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ENTREVISTA | Pedro Almodóvar

"Si empezara a hacer cine hoy, sería youtuber"

Hablamos con Pedro Almodóvar, a quien la Filmoteca española dedica, por primera vez, una retrospectiva

"Una chica Almodóvar pararía el autobús contra los niños transgénero con su propio cuerpo"

"En el cine de Hollywood la mujer tiene que estar ahí casi para testimoniar que el héroe no es homosexual"

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Pedro Almodóvar aparece y pregunta por unas fotos de Cate Blanchett. Y de repente, todo está allí: el pelo arremolinado como una medusa, los colores alegres, los ojos saltones. Almodóvar está ahí por primera vez, y aún así, forma parte de algo ya vivido, algo reconocible.

Y tiene una razón de ser. ¿Qué no conocemos de Almodóvar? Es icono, historia del cine y revuelo mediático. Es también una trayectoria de 38 años, veinte películas y un adjetivo con su apellido que define a la vez situaciones jocosas, estrambóticas y frívolas. En la distancia corta, podríamos decir que Almodóvar es como sí mismo, pero en tres dimensiones.

De Pedro Almodóvar conocemos éxitos, polémicas, promociones y sobre todo, su intrahistoria: el chico manchego que soñaba primero con las estrellas de Hollywood a través de las chocolatinas, su llegada a Madrid, su trabajo en Telefónica, sus primeros éxitos con la movida madrileña, su consagración, los Oscar y la estabilidad. De Almodóvar, podríamos decir, parecemos saberlo todo. Como un rodillo, ha pasado por encima de nosotros con cada película. Conocemos sus carteles, bandas sonoras y promociones. Pero, ¿qué sabemos en realidad de Almodóvar?

Tras un año complicado que le hizo primero aparcar la promoción de su última película por las filtraciones sobre los Papeles de Panamá y ser ninguneado -una vez más- por la Academia del cine español en la última gala de los Goya, Pedro Almodóvar vuelve, incansable, en formato homenaje. La Filmoteca dedica una retrospectiva, por primera vez en España, a todo su cine. Y él accede, por primera vez, a darnos una entrevista.

Una retrospectiva de este calibre tiene algo de autorretrato, ¿es capaz de encontrar etapas, autoanalizarse a través de su trabajo?

No me autoanalizo porque no es un ejercicio que haya tenido tiempo de hacer. Lo que sí he dicho es que nunca escribiré mi autobiografía, porque está incluida en las veinte películas que he hecho. He vivido antes de hacer Pepi, Luci, Bom, claro. Sí es cierto que mis películas me retratan, no de un modo inmediato y evidente, pero yo estoy en cada corte del negativo, detrás de personajes que no son los principales, en el color... Estoy absolutamente presente y mi vida también.

La película es también el tiempo que empleas desde que empiezas a escribirla hasta que la preparas, las ruedas, la promocionas... Esa es la vida que yo he vivido y que ha estado siempre pendiente de una película.

Julieta Serrano aparece como monja metiéndose un pico en Entre tinieblas. ¿Cree que podría hacer alguna de sus primeras películas hoy en día, con el clima de corrección moral que impera?

Es una época muy mala para muchas cosas. Es un clima que ha nacido dentro de la Red, que tiene cosas maravillosas, pero que tiene gestos que no lo son y resultados que no lo son. El odio ha encontrado un vehículo para promocionarse y realizarse a través de las redes. De repente hay juicios sumarísimos por tonterías, teniendo el problema tan grave como tenemos en este país con la violencia de género. Ese es el tema que hay que abordar y al que tenemos que encontrar solución.

Con respecto a esta organización del odio, parece que tienes que mirar con mucha más atención cada gesto que haces, cada palabra que dices, cada película que ruedas. Muchas de mis películas, sobre todo las que hice en los años ochenta, ahora se tratarían como películas muy procaces, la sexualidad de los personajes era gloriosa, se celebraba. No era la que los autobuses [de Hazte Oír] promocionarían.

Cuando mis películas se han pasado en televisión, sobre todo Entre tinieblas, sí que he recibido muchas llamadas de amigos para decirme que les había gustado mucho más, pero sobre todo que se habían quedado atónitos ante el atrevimiento de la película y ha habido un comentario común: "Esta película no la podrías hacer ahora mismo".

