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Kiriwina - Ana Tapia: varios microrrelatos.

Kiriwina- Ana Tapia portada

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El primer libro que leí de Ana Tapia (Almería, 1974) llamó mi atención. Era El polizón desnudo (El Gaviero, 2009), y en él mezclaba cuentos breves, leyendas y mitos en los que se apreciaba su formación como antropóloga. Ahora ha publicado un nuevo libro, en la editorial Fin de viaje. Kiriwina es una colección de microrrelatos muy interesante, imbuidos de un fantástico particular. Aquí se publican varios del centenar de micros que componen su nuevo libro.

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Abraham Lincoln, cazador de vampiros y amigo de marxistas

Lincoln y Marx

Este es un libro con algún truco y varias sorpresas. El truco está en que la anunciada correspondencia entre Abraham Lincoln y Karl Marx no es tal. Ambos estuvieron en comunicación, aunque por persona interpuesta. Ante la reelección de Lincoln para un nuevo mandato en 1864, y con la Guerra de Secesión habiendo dado un vuelco en favor de los unionistas, Marx redacta una carta en nombre de la Asociación Internacional de Trabajadores. A su comienzo define la reelección del republicano como un grito de guerra triunfal que el pueblo americano había pronunciado: “¡muerte a la esclavitud!”. Lincoln acusa recibo a través de su embajador en Londres, Charles Francis Adams, en misiva que será publicada en The Times. La siguiente carta redactada por Marx, de nuevo para la AIT, va ya dirigida al nuevo presidente Johnson, y es un panegírico del asesinado Lincoln y “la gran república que encabezó”. “Tal fue en verdad la modestia de este grande y buen hombre, que el mundo no lo descubrió como héroe hasta que hubo caído como mártir.” Fin de la correspondencia.


            Pero las sorpresas variadas que contiene este volumen editado por la editorial Capitán Swing –bonito nombre para la editorial y gran portada para el libro- disculpan el trile. Esas cartas de la AIT y la complacida respuesta de la Administración norteamericana son el colofón perfecto para la narración de lo que hoy parece un extraño maridaje ideológico: el del naciente socialismo internacionalista con el primer presidente del partido republicano. Como bien se explica en la clarificadora y detallada introducción de Robin Blackburn, la templanza inicial del morigerado Lincoln sobre la esclavitud, que le hacía partidario de, una vez triunfada la abolición, colonizar con los esclavos liberados países caribeños y África, sin concesión de voto a los que quedaran en territorio americano, fue dando paso a un compromiso constante y a voz en grito de la necesidad de la abolición como un derecho moral sobre el que fundar una República sanamente unida, que inevitablemente habría de conceder a la población negra un “paquete” –más o menos limitado en un primer momento- de derechos civiles y, a la postre, humanos. Lincoln le concedió progresivamente a la Guerra de Secesión un propósito fundacional, que no admitía componendas. En el discurso de la casa dividida dice:

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La cuarta de The wire

Este fin de semana acabé de leer el cuarto tomo de la novela The wire. Si ya es difícil que una obra literaria se revuelva contra sí misma, añadiendo personajes a los que ya conocemos desde su inicio, reseteando una trama que parecía haber concluido ya, arriesgándose a apartar del escenario a los personajes protagonistas y concediéndoles el protagonismo a secundarios y a un puñado de niños (¡¡¡niños, Hitchcock no aconsejaba trabajar con ellos, ya es sabido!!!) que miran a cámara con la franqueza de vencidos llenos de rabia, si todo eso es difícil, mucho más es retomar la poderosa narrativa dickensiana y neorrealista de la novela para sobre ella conducirse, aguerrida, algo más allá.

