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Mineros y gays contra Thatcher

Cartel promocional de "Pride"

Yago García

“Contra Thatcher vivíamos mejor” es una frase que podrían hacer suya algunos nombres de la cultura pop británica. Porque, durante sus casi once años y medio en el poder, la primer ministro del Reino Unido se las apañó para poner de acuerdo a sectores muy alejados entre sí, cuyo único punto en común era su deseo de hacerle la puñeta. Un buen ejemplo lo proporciona Pride, la película que se estrena en España el 20 de marzo, y que ganó el premio BAFTA 2014 al Mejor Debut recreando una alianza tan real como improbable: aquella que unió a los sectores más progresistas del movimiento gay británico con los mineros, enfrascados estos últimos en un paro que duró doce meses y que llegó a presentar las trazas de una auténtica batalla campal.

¿Resultaba inesperada dicha coalición? Desde luego: Gran Bretaña sólo había despenalizado la homosexualidad en 1967, tras un caldeado debate en el que, irónicamente, Thatcher había sido uno de los pocos parlamentarios del Partido Conservador en votar “sí”. Y, pese a dicha medida legal, y por mucho que David Bowie o Elton John hubieran lucido plumas en el Top of the Pops, la homofobia seguía imperando en las islas, especialmente en los entornos de clase obrera. Pero, cuando hay un enemigo común, olvidar las diferencias es fácil, y resultaba que, entonces, tanto gays como mineros tenían grandes razones para odiar al thatcherismo.

Carbón, sida y tabloides

Para empezar, hay que referirse a la Gran Huelga, un conflicto que ha quedado como la última batalla del movimiento obrero británico. En 1983, con unas cifras de paro que superaban los tres millones de personas (el 12,5 por ciento de la población activa), el Canciller de la Hacienda Nigel Lawson había anunciado las intenciones del gobierno Conservador: convertir al Reino Unido en una economía de servicios. Uno de los blancos preferentes de dicha ofensiva había de ser la minería de carbón, un sector fuertemente subvencionado (el gobierno laborista de Clement Atlee había procedido a su nacionalización en 1974) y que, además, gozaba de un poderoso sindicato: la National Union of Mineworkers, vinculada históricamente al Partido Laborista y presidida, en aquellos años, por Arthur Scargill, sujeto muy peleón al que no le dolían prendas en pactar con el diablo (o con la Libia de Gadafi) en busca de apoyos para su causa. Un blanco de primera, pues, para una administración deseosa de demostrar quién mandaba en las islas.

En marzo de 1984, las autoridades anunciaron su decisión de cerrar 20 pozos mineros, algo que suponía la pérdida de 20.000 puestos de trabajo y que condenaba a la extinción a pueblos enteros, sobre todo en áreas como Yorkshire, Gales del Sur y Escocia. Películas como Billy Elliott, Big Man, Tocando el viento y la inédita en nuestro país (Still) The Enemy Within han recreado el subsiguiente conflicto, en el que no faltaron ni los piquetes, ni las cargas policiales a porrazo limpio, ni las muertes violentas. Pretextando el impago de multas, el gobierno se incautó de los fondos de la NUM, obligando a los huelguistas a recurrir a donativos privados. Es entonces cuando los activistas LGBT entran en escena.

Mark Ashton (Ben Schnetzer en Pride), un irlandés de 23 años que residía en Londres, tenía buenas razones para poner a Thatcher en su lista negra, tanto por su pertenencia a la Young Communist League, como porque su condición de gay le situaba en el punto de mira de la Primera Ministro y sus aliados. Mientras que los diagnósticos de infección por VIH en el Reino Unido alcanzaban los tres millones anuales, medios afines al gobierno, como el diario The Sun, articulaban un discurso de homofobia virulenta.