Yo tendría suficiente atrevimiento para hacerla, pero lo que sí es cierto -y esto sí es malo- es que ahora mismo lo más probable es que hiriera el sentimiento religioso de algunos católicos, y ese concepto [sentimiento religioso] nunca antes había aparecido. Desde luego en los ochenta no apareció.

Seguro que ahora tendría muchos problemas y probablemente no se distribuiría y no habría ninguna sala que se atreviera a ponerla.

Parte de esa libertad incide en que la sexualidad y el género son completamente fluidos en su obra. Usted ha dicho que el género binario está condenado a desaparecer.

Está condenado a desaparecer como tal, como única manera de definir el género.

Pero a su vez vivimos un retroceso con respecto a las libertades. ¿Cuánto del concepto "almodovariano" tiene que ver con la sexualidad, con la fluidez de género?

Yo me alegro de que los tiempos hayan cambiado para bien en este sentido. La visibilidad de la masculinidad, la feminidad, pero también la de los transexuales, de los bisexuales y  también de la “i” que se ha añadido a LGTB, porque estamos teniendo testimonios de intersexuales y eso me parece muy positivo. Seres humanos como nosotros tienen ambos órganos, no deben sentirse obligados a decidir y sobre todo que los padres no lo decidan [por ellos] cuando son pequeños y no saben con qué género se identifica su hijo o su hija.

Y en cuanto a la transexualidad, no se identifica ya con la genitalidad masculina o femenina. Creo que dentro de todo este problema es un enorme paso porque no son conceptos tan físicos, tan genitales, sino que están dentro de uno mismo. Ahora mismo ya se puede hablar de todo esto con mucha más naturalidad.

En España se ha dado un gran avance, el sentido almodovariano del género era que todos existen, que todos son reales, que todos son "celebrables" y yo en mis películas nunca lo traté como "el problema de ser transexual". El transexual era un personaje, era también un ama de casa, era un niño y tenía problemas porque estaba vivo, como los tenía también un heterosexual. Un guionista como yo, tan perverso, le ponía siempre muchas dificultades para que la historia fuera amena y contable.

Hemos avanzado mucho pero da la impresión de que hay sectores que no lo ven tan claro. Yo les doy carta de naturaleza a los personajes, están vivos porque los veo, porque yo estoy rodeado de ellos. 

Teniendo en cuenta que usted se ha inspirado con anterioridad en la actualidad española, ¿qué situación podría considerarse almodovariana hoy en día?

Me interesan muchos personajes muy variados, pero mi última película es sobre una señora de sesenta años a la que su hija ha abandonado y se rompe por la culpa que siente. Con el tiempo me acerco a personas de mi edad con problemas muy simples y básicos que entrañan dolor.

Veo poca televisión, para mí es imposible ser incorrecto con un libro, una película, el mayor motivo de escándalo yo lo encuentro en las imágenes y la realidad de la que se da noticia. Creo que contra eso casi nadie puede competir. 

Usted ha adaptado libros escritos por mujeres, sus actrices le reclaman, la última,  Victoria Abril, hace apenas una semana. Y todas se quejan de que se cuentan pocas historias de mujeres, y muchas menos a partir de determinada edad. ¿Tienen razón?

Absolutamente. Hay una gran carencia de mujeres en todos los puestos importantes del proceso cinematográfico. Desde operadoras, directoras, guionistas... y sobre todo en las historias que se cuentan. Las mujeres que se quejan tienen toda la razón, las actrices sobre su tempranísima caducidad, porque es verdad.

Cuando me felicitan por ser uno de los pocos directores y escritores que escribe papeles femeninos de todas las edades me siento muy raro porque os tratan a las mujeres como si fuerais otra especie animal, algo surreal, un elemento de ciencia ficción en el que tienes que especializarte. Pertenecemos a la misma especie, no es difícil. Lo único es que no se escriben las historias.

Hay más guionistas hombres que mujeres, pero tampoco ellos eligen las historias que van a contar, sino las grandes compañías, los grandes estudios a los que les interesa más el cine protagonizado por hombres, las películas comerciales, las de héroes, antihéroes, secuelas, precuelas, tributos. Hay muy pocas superheroínas. La mujer tiene que estar ahí casi para testimoniar que el héroe no es homosexual. A mí me parece una pena.

