Salinger dialogando

Nueve cuentos de J.D. Salinger

Miguel Ángel Muñoz

Aunque una novela mítica, El guardián entre el centeno, y la fama a la que lo condenó, hiciera de Mr. Jerome David Salinger un tipo raro que dejó de hablar con el mundo, sus cuentos son muy recomendables precisamente por su afán dialogante. Nueve cuentos, Nine Stories. Apenas puede imaginarse un título más descriptivo, más átono, más administrativo para un conjunto de narraciones tocadas por eso tan difícil de conseguir en el relato corto: la Gracia. La Gracia en un relato es mucho más que lo que tanto se lleva ahora en la literatura contemporánea: la gracia a secas, el chiste, el residuo llamativo y caduco de este tiempo cínico. Un cuento con Gracia es aquel que consigue que no reparemos en lo que nos narra, ni en cómo nos cuenta su historia, ni en cómo nos llegan sus reflexiones, sus descripciones, su sistema narrativo. Un libro de cuentos con Gracia nos guía de una historia a otra sin que metamos los pies en charcos sucios, sin que observemos dónde están las juntas del terreno, porque sus páginas, todas y cada una de sus páginas, nos resultan una delicia sobre la que no nos apetece reflexionar. Esos libros son una invitación al deleite y el disfrute, y la calidad de sus cuentos es tan pareja que no se perciben disonancias sino melodías comunes, ritornellos, muros de sonido.

Parece que los cuentos tienen que ser bloques compactos, sólidos dentro de la ligereza inherente a su propuesta como género, y por tanto el diálogo no resulta el método más adecuado para ellos. El diálogo implica una dispersión en su desarrollo. Tiene una fuerza centrípeta que aleja al lector de un mensaje cerrado en sí mismo. Un buen cuento ha de tener cuidado con el abuso del diálogo. Sin embargo, la escuela norteamericana ha desobedecido esta consigna no escrita y muchos de sus grandes cuentistas –Hemingway es el ejemplo más evidente- hicieron del diálogo arma elemental entre sus poderes. Casi todos, grandes, medianos o mediocres escritores norteamericanos de cuentos utilizan el diálogo con frecuencia en sus historias. Nine Stories de Salinger es la demostración más acabada de esta técnica en el cuento norteamericano. Perfectamente integrado en el desarrollo de sus historias, es a través de la conversación, del habla, de la cháchara, en muchos momentos, de sus personajes, jóvenes casi siempre, como percibimos sus anhelos, sus frustraciones, sus llamadas de auxilio sentimental, hechas siempre en voz baja, como quien no quiere la cosa, entre dicho y dicho.

El neoyorkino Mr. Jerome David Salinger fue un tipo raro que firmaba con sus iniciales y se aisló durante décadas, que bebía sus orines según contó su hija, por un budista afán depurativo –y supongo que diurético-. Como todos los tipos raros que se apartan del mundo para desaparecer pronto, acabó muriendo en 2010, más cerca de los cien años que de sus intenciones iniciales. Logró apresar en los nueve cuentos que titulan su único libro de relatos, como también en su novela mítica, el instante en que la infancia está a un paso de disolverse en la adolescencia. Ese momento de la triste desaparición de la alegría infantil siempre se enfrenta a personajes adultos que reflejan su fulgor por contraste, al mostrar su propia decadencia. Dos ejemplos perfectos y clásicos son esos dos cuentos maestros: “Un día perfecto para el pez plátano” y “Para Esmé, con amor y sordidez”, historias de guerra en los que la guerra ya ha terminado. Mr. Jerome David Salinger combatió en la Segunda Guerra Mundial, en labores de contraespionaje, y el eco de las bombas resuena en muchas de sus historias. Quizás acabó habitando una fantasía, pero Salinger, vuelto de la contienda, se convenció de que su misión virtuosa en la vida era narrar ese momento irrepetible en el que el ser humano todavía es puro. Y completo. Allí donde no había aún mutilaciones están los cuentos de Salinger, y en sus diálogos, en la alegría que transmiten, en su torpe ingenuidad y la repentina aparición de la tragedia, casi al borde de la desaparición del cuento, en el último párrafo, está ese sueño de perfección infantil que Salinger terminaba por quebrar.

He destacado dos de los cuentos más famosos del libro, pero cualquiera de los otros siete que lo completan, “Teddy”, “El período azul de Daumier-Smith”, “El tío Wiggily en Connecticut”, por ejemplo, son lectura perfecta para adultos y adolescentes que quieran acercarse al género del cuento, por su reflejo Gracioso de todo lo que de glorioso y triste arrastramos, antes de lanzarnos siempre, en algún momento de la vida, como al final de “Teddy”, a una piscina vacía y resonante.

“Tengo una gran afinidad con ellos. Quiero decir que son mis padres y todos formamos parte de una armonía recíproca –dijo Teddy-. Quiero que disfruten mientras vivan, porque les gusta pasarlo bien… Pero ellos no me quieren a mí ni a Booper, que es mi hermana, de ese mismo modo. Lo que quiero decir es que parece que no pueden querernos tal como somos. Parece que no pueden querernos si no intentan cambiarnos un poquito. Quieren sus motivos para querernos tanto como nos quieren a nosotros, y a veces más. Así no es tan bueno.”

(Para quien no haya leído este libro de cuentos fundamental, hay dos ediciones de Nueve cuentos. En tapa dura en Edhasa y en bolsillo en Alianza Editorial.)

Sobre este blog

Un blog sobre cuento y novela breve, con excursiones variadas

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Publicado el
10 de febrero de 2013 - 22:02 h

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