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La cosa va de chicas

Todo el mundo se mete con 'Girls' porque su protagonista está gorda, sus amigas son 'hijas de' y sus tramas 'implausibles'. Justo justo como una película de Woody Allen.

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Girls

'Girls'.

Empezó con alguna bromita en las redes. Después se amplió. ¿Qué pasaría si las chicas siguieran con sus tonterías una vez pasada la menopausia? Ahora acaba de llegar la última parodia: Saturday Night Live les da candela en su nueva temporada, con Tina Fey a la cabeza. Girls es ya objeto de mofa y escarnio, aunque sea desde el cariño –se supone–. Si hace dos años se hablaba de la frescura y la innovación que representaba tener a cuatro veinteañeras viviendo y hablando de sus problemas en un programa escrito y dirigido por una de ellas, ahora se le echa en cara cierto 'ombliguismo' y tontería general. Un "menos Brooklyn y chorradas, y que os pongáis a currar ya, nenas".

A la espera de la tercera temporada conviene recordar las principales polémicas en torno a la serie:

  • Son pijas: Lena Dunham (Hannah Horvath) es hija de la artista visual Laurie Simmons y ha sido criada entre lujo y esplendor en el exclusivo barrio de Tribeca. Zosia Mamet (Shoshanna Shapiro) es la hija del dramaturgo David Mamet. Alison Williams (Marnie Michaels) es hija de un presentador de la NBC, y toda la serie se dedica a reflejar los problemas e insatisfacciones de un grupo de mujeres jóvenes blancas de clase alta que pueden permitirse ser becarias durante dos años, vagar por el mundo, quedarse embarazadas y volver a refugiarse en los cómodos brazos de los padres cuando todo vaya mal y el dinero se acabe.
  • Una de ellas está gorda – según el New York Times– y sale desnuda todo el rato. Y aun así, liga mucho, y con hombres guapos. Esto parece generar un cortocircuito masivo en los detractores de la serie. Este punto es imperdonable, insuperable, insufrible.
  • El sexo es crudo, bastante explícito y generalmente decepcionante: no hay fuegos artificiales, mañanas siguientes limpias ni enamoramiento postcoital con desayuno incluido. Hay sexo humillante, enfermedades venéreas y flacidez a mitad de polvo. Y eso cuando la relación funciona.

    Ante ello, sus defensores argumentan que una serie es una serie y, por tanto, es ficción. La ficción creada por una mujer blanca joven de clase alta que parece haber tocado alguna fibra y que en algo refleja a una generación de mujeres jóvenes veinteañeras, más allá del contexto fácil, autorreferencial y acomodado. También argumentan que en cómo se muestra el sexo está una parte de la subversión de la serie, y que lo mismo pasa con el cuerpo.

La gentrificación emocional

Pese a todo, las parodias reflejan que ante el bombazo mediático que significó Girls en la primera y segunda temporada, la opinión pública ha madurado también y sabe devolver el golpe cuando encuentra el punto débil. Algo dice que la novedad puede haberse agotado; y el humor puede ser el primer síntoma de que hay quien ha tomado nota. Aunque la serie no es tan popular en lo que a audiencia se refiere –el último capítulo de la segunda temporada en Estados Unidos fue seguido por algo más de 600.000 espectadores, frente al millón de la temporada anterior–, sí lo ha sido en influencia. Muchísima gente conoce la serie, a sus protagonistas; y ahora mucha más gente ha oído hablar de Williamsburg, el barrio en Brooklyn dónde sucede todo.

Y ahí es dónde parece estar la pista del ruido mediático: en la localización. Al situar a los personajes en un entorno urbano concreto, parecería, para muchos, que Dunham quisiera hacer un retrato real, como dice su protagonista, "convertirse en la voz de una generación" en un espacio localizado. Ante ello, la crítica encuentra el espacio, literalmente, para cebarse: los jóvenes hipsters son un bluff, y pasan de moda antes de que llegue otra nueva temporada. Ya hay tours de Brooklyn por los espacios de la serie, con lo que ¿quién puede aguantarlos sin que se conviertan en un tópico? Y ahí resuenan los ecos de lo que le pasó a otra serie con la que Girls ha sido comparada ininterrumpidamente: Sexo en Nueva York, con su consumo feroz de relaciones y zapatos, y, posteriormente, con sus guías turísticas por los escenarios donde Carrie y sus amigas compraban y ligaban con ejecutivos del Upper East Side. Parecería que Girls hubiera seguido los mismos pasos: primero una identificación acérrima y después una gentrificación progresiva que no solamente es urbana y en relación al espacio público, sino también emocional. Hay toda una generación (de mujeres) que ahora se resiste a ser descrita y busca otros territorios. Como decía una crítica: "si la serie en vez de llamarse Girls se llamara Some Girls, no habría tanta discusión".

Las otras chicas

Y para muestra, un botón. Una serie de parecido título: New Girl, protagonizada por Zooey Deschanel; tiene éxito, tiene sus parodias, pero no copa los titulares. Lo máximo a lo que llegan es a meterse con el look aniñado e inocente de la protagonista, pero poco más. ¿Por qué? Quizás la respuesta esté, precisamente, en la verosimilitud. Los personajes de Girls son improbables, pero plausibles. Los de New Girl ni siquiera son imaginables fuera de la ficción, por lo que resisten la identificación: una treintañera inocentona que vive con tres tíos supuestamente perdedores –eso sí, con cuerpo trabajado en el gimnasio y pelo perfecto–, y, como mandan los cánones, tiene un URST (una tensión sexual no resuelta, clave en las sitcoms) con uno de sus compañeros de piso. ¿Simpática? Sí, la serie tiene sus momentos. ¿Carne de identificación generacional? Las dudas van más allá de lo razonable. El criterio de verosimilitud no se aplica a una telecomedia en la que la premisa inicial incluye a cuatro tipos con sueldos de medio pelo que comparten un loft de cuatrocientos metros cuadrados.

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