El cuarto tomo de The wire se centra, además de en el tráfico de drogas de tomos anteriores; además de en la corrupción extendida en todas aquellas instituciones que poseen los resortes reales para cambiar las cosas; además de en el frustrante trabajo policial, que siempre lleva a un callejón sin salida pese al trabajo de sus agentes –agentes de cambio que no son incapaces de cambiar nada-; además de en el funcionamiento de la política, adherida a los mismos procedimientos mafiosos de negociación que ponen en práctica las bandas de narcotraficantes –en los primeros capítulos de este tomo se ve a la perfección el simétrico comportamiento de ambas-; además de centrarse en todo eso, en este cuarto tomo se nos abren las puertas de las escuelas de Baltimore para mostrarnos -una vez determinada la diagnosis de por qué hemos llegado a tal depredación urbana- cómo funciona en tales ciudades el estamento educativo, que todos identificaríamos como el único que puede revertir tal situación. La conclusión no puede ser más deprimente: tampoco en las aulas hay solución, porque están sometidas por completo a requerimientos administrativos y burocráticos que no cumplen lo que justificaría la existencia de esos requerimientos y burocracia. Eficacia. Todo es una máscara procedimental para derivar fondos hacia los agentes cancerígenos, lleven corbata y buenos trajes o comercien con crack. Los profesores son un muro de contención, y maquillan sus cifras de fracaso escolar para seguir recibiendo unas ayudas económicas que menguan sin parar. Agujeros insalvables de déficit aparecen de repente, y la única alternativa es “regular presupuestos”, cerrar programas educativos de atención especial. El concejal Carcetti logra hacerse con la alcaldía, pero pronto descubre que su eufórico equilibrio entre los apoyos políticos y su vocación transformadora topa con una realidad bien organizada, a la que él también pertenece, porque de no hacerlo, no podría llegar a ser alcalde en modo alguno. Paso intermedio, por cierto, para hacerse con el cargo de gobernador. De nuevo, como en los tomos anteriores de esta novela tan postcapitalista como postapocalíptica, todos aquellos que pueden hacer algo real miran hacia otro lado, ponen palos en las ruedas de cada solución, dinamitan el trabajo de calle –de policías o de maestros, de educadores sociales-, tan sólo urden. Cualquiera que haya trabajado en la Administración sabe que este diagnóstico es certero. Hay un perfecto trabajo de sometimiento del trabajador de calle, y un sofisticado engranaje que impide pedirle cuentas a los de arriba, a los que deciden y no hacen ni quieren hacer.

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Tres novedades del cuarto fantástico

En uno de los capítulos de mi libro de entrevistas La familia del aire recogí tres entrevistas a escritores unidos por su cultivo del cuento fantástico. El cuarto fantástico se titulaba aquel segmento integrado por Ángel Olgoso, Manuel Moyano y Juan Jacinto Muñoz Rengel. Los nuevos proyectos de todos ellos coinciden ahora en las librerías. El azar los ha reunido en las mesas de novedades y yo, por mi santa voluntad, los uno en esta entrada de blog.


De los tres, el único que ya he podido leer es Travesía americana, de Manuel Moyano. El cordobés gusta de escribir cuentos, microrrelatos, alguna novela, pero posee también una panoplia de libros inclasificables, entre el ensayo y el libro de viajes, que no hacen más que dar cuenta de su pasión por el ser humano, al que ve siempre con esa distancia tan suya, irónica, nunca asombrada por el extraño comportamiento del prójimo, siempre comprensivo hacia las rarezas de nuestra especie – La memoria de la especie se llamaba uno de esos libros, buenísimo, otros son Dietario mágico o Galería de apátridas-. El libro que ha publicado la editorial Nausícaä es el relato sencillo de un viaje familiar en un Chevrolet plateado desde San Francisco hasta Nueva York, cruzando por su mitad los Estados Unidos. No espere el lector grandes aventuras. Si acaso lo más increíble de todo lo que le ocurre a la familia Moyano es el increíble tute de kilómetros que se meten en el cuerpo a lo largo de un mes, en su afán por doblegar un recorrido soñado a través de veintidós estados y cuatro husos horarios. El resultado es un libro cruzado por la pasión por el cine y la literatura. Así, la visita a los lugares donde se han rodado famosas películas como Encuentros en la tercera fase o Único testigo deviene reconocimiento de que los grandes tótems de Estados Unidos son los relacionados con su cultura popular. Moyano satisface también su mitomanía literaria visitando las casas de Thoreau, Hemingway, su adorado Lovecraft -escandalizado del poco afecto que sus paisanos de Providence sienten hacia el raro H.P.- y sobre todo el bungaló donde vivió uno de sus escritores preferidos -desconocía la pasión de Moyano por él, y me ha sorprendido-: Charles Bukowski. El 5124 de la avenida De Longpre, en Los Ángeles.

