todavía guarda, del caudillo bereber Tarif  inb Malluk que desembarcó allí en el 710- y tierra conquistada por los cristianos después.  Esa mezcla deja huella y todavía coletea. No solo esa, también la herencia que dejaron fenicios, griegos, cartagineses y, especialmente, los romanos, que fueron los primeros que se instalaron allí de una forma más notable y levantaron Julia Traducta.

Al sur del sur

Todo eso late con especial fuerza en la Isla de las Palomas, porque allí se erigieron las primeras fortificaciones y allí tuvo lugar el desembarco de la avanzadilla de Tarif  inb Malluk. Ya no es una isla, porque un istmo levantando por la mano del hombre en el s.XIX la une a la península, pero mantiene el nombre.

La escollera que une la península a la Isla de las Palomas.

La escollera que une la península a la Isla de las Palomas. ALICIA FÀBREGAS

Caminar por allí es la mejor manera de sentir lo que es estar entre dos aguas, a un lado el Mediterráneo y al otro el Atlántico. Aunque caminar, lo que se dice caminar, es complicado, más bien hay que luchar para avanzar sin salir volando, con el viento que allí sopla con muchísima fuerza. Por eso en el camino que une la península con la isla hay montones de arena que las ráfagas de aire han ido acumulando e incluso para cruzarlo en coche hay que tener buen dominio. Eso sí, la sensación es indescriptible, el viento azotando el vehículo con rabia y el agua salpicándolo, hasta que llegas a la otra punta, al recinto militar que está cerrado al público.

De hecho, el viento es una constante en Tarifa. En aquella zona se produce un embudo, entre las montañas del Rif marroquí y las sierras Béticas de Andalucía, que lo acelera. A eso hay que añadirle el choque entre el seco y virulento Levante y el húmedo Poniente. Una explosión de aire en toda regla que también marca el carácter de los tarifeños.

Un paseo por las callejuelas

Para resguardarse, lo mejor es dar un paseo por las calles blancas y estrechas de la ciudad amurallada. Descubrir sus plazoletas, sus bares, sus casas y ese ambiente del sur tan agradable.

Las calles de la ciudad amurallada.

Las calles de la ciudad amurallada. ALICIA FÀBREGAS

En uno de esos rincones está el Mercado de Abastos, una joya que se disfruta no solo por el producto fresco que allí se vende, como pescado de todo tipo, sino por el lugar en sí. El edificio era un antiguo convento que el arquitecto José Romero convirtió en mercado y que se abrió al público a principios del siglo XX. Allí se respira el aire árabe del pasado de esta ciudad, entre sus soportales de estilo neomudejar o sentados en el gran patio central, donde se puede desayunar o aprovechar y probar el pescado frito.

Mercado de Abastos, de arquitectura neomudéjar.

Mercado de Abastos, de arquitectura neomudéjar. ALICIA FÀBREGAS

Y además de eso, claro está, se puede disfrutar de lo más famoso de esa zona: el surf y todos los deportes que tienen que ver con el mar, las olas, el viento y las playas, esas infinitas explanadas de arena fina al borde de un agua transparente.

Vueling vuela de Barcelona a Jerez.

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