Hay edades que no aparecen y que son casi más interesantes que las otras, especialmente a partir de los cuarenta años. Habría que tratar los conflictos de las mujeres de cincuenta, sesenta y ahora de setenta y ochenta años de todos los géneros, porque vivimos más. Los guionistas se están perdiendo un verdadero tesoro sin contar las experiencias y peripecias que podrían encarnar estas mujeres.

Como académico, ¿qué opina de los Oscar y los demás premios?

Me siento muy bien tratado, ya soy una especie de vaca sagrada con la que cuentan en las ceremonias. Con Julieta me di cuenta de que soy mayor, no un anciano, pero sí que formo parte de esos directores de la historia del cine a los que se trata con el respeto reverencial que da la edad (ríe).

Me parece bien que los Oscar no hayan sido "so white”, pero tampoco deben ser "so black". Me parece que la academia americana, como el pueblo americano, tiene una reacción algo infantil. Este año daba la impresión que el hecho de ser mujer, negro o gay era un plus. Lo que debe ser es la paridad y la naturalidad más absoluta.

Ha habido categorías de rebote provocadas por elementos extracinematográficos. La influencia de los pocos días que Trump lleva en el poder ha sido nefasta para determinadas categorías, como la de película extranjera. Además de que la gala pasará a la historia por la confusión con las tarjetas, algo digno de los hermanos Marx, que no se lo podrán quitar de por vida (ríe).

¿Ha normalizado su trato con la Academia del cine español?

Yo tengo un trato normal, sí. Ni muy caluroso ni frío, formo parte de la Academia. La gala de los Goya tiene que hacerse de otro modo, no quisiera decir cuál pero cada vez se hace peor. Hay que cambiar técnicamente de equipo. No puede ser que una gala que es de un colectivo que se dedica al espectáculo, al cine, esté tan mal realizada como estuvo la última. Espero que el nuevo equipo, que es muy entusiasta, vaya mejorándolas.

Usted ha dicho que escribió Pepi, Luci, Bom, Entre tinieblas y Laberinto de pasiones como si Franco no hubiera existido ni dejado recuerdos. Nuestro país ha vivido cambios trascendentales con la crisis, el 15M, y se han revisado esos años con la etiqueta de la “cultura de la Transición”. ¿Qué opinión le merece esa revisión histórica  y su papel cultural?

Mi cine nace en plena Transición española. Empecé a rodar Pepi, Luci, Bom en 1979, un año después de que acabara la censura, que me impidió rodar antes. El cine que yo hacía en ese momento era la traslación real de nuestra democracia. Me alegro muchísimo de haber sido joven a finales de los setenta y haber podido vivir ese periodo.

Lo malo que tiene la Transición de 1978 no es la Transición en sí misma, sino que desde hace unos años estamos necesitando con urgencia otra transición, porque no era una transición eterna. Las cartas magnas de los países se revisan, hay que retocarlas. Las constituciones también deben adaptarse a la sociedad. Mi corazón está con los jóvenes del 15M, pero en el año 1978 y en nuestra transición se hizo lo que se pudo hacer, se lo dijo muy bien Iñaki Gabilondo a [Pablo] Iglesias en una entrevista. Y ellos van a hacer lo que puedan hacer.

Yo estoy de acuerdo que leyes como la Ley de Amnistía hay que revisarla, y la Constitución hay que retocarla. Pero mi cine nace y pertenece a esa época, así fue, y estoy orgulloso de que así sea. Pero sí, necesitamos con mucha urgencia una nueva transición, y de eso sí me quejo y eso es lo que no se está llevando a cabo.

Ha hablado de sus temas en el cine como políticos en relación a la libertad moral y a la autonomía de las mujeres. Ha dicho en ocasiones que tenía proyectos de cine políticos ligados a lo social y siempre los ha abandonado porque no le salían.