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Mary Robison en familia.

Dime - Mary Robison

Mary Robison (Washington, 1949), pertenece a la potente generación de cuentistas (así, en femenino) que incluye también a Ann Beattie, Lydia Davis, Amy Hempel y Deborah Eisenberg, nacidas entre 1945 y 1951. Unos años más joven es Lorrie Moore. Todas ellas tienen un marcado aire generacional, parecido estilo literario y un modo similar de afrontar la tarea de contar cuentos. Mary Robison recuerda más a algunos relatos de Amy Hempel y a los personajes de Ann Beattie, aunque el desenfado con el que narra sus historias familiares, la levedad que se esfuerza en otorgar a cada una de sus cotidianas peripecias y la sorna tierna, nunca hiriente, con la que describe las miserias de la clase medianeja que protagoniza sus relatos le da un toque particular, cierto estilo propio.

Alba editorial tuvo el acierto de publicar hace unos meses Dime, el primer libro de Mary Robison traducido en España. Treinta cuentos provenientes de dos colecciones de relatos y casi todos ellos aparecidos en la revista The New Yorker, con lo que eso tiene de marca de fábrica y garantía de calidad media. Aunque también con las servidumbres que conlleva respecto de sus enfoques y temáticas, como bien sufrió Cheever con algunos de sus cuentos, incomprendidos para la revista, y que tuvieron que ver la luz en otras publicaciones. Esta recopilación profundiza en la edición en cascada durante los últimos tres años de varios libros de esa generación arriba mencionada, extrañamente nunca atendida hasta ahora por las editoriales españolas. Quedan por traducir los cuentos de Ann Beattie –Libros de Asteroide ha publicado de ella varias de sus novelas pero se resiste con sus cuentos, algo paradójico, pues son sus cuentos lo más importante de su obra-. Scribner editó en 2010 The New Yorker Stories, con sus relatos para la revista-gurú del cuento norteamericano en las últimas tres generaciones.

En la anterior entrada comentaba la importancia extrema que Salinger daba al diálogo en sus cuentos. Los de Mary Robison pueden tomarse como aplicación certera de ese recurso arriesgado. Sus relatos, en realidad, suelen contar el encuentro familiar entre padres e hijos, exnovios, abuelos, tíos, padres o madres que cuidan de sus hijos mientras la pareja está de viaje, la rutina y la ruina del carrusel de ese tiempo compartido con los que más queremos y las charlas a las que esos encuentros dan lugar. Epifanías de andar por casa mientras miran el cielo en el porche de casa o cortan el césped o comparten un desayuno con cereales o, como el abuelo descacharrante de “Guía de la noche para aficionados”, uno de los mejores cuentos de la colección, ven en familia la película de Cine de Horror.  Robison sabe sacar partido a través del diálogo de personajes extravagantes, humorísticos, en los que muchas veces uno se reconoce. Hay bastante fracaso en sus personajes, pero es un fracaso asumido, metabolizado y, por tanto, que puede degustarse en forma de humor, cinismo, divertida ironía. Sus cuentos no acaban en nada, no tienen sorpresas, ni desenlace, y frecuentan el final abrupto. Como la vida. Minucias de la vida contadas con gracia. En eso confía Mary Robison, en este libro recomendable para los amantes del cuento norteamericano. Sólo cabría reprocharle, si acaso, que, por su falta de variedad y ser el resultado de muchos años de trabajo, es mejor ir leyéndolos de a poco, sin meterse a la carrera, entre pecho y espalda (como yo he hecho), el tomazo, para evitar el agotamiento y ahuyentar la confusión.

