… y, en el horizonte, la Ilustración (o comoquiera que lo llamemos) (2/2)
Reflexiones absurdas aparte (si esto fuera una analogía válida) si el siglo XX fue el equivalente al Renacimiento, hoy, en el siglo XXI estaríamos asentados en pleno decadentismo Barroco:
- La acumulación, sobre la acumulación, sobre la acumulación. (El Rococó era una montaña de baratijas del Temu)
- La angustia existencial. (emoji de “El grito” de Munch)
- La sensación de que no gobierna la razón sino la sinrazón. (Milei, Trump, Putin o Ayuso como ejemplos intercambiables)
- El triunfo de la puyas, los pellizcos de monja y la estulticia. (ponga aquí su pseudo-periodista de su pseudo-medio de comunicación de confianza)
- “Beige is the new black”. Hasta la moda monocroma nos equipara con nuestros antepasados del siglo XVII. (Aquí unas capturas del Instagram de la época, also known as Velázquez)
El tropo de “la vida es sueño” nos equipara a Segismundo, que se volvía loquer por no saber distinguir lo que es la realidad de lo que no. Hoy me vuelvo majara yo, tratando de discernir quién se esconde tras las líneas de un trabajo académico de Oratoria. “¿Será un vulgar bot de IA o será el genuino talento humano?”.
Esa disociación seguramente la viven también los soldados de maniobras en el campo de San Gregorio. “¿Será esto una guerra?”.
Esa disociación la vivirán los pilotos de drones israelís que pulsan botones de artefactos con estética gamer, en pantallas con estética gamer, con consecuencias devastadoras e inhumanas pero, ¿cómo hacerse cargo de las consecuencias, si todos los esfuerzos de la industria militar están volcados en la deshumanización del otro?
Total, todo esto para decir que si hoy vivimos en el Barroco, la buena noticia sería que lo siguiente que toca es la Ilustración. Eso sería si fuéramos predecibles y no autodestructivos al 100%. Parafraseando a Layla Rodríguez, autora del ensayo Utopía no es una isla: “Si solo imaginamos un futuro peor, el presente nos parecerá admisible y no lucharemos para cambiar las cosas”.
Pero una u-topía es un no-lugar. Necesitamos una esperanza tangible y aplicable al territorio. Quizá, en la Europa del siglo XX, templada, sin guerras, ni placas tectónicas caprichosas, ni fenómenos climáticos extremos, ya vivíamos en la utopía sin saberlo. Y, como los privilegios son imperceptibles, es como cuando sopla el cierzo a favor cuando vas en la bici, el viento de cola no se siente. Es cuando sopla de frente cuando sentimos la textura de la mala suerte. Estamos exactamente en ese momento histórico. En el del viento de frente que nos inmoviliza y nos hace dudar de si podremos avanzar.
Estaría bien hacernos la pregunta primero a nosotras mismas: ¿qué es para mí la utopía? Quizá me conforme con aulas de 15 estudiantes, en lugar de 30, aire acondicionado en verano y fines de semana de tres días. Podemos ser un poco más ambiciosos y soñar con una red social pública en la que relacionarnos sin algoritmos perniciosos, nacionalizar las eléctricas o transporte público gratuito. En todo caso, el debate sobre la utopía es urgente y necesario.
Decíamos que si el tiempo fuera cíclico y lineal, nos tocaría pasar a un periodo cultural de optimismo y esperanza. Sin idealizar una época que tampoco fue perfecta, la Ilustración, que desde luego fue luz pero dejó continentes enteros, a millones de personas en la más absoluta oscuridad, siento que debemos creer que esa nueva etapa, se llame como se llame, está ahí, en el horizonte. Solo llegaremos mediante una toma de conciencia ética a nivel global. El feminismo ha logrado grandes avances, el antirracismo lo está haciendo también. Solo mediante la interseccionalidad de las luchas, solo mediante el reconocimiento mutuo, pasaremos a la siguiente pantalla del videojuego de la Historia.
Ojalá no tuviera que ser a costa de tanta guerra, maldita guerra. Despertaremos de este fango virtual que nos inmoviliza, nos va la vida en ello. Despertaremos, ojalá antes de ver todo arrasado alrededor, como hizo Neo, pero al menos lo que veamos será real. El olor, el sabor y el tacto desbancarán al omnipresente sentido de la vista y del oído. Y los agentes Smith del fascismo volverán a ser personas, y no haters, y serán conscientes de su vulnerabilidad, de la interdependencia de todos los bichos que pululamos por la corteza terrestre. Y a partir de ahí se organizará la resistencia. Siempre hay una resistencia que estaba ahí, que te acompaña cuando despiertas. Lo dicen los libros y las pelis, esa es mi religión.
El conocimiento de la realidad viene por el estudio de datos contrastados, de la ciencia, del estudio de la Historia, de experiencias. Pero gran parte de nuestra comprensión de la realidad viene de la ficción, ¿no es paradójico?
Siempre recomiendo a mis alumnos ver Matrix mientras estudiamos el Barroco. Las hermanas Wachowsky ya hicieron el esfuerzo de leer a Calderón y nos lo actualizaron como hoja de ruta para las humanas y humanos del siglo XXI. Sigamos leyendo ficción, periodismo de verdad y estudiando Historia. Solo así nos cargaremos de convicción para creernos que de esta vaina de de alquitrán de silicio transparente se sale. Del Barroco siglo XXI también se sale. Pero cuanto antes, mejor.
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