Siempre he tenido preocupaciones sociales, soy una persona de izquierdas pero mis películas que tienen una visión política -desde las más lúdicas como Pepi, Luci, Bom o Laberinto de pasiones- representan ahora mismo mucho mejor a España en 1979 y el 1981 que otras de la época que se realizaron también desde la izquierda. En los últimos años he intentado, y no he conseguido, escribir algún guión donde los problemas sean sociales o sobre cosas que me preocupan como la memoria histórica. Es cierto que nunca he conseguido llevarlos a buen puerto. Muchas veces retomo guiones que no he terminado y consigo terminarlos.

Hay problemas sociales que me preocupan mucho y que me hubiera gustado mucho tratar en alguna película, los desahucios, por ejemplo, en la que toda la sociedad española podría estar presente. No he conseguido como escritor lograr un guión que me parezca lo suficientemente bueno.

Ha dicho también que hace doce años que se convirtió en la bestia negra de la derecha.

Me refiero concretamente a 2004. Los nostálgicos del régimen anterior, durante la Transición y los años que siguieron después, los ochenta y los noventa, guardaron silencio y se quedaron en sus casas, agazapados. Hubo algo muy interesante: el miedo cambió de acera y de sitio. De pronto, en 1977, uno se da cuenta de que sale a la calle y ha perdido el miedo, no sabes cómo.  Lo perdimos.

Hasta que Aznar no llega al poder, esa otra España estaba silenciosa, sin manifestarse, sin decir lo que pensaba. Eso nos procuró años de muchísima bonanza. Pero esa gente seguía ahí. La conciencia radical de que en España se abría una grieta muy profunda y muy negra tuvo lugar ese año, cuando Aznar dejó de ganar. Entonces la derecha española mostró su faz más feroz y más salvaje, fue traumático para mí descubrir que existía en los ochenta, pero que antes estaba silenciada y desactivada.

¿Afectó a su carrera?

No a mi carrera, pero sí personalmente. Perdí la espontaneidad, la naturalidad. No llegué a autocensurarme, eso hubiera sido peor. La autocensura es resultado de la corrección política y moral, es el peor de los efectos. Es cuando uno dice "es que no quiero ofender a nadie". Yo nunca he querido ofender a nadie, solo entretener y emocionar y mi cine ha seguido un proceso biológico paralelo al mío.
Personalmente, sí que me condené a la discreción porque sí que celebré de un modo muy expreso, cuando se estrenó  La mala educación, el triunfo socialista y me convertí en la bestia negra del PP.

Si empezara a hacer cine hoy, como veinteañero, ¿cómo comenzaría su carrera?

Si tuviera ahora veintitantos años y empezara a trabajar, a pesar de todo esto que estamos hablando de la corrección política, sería un youtuber. Y sería muy activo y fabularía y escribiría guiones y los pondría en la Red. Estábamos hablando de la parte mala de la Red, pero hay algo maravilloso, casi un milagro democrático. Yo hago un cortito de cinco minutos, lo pongo, y si interesa hay millones de personas que pueden verlo. Estaría trabajando por ese camino.

Ha dicho que las veinteañeras de ahora son muy diferentes a las veinteañeras de los ochenta, que para preparar Julieta tuvo que explicar a Adriana Ugarte que una chica de los ochenta "se hubiera follado a un hombre en un tren".

Es un poco burdo explicarlo así porque no se trata de follar (ríe), sino de lo que teníamos que tratar en la película con las actrices. En la primera época en la que aparece Julieta, con 25 años, le pasan muchas cosas. La escena del tren es esencial porque entra en contacto con los dos polos de la existencia: la muerte y el sexo. Tuve que explicar a Adriana Ugarte y a Michelle Jenner, que son chicas muy jóvenes, la ligereza con la que ella se entrega al compañero de viaje.

Yo veía que una chica de veintitantos de ahora tiene un tipo de libertad y de espontaneidad con los hombres que en ese momento, en los ochenta, las chicas habían conquistado y que celebraban. A las actrices jóvenes tuve que explicarles que una chica en ese momento podría haberse entregado precisamente para celebrar su libertad con naturalidad sin ser "ligera de cascos". No existía "la ligereza de cascos" (ríe). A Emma Suárez no tuve que explicárselo, ella lo sabía.

¿Podríamos entonces acabar diciendo que una chica Almodóvar de ahora pararía un autobús contrario a los niños transgénero?

Les montaría un escándalo y lo pararía ella sola con su cuerpo.

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