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Salinger dialogando

Nueve cuentos de J.D. Salinger

Aunque una novela mítica, El guardián entre el centeno, y la fama a la que lo condenó, hiciera de Mr. Jerome David Salinger un tipo raro que dejó de hablar con el mundo, sus cuentos son muy recomendables precisamente por su afán dialogante. Nueve cuentos, Nine Stories. Apenas puede imaginarse un título más descriptivo, más átono, más administrativo para un conjunto de narraciones tocadas por eso tan difícil de conseguir en el relato corto: la Gracia. La Gracia en un relato es mucho más que lo que tanto se lleva ahora en la literatura contemporánea: la gracia a secas, el chiste, el residuo llamativo y caduco de este tiempo cínico. Un cuento con Gracia es aquel que consigue que no reparemos en lo que nos narra, ni en cómo nos cuenta su historia, ni en cómo nos llegan sus reflexiones, sus descripciones, su sistema narrativo. Un libro de cuentos con Gracia nos guía de una historia a otra sin que metamos los pies en charcos sucios, sin que observemos dónde están las juntas del terreno, porque sus páginas, todas y cada una de sus páginas, nos resultan una delicia sobre la que no nos apetece reflexionar. Esos libros son una invitación al deleite y el disfrute, y la calidad de sus cuentos es tan pareja que no se perciben disonancias sino melodías comunes, ritornellos, muros de sonido.

Parece que los cuentos tienen que ser bloques compactos, sólidos dentro de la ligereza inherente a su propuesta como género, y por tanto el diálogo no resulta el método más adecuado para ellos. El diálogo implica una dispersión en su desarrollo. Tiene una fuerza centrípeta que aleja al lector de un mensaje cerrado en sí mismo. Un buen cuento ha de tener cuidado con el abuso del diálogo. Sin embargo, la escuela norteamericana ha desobedecido esta consigna no escrita y muchos de sus grandes cuentistas –Hemingway es el ejemplo más evidente- hicieron del diálogo arma elemental entre sus poderes. Casi todos, grandes, medianos o mediocres escritores norteamericanos de cuentos utilizan el diálogo con frecuencia en sus historias. Nine Stories de Salinger es la demostración más acabada de esta técnica en el cuento norteamericano. Perfectamente integrado en el desarrollo de sus historias, es a través de la conversación, del habla, de la cháchara, en muchos momentos, de sus personajes, jóvenes casi siempre, como percibimos sus anhelos, sus frustraciones, sus llamadas de auxilio sentimental, hechas siempre en voz baja, como quien no quiere la cosa, entre dicho y dicho.

El neoyorkino Mr. Jerome David Salinger fue un tipo raro que firmaba con sus iniciales y se aisló durante décadas, que bebía sus orines según contó su hija, por un budista afán depurativo –y supongo que diurético-. Como todos los tipos raros que se apartan del mundo para desaparecer pronto, acabó muriendo en 2010, más cerca de los cien años que de sus intenciones iniciales. Logró apresar en los nueve cuentos que titulan su único libro de relatos, como también en su novela mítica, el instante en que la infancia está a un paso de disolverse en la adolescencia. Ese momento de la triste desaparición de la alegría infantil siempre se enfrenta a personajes adultos que reflejan su fulgor por contraste, al mostrar su propia decadencia. Dos ejemplos perfectos y clásicos son esos dos cuentos maestros: “Un día perfecto para el pez plátano” y “Para Esmé, con amor y sordidez”, historias de guerra en los que la guerra ya ha terminado. Mr. Jerome David Salinger combatió en la Segunda Guerra Mundial, en labores de contraespionaje, y el eco de las bombas resuena en muchas de sus historias. Quizás acabó habitando una fantasía, pero Salinger, vuelto de la contienda, se convenció de que su misión virtuosa en la vida era narrar ese momento irrepetible en el que el ser humano todavía es puro. Y completo. Allí donde no había aún mutilaciones están los cuentos de Salinger, y en sus diálogos, en la alegría que transmiten, en su torpe ingenuidad y la repentina aparición de la tragedia, casi al borde de la desaparición del cuento, en el último párrafo, está ese sueño de perfección infantil que Salinger terminaba por quebrar.

