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Los jóvenes leen, pero no se lo digas a nadie

La literatura juvenil se considera devaluada en términos literarios, aunque parece vislumbrarse un cambio con autores como James Patterson, que se pasa al boom de la ficción young adult

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Foto: Lucía Lijtmaer

El grupo de chicos es diverso, como pasa cuando tienes doce años: algunos son altos, otros no tanto. Algunos parecen ya adolescentes, otros son niños. Pero todos sonríen y empuñan el móvil, y dan saltitos, nerviosos. Una chica lleva escrito en el dorso de la mano: 'Blue Jeans mola'. Y todas, cuando se les avisa, hacen cola ordenadamente para conocer a su ídolo. Y se trata de un escritor. ¿Cómo? ¿Decenas y decenas de preadolescentes haciendo cola para que les firmen un libro? ¿Esto de qué va?

La literatura para edades comprendidas entre los 12 y 17 años lleva tiempo siendo un fenómeno de masas. Sagas como Crepúsculo o Los juegos del hambre han vendido millones de ejemplares en todo el mundo y han sido documentadas en los últimos años por parte de medios de comunicación a lo largo y ancho del globo. Proliferan las películas y el merchandising, y los autores de los éxitos de ventas se han convertido en estrellas globales.

Blue Jeans, el superventas

Pero ¿qué pasa en España? Autores como Blue Jeans arrasan en el mercado adolescente y generan productos derivados –como es el caso de El club de los incomprendidos, cuya versión cinematográfica se estrena el 25 de diciembre de este año–. Venden centenares de miles de ejemplares. Y, aun así, el común de los mortales puede recordar quién es la autora de Harry Potter o deletrear el nombre de Suzanne Collins pero no conocer al autor de una trilogía que ha vendido 250.000 libros.

¿Por qué? Según el propio Francisco de Paula –nombre real de Blue Jeans–, el éxito mediático es mucho más común “con muchos libros que vienen de fuera pero menor con libros de españoles. La prensa, en general, no se interesa por la novela juvenil".

Su caso es paradigmático. Comenzó a colgar capítulos de su primera novela en las redes sociales hasta generar un éxito sin precedentes. Como él explica, “con [la editorial] Everest, vendí más de 100.000 libros, aunque no nos hicieron demasiado caso”. Ahora, dada la magnitud del fenómeno –su novela Buenos días, princesa se colocó en una semana entre los libros más vendidos–, su éxito se examina de otra manera, y se le denomina “el Federico Moccia español”.

Un género devaluado

El ninguneo por la literatura juvenil existe también, según Carlos G. Miranda, autor de la novela juvenil distópica Enlazados y guionista de la serie televisiva El Internado, que además se queja del poco espacio que obtienen en “librerías serias”, pese a obtener el favor del público. “La razón es fundamentalmente histórica: a diferencia de Estados Unidos o el Reino Unido, no tenemos tradición de literatura juvenil, sino de libros de prescripción escolar; por tanto, hay pocos autores y sellos dedicados exclusivamente a los jóvenes. Cuando los sellos grandes se comienzan a dar cuenta de un éxito, entonces lo absorben en el catálogo general, y así sí se posiciona”, explica.

Irene Lucas, editora de Destino, un sello que tiene un fuerte contenido de literatura juvenil añade: “Ahora hay un cambio de tendencia, creo que porque han bajado mucho las ventas en el sector del libro y se comienzan a descubrir nuevos autores españoles, porque publicarles conlleva menos costes y en ocasiones los editores hacemos las veces de agentes”.

Con respecto a los medios, a Carlos G. Miranda no le cabe ninguna duda: “Los medios van destinados a un público adulto, y no cubren el género por defecto. Solamente aparece cuando ha sido asumido por los no adolescentes y han tenido muchísimo éxito, como es el caso de J. K. Rowling con Harry Potter, o anteriormente Susan E. Hinton con Rebeldes, gracias a la película de Francis Ford Coppola. Por eso, los jóvenes buscan el contenido en los blogs”.

Irene Lucas coincide: “Como los medios los rigen personas adultas, cubren aquello que consideran importante. Mi opinión personal es que la literatura juvenil se considera devaluada en términos literarios, aunque comenzamos a ver un cambio también, con autores como James Patterson, que se pasa al boom de la ficción young adult”.

Los medios no se interesan por este fenómeno

¿Va el público, entonces, a contracorriente de los prejuicios mediáticos e intelectuales? Eso parecería, a juzgar también por la proliferación de blogs y clubs de lectura que tratan tanto la literatura juvenil como el crossover –aquella que no está estrictamente destinada para un público adolescente, sino que pueden disfrutar tanto jóvenes como adultos–.

Es el caso de Merche Murillo y Estefanía Esteban, que gestionan el exitoso blog Perdidas entre páginas. “Echamos de menos los medios profesionales que se interesen por la literatura en general y la juvenil en particular. Nos molesta que no busquen esa especialización”, explica Murillo. Por su propia experiencia, que surge de no encontrar en la prensa generalista más contenido sobre los libros, generaron un blog que cubre esas necesidades. “Al final, si eres lector, y no exclusivamente lector de modas, acabas topándote con los blogs y abriéndose, como se abrió para nosotras en su momento, todo un mundo nuevo”, concluye.

Uno de los argumentos para su exclusión parece ser, en algunos casos, la falta de calidad literaria. Se ha debatido en diversos medios la relevancia de la literatura juvenil en el fomento de la lectura –hay quien opina que cualquier libro que se lea es mejor que ninguno, mientras que otros argumentan que las fórmulas repetitivas y con personajes estereotípicos no hacen que un libro sea literatura–.

Al respecto, De Paula advierte que sus libros ya forman parte de las lecturas obligatorias en varios institutos. Aun así, le preocupa la obligatoriedad: “Los chicos terminan odiando los libros cuando se les obliga a leerlos y además los examinan sobre ellos. Habría que utilizar otra fórmula para fomentar la lectura en los colegios e institutos y que los jóvenes disfruten leyendo”. García Miranda lo considera un falso debate: “Lo que no se puede hacer es poner El Quijote y esperar que el adolescente no se pegue un tiro si no tiene las lecturas necesarias, pero tampoco dar cualquier libro de literatura juvenil con el argumento de 'así al menos lee'. Yo soy partidario de mezclar las dos cosas, es necesario un punto medio”.

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