Según afirmaba Kelvin MacKenzie, director por entonces de dicho tabloide, altos cargos de la Administración thatcherista se planteaban usar la pandemia como pretexto para recriminalizar la homosexualidad, apuntándose la idea de crear campos de concentración para gays y lesbianas. Sir James Anderton, jefe de policía en Manchester, no se cortaba en describir a los enfermos de sida como “desechos humanos”, y a los mineros como “terroristas” y “mafiosos”.

Ante tal estado de cosas, Mark Ashton y varios compañeros de militancia fundaron Lesbians and Gays Support the Miners (LGSM), una organización destinada a recaudar fondos para los mineros en huelga. Su premisa: “No puedes ser gay y pensar sólo en lo que les ocurre a los gays”. Su campo de acción: el sur de Gales, un territorio que (a juicio de los activistas) estaba siendo postergado por el sindicato de mineros en favor de los frentes de Yorkshire y Kent. Sus resultados: alrededor de 10.000 libras (cerca de 26.000 euros, ajustados a la inflación) recaudadas sólo en Londres.

Hermosas batallas perdidas

Según recuerda Pride, y según apunta también el comunista Peter Frost, uno de los miembros originales del colectivo, el punto álgido de la campaña fue bautizado (involuntariamente) por el mismísimo The Sun: “Los pervertidos apoyan a los mineros”, proclamó el tabloide. Y, apropiándose del insulto, los responsables de LGSM emplearon el nombre Pits and Perverts (“Pozos [mineros] y pervertidos”) para un concierto celebrado el 10 de diciembre de 1984, con Bronski Beat como cabezas de cartel. Convertida y ajustada a la inflación, la recaudación del sarao rondó los 18.500 euros, y eso que las entradas ofrecían un descuento especial a los parados sin derecho a subsidio. Porque, cuando mostrar tu conciencia de clase implica bailar al son de Why? o Smalltown Boy, resistirse debe ser difícil.

La historia que relata Pride es, pues, hermosísima: la campaña de LGSM supuso el fin de la homofobia en el movimiento obrero británico, hermanando a dos colectivos distantes a priori tanto en entorno como en metas. Pero no debe olvidarse que, en último extremo, quien ganó el combate fue Margaret Thatcher. En julio de 1985, cuando representantes de los mineros abrieron el desfile del Orgullo Gay en Londres, la Gran Huelga era ya agua pasada: ese mismo año se inició una sucesión de clausuras que disparó las cifras de paro, y las de pobreza, en muchas comarcas.

Por otra parte, cabe recordar que no sólo los colectivos gays intervinieron en apoyo a los huelguistas: desde el mundo de la música pop, artistas como The Clash, Robert Wyatt y The Style Council (el grupo de Paul Weller tras la disolución de The Jam) también hicieron lo suyo, tanto ofreciendo las recaudaciones de sus conciertos como componiendo temas que llamasen la atención sobre el conflicto. Paul Weller, precisamente, fue uno de los miembros fundadores de Red Wedge, un colectivo de músicos anti-Thatcher al que también se sumó Mark Ashton: el promotor de LGSM anduvo involucrado en esta nueva alianza con la que, en un momento u otro, colaboraron Madness, Bananarama, Elvis Costello y unos The Smiths arrastrados, para variar, por la fobia de Morrissey hacia la primer ministro. Cuando Ashton falleció a causa del sida en 1987, sus amigos de Communards le dedicaron For a Friend, una canción que llegó al número 26 en las listas británicas.

En política, la nostalgia es un arma de doble filo: idealizar el encuentro del movimiento LGBT y los mineros en huelga, así como la lucha contra el neoliberalismo de la Red Wedge, puede llevarnos a perder de vista un presente cargado con sus propias lacras. Pero también puede recordarnos que, ahora mismo, el hermanamiento de causas dispares sigue siendo una necesidad. Y también a rememorar el hecho de que los músicos pop pudieran granjearse grandes cotas de popularidad pese (o gracias) a llevar sus posturas políticas por bandera, sin sermones, pero con ritmo e ideas claras. Una vez que Pride haya llegado a los cines españoles, habrá que ver quiénes se aplican el cuento.

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