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La cineasta española Leire Apellaniz compite en Karlovy con una mezcla de antropología y ficción

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La cineasta española Leire Apellaniz compite en Karlovy con una mezcla de antropología y ficción

La cineasta española Leire Apellaniz compite en Karlovy con una mezcla de antropología y ficción

El apagón analógico del cine y el fin de una forma de entender este arte es el argumento de "El último verano", la opera prima de la cineasta vasca Leire Apellaniz, que se proyecta hoy en el festival de Karlovy Vary, donde compite en la sección de documentales.

"Es un documento antropológico de algo que no se va a volver a dar", destacó hoy a Efe sobre su cinta la bilbaína. Apellaniz ha trabajado en los festivales de Gijón, Las Palmas y Huesca y es responsable técnica del festival San Sebastián.

La historia parte de un momento histórico: el "apagón analógico" en España del 31 de diciembre de 2014, que supuso el fin de la distribución de películas de 35 milímetros en celuloide.

En el propio festival de Karlovy Vary, hace seis años las películas en formato digital eran 48, de un total de 200. Hoy son 188, es decir, más del 90 por ciento.

Apellaniz ha seguido la pista a uno de los últimos empresarios de distribución del celuloide, el madrileño Miguel Ángel Rodríguez, que con sus cuatro proyectores portátiles, y otros cuatro de su socio, logró hacerse un hueco durante años abasteciendo de material a los cines de verano.

Inicialmente previsto como un cortometraje, al retrasarse un año la fecha definitiva para el apagón analógico, Apellaniz sintió que quería "algo más purista y observacional y necesitaba tiempo".

Es así como se gestó una cinta que no parece documental, sino ficción, aunque lo que le ocurre al protagonista, que no es actor, sea pura realidad.

"El último verano" muestra, con fotografía de Javier Aguirre ("Amama" y "Loreak"), la idiosincrasia de una profesión, que pasa por ganar concursos públicos para lograr proyecciones, poner los equipos a punto de forma artesanal, mantener los lazos de amistad con la gente, y la logística de transportar el celuloide por la geografía española en su época más tórrida.

Y también muestra la agonía de un sector que se ha visto atropellado por la irrupción de la resolución de altísima calidad 4k, con procesamiento digital de la luz, y a los que basta conectar un disco duro por medio de conexión USB, hasta llegar al "cine en casa", cada vez más accesible a los bolsillos modestos.

Pero quizás las imágenes más sobrecogedoras de este relato sean los cementerios de proyectoras: las seis naves industriales de la empresa Millán, con más de 500 máquinas retiradas, o los almacenes de la empresa Kelonik.

Y luego el lamentable estado del Teatro de Bellas Artes de San Sebastián, una ruina que evoca la época dorada del cine de 35 milímetros y que no se ha sabido acompasar a los tiempos.

La cinta reivindica esa profesión hoy casi extinguida, la del proyeccionista de cine, que ha sufrido la digitalización y ha tenido que reciclarse para sobrevivir.

"Es el drama laboral de un sector que, a diferencia de la minería o siderurgia, no contaba con convenios laborales. Y esto provocó una crisis que no tuvo la salida de otros sectores", resumió durante un coloquio Rodríguez, que lo equiparó al tránsito del cine mudo al cine sonoro en 1928.

Curiosamente, ha sido la crisis económica española la que ha hecho posible este filme.

"Tras clausurarse el festival de Las Palmas en 2013 me quedé seis meses sin trabajo y es cuando me planteé hacer lo que quise hacer de joven", explicó Apellaniz sobre la posibilidad de hacer realidad documentales.

Un sueño que se hizo realidad con un equipo de cinco personas y que ahora llega a la competición documental de Karlovy Vary, en la que participan doce títulos, entre ellos el argentino "Solar", de Manuel Abramovich.

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