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Contable

ETHAN CANIN


"Soy contable, profesión paradigmática de exactitud y escrupulosidad, y mi delito fue insignificante. He trabajado con ahínco, y no me da ningún empacho decir que, en mi dedicación consciente a los libros de cuentas, he actuado de forma ejemplar durante años. Pero ahora debo confesar también que, por un fallo de mi carácter, permití que empañara mi honor un único y pequeño desliz. Trato de olvidarlo... Aunque en estos momentos apenas hago otra cosa que tratar de olvidarlo y obsesionarme con ese fallo mío y con el consiguiente desliz, sintiendo que, en realidad, si he de ser sincero, no puedo hablar de una fisura en mi carácter, sino de mi carácter mismo, y que el desliz fue inexcusable. Tengo esposa y tres hijos. Me llamo Abba Roth."

Comienzo del estupendo cuento "Contable", de Ethan Canin, incluido en El ladrón de palacio (1994).

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Danzas de guerra - Sherman Alexie.

Sherman Alexie

La condición de Sherman Alexie (Wellpinit, Washington, 1966) como miembro de la tribu india spokane funciona como un mcguffin en todos sus relatos. Parece que sus cuentos tratan sobre la difícil condición del indio contemporáneo, y en realidad sus historias tratan de otras cosas. Ya saben, los temas importantes: las relaciones padres-hijos, cómo enfrentarse a la enfermedad y a la muerte, pero sobre todo a la vida, cómo sobrellevar la dilapidación de las hermosas herencias míticas que recibimos al nacer, y que se descascarillan con el tiempo, cómo superar las derrotas gracias al humor. Todos los humores son bilis pero también ternura. Porque ternura hay en abundancia en este volumen de cuentos que ganó el prestigioso National Book Award –que tienen la mayoría de los grandes de la ficción norteamericana, excepto Salinger y Foster Wallace-. Los personajes de Sherman Alexie reparan en todos sus cuentos en el absurdo que supone tomarse a sí mismos demasiado en serio, y aunque eso no les libre de amarguras, la espita del humor, servida en diálogos hilarantes, muy ágiles, rebaja el dramatismo de sus vidas, casi siempre en encrucijadas en las que ni siquiera se plantean tomar ningún camino. Y ser indios, como ser judío para el alter ego de Woody Allen, significa ser depositarios de un tesoro divino que es un inconveniente terrenal. Las danzas rituales que rogaban a la naturaleza por la protección de la salud apenas sirven al protagonista del cuento que da título al volumen para un objetivo bien menor: conseguir una manta con la que cubrir en el hospital a su padre enfermo, que tiene frío, cada vez más frío. “¿Es cierto que el único término literario que tiene algún significado en el mundo nativo americano es road movie?”, se pregunta el personaje. Su padre, “el hombre del que siempre me he sentido más cerca es el que más me ha decepcionado”, es un borracho diabético. Su hijo se reconoce incapaz de identificar cuál es el legado que le deja ese hombre a punto de morir. Mientras  tanto, el humor negro sirve como terapia efectiva.

“-A mi padre le acaban de cortar los pies-dije.

-¿Diabetes?

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Lope, desmelenado.

Fuenteovejuna

Hay en Fuenteovejuna una acotación, al comienzo del tercer acto, que en cierto modo desencadenará la violencia de los villanos contra el Comendador, hasta acabar con la cabeza cortada del tirano coronando una pica vengativa. Poco antes el Comendador ha raptado, en plena boda, a Laurencia para satisfacer su voracidad sexual, asumiendo tener derecho de pernada sobre sus villanas. Suponemos que el malo de la obra ha violado a la aldeana, pero Lope se cuida de no mostrar los momentos más escabrosos –las torturas a los vecinos del pueblo, el ensañamiento con el cuerpo vencido y muerto del Comendador- que son narrados con ágiles elipsis o representados fuera de la escena. Tampoco este de la violación a Laurencia, aunque esa información había que hacerla llegar al público. La acotación dice: “Sale LAURENCIA, desmelenada”. Así leído, hoy, esas tres palabras pueden decir poco, apenas una sugerencia de la atribulación de la buena mujer, que tal vez ha escapado de sus captores. Pero el público de Lope -que abarrotaba el teatro en el Siglo de Oro- conocía la convención de que el pelo desmelenado, despeinado, era un símbolo de violación por parte del poderoso hacia la mujer. Poco después, en la propia boca de Laurencia, se oye: “¿Qué dagas no vi en mi pecho? /(…) Mis cabellos, ¿no lo dicen?”. El matiz de esa acotación, que nosotros, criaturas desdichadas del siglo XXI, tenemos que interpretar, era mensaje claro para el destinatario de su época, que por otro lado no debería ser un ejemplo de sutileza. Los directores procurarían exagerar la visualización de ese desmelenamiento de la pobre Laurencia, pero no necesitaban más trazo grueso para que los asistentes a la obra siguieran los hechos con claridad.

