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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Todas las mandangas que hay entre el Renacimiento e internet… (1/2)

La venerable madre Jerónima de la Fuente.

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Estoy corrigiendo una pequeña cordillera de exámenes de Lengua y Literatura y de fondo escucho el tableteo de las metralletas del campo de maniobras de San Gregorio. Me entra la rabia e impotencia por las malditas guerras, por mis alumnos refugiados y por los que nunca lograrán llegar. Por tanta muerte que imagino sin el tormento del remordimiento para los asesinos. Aunque suene superficial, también pienso que, al menos, en este lado del campo de maniobras es 'solo' ruido de fondo y unidades helitransportadas volando peligrosamente bajo sobre los colegios de Parque Goya. Al otro lado del campo de tiro, los bombazos son ya tan insoportables que hasta rompen ventanas y vuelven locos a los perros. En Zaragoza, uno de los patios de entrenamiento de la OTAN, se utiliza armamento cada vez más potente. No hay datos, porque en la guerra solo hay opacidad, pero no hay más que escuchar y sentir temblar la tierra con las plantas de los pies.

Releo el párrafo. Rectifico: al menos, en esta orilla del Mediterráneo, 'solo' es entrenamiento de guerra.

Actualizo. Viene mi cuñado a casa y nos cuenta que Trump y el Gobierno de España han tenido un beef porque Sánchez dice que no va a dejar usar las bases aéreas para la guerra de Irán. Un '¡Ja!' estúpido se me escapa. ¿Será que ahora tenemos algo de soberanía sobre las bases americanas? ¡Si nunca la hemos tenido! Y Trump dice que nos va a aislar comercialmente, ¿como a la pobre Cuba? 'El gran teatro del mundo' de Calderón se queda corto.

Me acuerdo de que, en los albores del siglo XXI, berreamos en el Rincón de Goya aquella canción de Reincidentes que nos enseñó aquello de que 'La historia se repite'. Lo canturreábamos, calimocho en mano, sin apenas entender su trascendencia. Luego aprendí que había sido Carlos Marx el que dejó escrito eso de que “la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa”. Parece que ahora toca farsa.

Leo la definición de Renacimiento garrapateada con letra adolescente en los exámenes y pienso que, para quienes habitamos Europa, este quizá fue el punto de inflexión para todo lo bueno y todo lo malo que somos ahora.

En esa toma de conciencia que supuso el Humanismo, situándonos a los sapiens sapiens como centro y medida de todas las cosas, se desbancó a Dios, pero, al mismo tiempo, nos desgajó de lo comunitario y pegado a la naturaleza que había en la Edad Media y alumbró el individualismo. El ansia de originalidad y de autenticidad tenía una cara B. Se confió en que la razón iba a ser motor de progreso y se logró, aunque no sin sufrimiento.

El mundo se expandía más allá de ese plato chato de los mapas terraplanistas y se comprendió que había horizonte más allá del horizonte. Se llegó allí, se colonizó, se puso en marcha la lógica extractivista. Con ese “dopaje” de oro y plata de las colonias se regó la semilla de lo que sería el Capitalismo.

Creo sinceramente que las gentes del siglo pasado hemos vivido algo así de trascendental como esa llegada a América. Hemos sido testigos del nacimiento de Internet. Como si fuera un nuevo continente. Casi otro planeta, como en la novela de Ursula K. Le Guin, El nombre del mundo es Bosque. No, mucho más. Internet es, más bien, otra dimensión paralela.

El otro día escuché a la periodista Marta Peirano, una de estas personas que parece que tuvieran un foco de luz en la boca porque cada palabra suya es… el hilo de Ariadne en mitad del laberinto. Ella habla en su libro El enemigo conoce el sistema de las tres fases de Internet:

- Expansión: expansión de la vida, de nuestras capacidades, interconexión, libertad de movimiento, las comunidades de hackers… esa red con la que te maravillas, la que explorabas, a la que te conectabas mediante los pulsos sonoros del modem RDSI y te sentías como Trinity en Matrix (a la velocidad de la tortuga, eso sí).

- Imitación: imitación de la vida. El primer Facebook imitaba, replicaba, las mismas relaciones reales y las traducía a la red. Plasmaba vínculos que ya existían… al mismo tiempo que recopilaba masivamente datos sobre nosotros. ¿Se puede generar la misma dopamina con el abrazo de alguien a quien quieres de verdad que con un like de un “conocido” de las redes? Tristemente, sí, se puede. De manera más pobre, más superficial. Pero nos satisface y nos empacha por cantidad y no por calidad, y esto nos lleva a la siguiente fase:

- Sustitución: “De la red libre al jardín vallado”, dice Peirano. Se sustituye conexión, ocio, formación, trabajo… sustituimos prácticamente todo. Excepto el alimento, como en las vainas de Matrix. ¿Será la necesidad de alimento el último bastión de la esencia de la humanidad?

(Acompáñenme en el siguiente episodio de la imposible tarea de “cómo tratar de comprender la Historia en tres folios”)

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