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El Hermitage de San Petersburgo: la fachada y la trastienda

Negociar con el Hermitage es una dura prueba de resistencia. Después de Vladimir Putin, es posible que su director, Mikhaïl Piotrovski, sea la segunda autoridad de facto en Rusia

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En ausencia de noticias sobre el proyecto de instalar en Barcelona una franquicia del museo del Hermitage de San Petersburgo, como ya se ha hecho en Amsterdam, el principal museo del mundo por cantidad de obras y segundo en superficie (después de Louvre) acogerá del 28 de octubre al 5 de febrero próximos una exposición de 70 pinturas y esculturas sobre "Surrealismo en Catalunya. Los artistas del Empordà y Salvador Dalí".

La iniciativa ha costado cinco años de negociaciones muy fluctuantes a la comisaria Alícia Viñas, ex directora del Museu de l’Empordà figuerense, pero ha acabado por demostrar que a veces los tratos con el Hermitage desembocan en algún resultado. Solo a veces. La ciudad de Barcelona, sin ir más lejos, no lo ha conseguido.

La Barcelona maragalliana se hermanó con la segunda ciudad rusa en 1982, cuando aun se llamaba Leningrado. La concejala de Cultura, Maria Aurèlia Capmany, se desplazó en varias ocasiones a San Petersburgo para estimular el proyecto de intercambio de obras y exposiciones entre el Museo Picasso barcelonés y la pinacoteca más fabulosamente nutrida del mundo. Deseaba en especial obtener la presencia en Barcelona del famoso cuadro de Henri Matisse “La danza”, un corro humano que de algún modo evoca la sardana.

Las negociaciones se prolongaron y las peripecias fueron relatadas por el sucesor de la Capmany, Raimon Martínez Fraile, en el libro El fèretre obert, editado en 1988 alrededor del viaje de la cuarta delegación municipal barcelonesa enviada a negociar la propuesta, inútilmente. El autor convirtió aquel viaje oficial que encabezó en una novela de aventuras, pero “La danza” no se movió del Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares en San Petersburgo, convertida en museo majestuoso.

Estuvo acompañado por el entonces director de Servicios Culturales del Ayuntamiento, Ferran Mascarell. Al convertirse este en conseller de Cultura de la Generalitat, firmó en 2012 con la viceministra de Cultura rusa un convenio para la instalación en Barcelona de una franquicia entre el gran museo ruso e inversores de la misma nacionalidad que abren a varias ciudades europeas o norteamericanas pequeñas delegaciones de la famosa pinacoteca a cambio del beneficio de las entradas del público y las ayudas de las autoridades locales.

Primero se habló de tres naves portuarias rehabilitadas frente al flamante hotel Vela. Después del gran edificio de la Aduana, delante de las Drassanes. No se sabe si el proyecto se encuentra paralizado o bien abandonado.

Negociar con el Hermitage es una dura prueba de resistencia. Después de Vladimir Putin, es posible que su director, Mikhaïl Piotrovski, sea la segunda autoridad de facto en Rusia. Este año ha visto renovado su mandato por cinco años más, pese a tener 72 y llevar 24 dirigiéndolo.

Las peripecias que rodean al famoso Palacio de Invierno de los zares y al Museo del Hermitage que el edificio alberga quedan pequeñas ante la imagen contemplada en vivo de su fachada, estucada de azul turquesa por la moda barroca, reflejada en la grandiosidad del río Neva a su paso por el centro urbano, ya sea en estado líquido y fluyente durante el verano o helado de blancura inmaculada en invierno.

En este delta del Neva el zar Pedro el Grande decidió construir de cero su nueva capital abierta al mar, a las innovaciones, al mundo exterior. Hoy el puente de la Strelska facilita una panorámica imborrable sobre aquel esfuerzo megalómano. El museo del Hermitage siempre ha ocupado una parte del Palacio de Invierno, que asaltaron los soviets en armas para derribar al gobierno burgués.

Una de las colecciones más famosas del mundo puede envanecerse de presentar 40 picassos y 30 matisses, entre muchas otras obras maestras de distintas épocas. Desde el interior, los ventanales de la cara posterior del museo proyectan la mirada hacia la Plaza del Palacio (popularizada por el film Goldeneye, de James Bond), una explanada generalmente desnuda, por la desproporción entre su magnitud y los puntos infinitesimales de los transeúnte, salvo los días de grandes desfiles oficiales. 
Esa visión no supera el prodigio de contemplar desde el puente de la Strelska la versallesca fachada azul asomada al río. Ninguna obra del Hermitage lo supera. Los museos cansan y los paisajes privilegiados exaltan.

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