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El jinete decapitado y el esperpento de la memoria

"No podemos explicar que el levantamiento fascista de 1936 fue contra los catalanes. Fue contra la república y la libertad, fue el levantamiento de los terratenientes y los oligarcas -entre ellos varios catalanes- contra la democracia y, como siempre, quien resultó más masacrado fue el pueblo raso", asegura el diputado Marc Vidal

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El esperpento como género literario fue introducido por Valle-Inclán como forma de reinterpretar la realidad para hacerla más evidente. Distorsionémosla hasta un punto grotesco y pondremos en evidencia las consistencias y las inconsistencias de los hechos, de las personas, de las situaciones y, a menudo, de nuestra propia historia.

He aquí, pues, un ejemplo de este esperpento que ha aparecido por unos días en Barcelona por el hecho de haber puesto la estatua de Franco a caballo, un jinete decapitado sin la cabeza del dictador, en la puerta del Born, como reclamo de una exposición precisamente sobre la impunidad del franquismo en el espacio urbano.

El cúmulo de pasiones encendidas en las redes antes de su instalación, el lanzamiento de objetos diversos y curiosos sobre la montura en cuestión el mismo día que la instalaban y, finalmente, el alegórico trompazo y retirada de los animales - el caballo y quien lo montaba- cuando los tiraron al suelo, son un retablo extraordinario que no tiene nada que envidiar a las Luces de Bohemia del autor gallego.

Forman parte con naturalidad del mundo esperpéntico porque deforman la realidad de una manera tan poco sutil que la hacen perfectamente comprensible sólo rascando un poco. El peligro del esperpento, sin embargo, es que la realidad deformada se nos pegue con gusto a la retina y nos olvidemos que es una deformación.

Me guardaré suficiente -yo que soy provocador nato- de valorar el acierto o no de la medida de volver a poner en la calle por unos días estas muestras de arte catalán bajo la dictadura, y menos aún habiendo visto como desbarraban algunas personas, inflamadas de fervor pseudopatriótico, confundiendo víctimas y verdugos de la derrota de la guerra civil y la sangrienta represión franquista y poniendo a competir estúpidamente entre filias y fobias la memoria de los masacrados en 1936 y en 1714. Para unos, la ofensa principal era hacer una exposición de estas características en el Born, porque se han hecho suyo este espacio otorgándole un simbolismo patriótico extrañamente excluyente. Para otros, la ofensa era volver a tener en la calle los símbolos de la dictadura retirados hace años.

Quizá el tema no habría pasado de sainete. Pero ver cómo algunos encendidos cachorros nacionalistas, imagino que malcriados en la comodidad de la burguesía catalana, tildaban de fascistas a personas que habían pasado años en campos de concentración nazis por haber sido fieles a la república española, no sólo da un miedo vomitivo, sino que abre un pozo profundo a la preocupación sobre qué estamos haciendo con el país y nos obliga a una reflexión seria para que la deformación de la realidad no nos consolide ninguna ficción colectiva. Es decir, para que el esperpento no llegue a la memoria, especialmente a la memoria de las injusticias.

No podemos utilizar la historia a nuestro gusto. Esto ya lo hizo el franquismo y bien mal que nos ha ido. No podemos pretender que aquí en 1714 se produjo un sacrificio esencialmente patriótico que supera cualquier hecho posterior, cuando quien ostentaba el poder aquí en 1714 estaba defendiendo el sometimiento a los Austrias en vez de a los Borbones, hecho causante de una guerra. Y de esta guerra por la sucesión donde todos salieron perdiendo, quien resultó más masacrado, como suele ocurrir, fue el pueblo raso.

No podemos explicar que el levantamiento fascista de 1936 fue contra los catalanes. Fue contra la república y la libertad, fue el levantamiento de los terratenientes y los oligarcas -entre ellos varios catalanes- contra la democracia y, como siempre, quien resultó más masacrado fue el pueblo raso. Y no me preocuparía tanto si esto lo hubiera oído decir en boca de los cuatro exaltados de turno. Lo he visto escrito en un tuit de un eurodiputado. Lo he oído decir en el Teatre Lliure en una obra que pretendía homenajear la quinta del biberón. Preocupante deformación de la realidad que nos lleva al esperpento de la memoria y que acaba trascendiendo y se puede acabar normalizando, sobre todo entre los más jóvenes.

No podemos jugar a confrontar momentos históricos cuando éstos se originan en el abuso de los fuertes contra los débiles. Y la desmemoria de este hecho es peligrosa porque nos acaba convirtiendo en desclasados, que es el espacio preferido de los que son perfectamente conscientes de su poder de clase.

Y menos nos podemos permitir jugar con la confrontación de identidades porque es el juego más querido por los poderosos para mantener el control social. Por eso es tan estéril e inmovilista la dicotomía independentismo-unionismo y por ello el poder interesado la fomenta a ambos lados de estos espacios ideológicos, y demasiado a menudo lo olvidamos o no nos queremos dar cuenta.

Ya me disculparéis, pues, pero que viva el esperpento si nos sirve para rascar más allá de la superficie de las cosas. Ahora bien, recordemos que es sólo esperpento. Y guardémonos sobre todo de exaltados cargados de épica y de enredadores llenos de liturgia porque a la hora de construir, serán un estorbo. Entre otras cosas porque sólo con la épica, al igual que con la liturgia, la gente no come.

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