Se me ocurre que esa posesión de claves, propia de una época determinada y un género como la comedia del Siglo de Oro, que va quedando desvirtuada conforme el paso del tiempo emborrona el significado de esas claves, y pasan a requerir una explicación en su momento vana, es comparable a la necesidad, para disfrutar de todos sus matices, de una “educación” lectora respecto del cuento o relato corto, dos nombres de pila para la misma criatura. El cuento, como el teatro, por su necesaria concentración narrativa, utiliza la elipsis, lo no dicho, se vale del arte de la sugerencia, de la alusión y de la elisión, en busca de esa pieza perfecta –pero breve, siempre breve- que haga que su lector, al finalizar el texto, tenga la sensación de que ha leído algo que tiene sentido por sí mismo, sin mayores requerimientos explicativos. El lector de cuentos, conforme se adentra en ese vicio, se aveza en el manejo de tales claves, y lee en pocas páginas mucho más de lo que hay en ellas.  Así, no se le hace el cuento demasiado corto, ni cree que allí falta algo, como le ocurre al típico lector de novelas que se acerca a la lectura de cuentos con anteojeras quevedianas o poca inclinación hacia su disfrute.

De esta carencia de lecturas de relato proviene el frecuente desprecio que hacia él muestran aquellos que dicen no haber nada de valor en ciertos cuentos. En realidad lo que ocurre es que, si leen en ellos la acotación: “Sale LAURENCIA, desmelenada”, piensan que la chica viene de levantarse de la cama o muestra su descuido o su afán de mujer leona. No interpretan que ahí se esconde, a la sordina, toda una tragedia.

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A vueltas con el cuento.

Escribir sobre las formas breves de la narrativa –cuento, novela corta, microrrelato- es siempre comprometido. Son fácilmente legibles pero difícilmente explicables. Están acotadas por muchos malentendidos. Para empezar, si se publica un libro de historia se publica un libro de historia, si una novela una novela, pero cuando se publica un libro de cuentos, también se puede uno referir a un libro de relatos o de relatos cortos. Todo en el mismo paquete. Y la gente buena de la ciudad te dice que a ellos también les gustan los cuentos y te hablan de no se qué recopilación de cuentos para dormir niños malvados sin recurrir a la farmacopea, o del folclorista de su barrio, que vive encima de la farmacia y reúne historias orales que contaban los viejos de los pueblos junto a la chimenea para quitarse los fríos.

Por falta de educación lectora apenas se ha leído cuento, o relato corto, o relato, a lo largo del largo proceso educativo, tan centrado en materias como las fronteras de la comunidad autónoma y esas cosas. Para aprender matemáticas los niños hacen cuentas pero queremos formar lectores sin que lean demasiado. Del cuento durante la infancia se pasa, en un salto elíptico kubrickiano, a Katherine Mansfield o Cheever o Cortázar, para quien tenga la suerte de caer en sus redes, sin que al púber o adolescente se le instruya en las bellezas y beneficios de leer relato. Por una extraña razón pensamos que lo que es válido para el niño debe dejar de serlo conforme el niño desaparece para dar cuerpo a otro ente más extraño.

Cada vez hay más profesores de bachillerato conscientes de lo interesante que es el cuento como arma de instrucción masiva. Y utilizan a Quim Monzó en sus clases con más desparpajo que a Pedro Antonio de Alarcón, que también escribió cuentos, por cierto.

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