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Código escrito, código máquina

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Publicado por primera vez en Escolar.net  el 9 de agosto de 2005 . Durante estos días voy a celebrar los   10 años de Escolar.net republicando algunos de los mejores artículos del blog. Espero que os gusten.

Segunda mitad de los noventa. Pedro J. Ramírez acompaña a Julio Anguita en una visita a la redacción del diario. El director de El Mundo y el entonces líder de Izquierda Unida llegan a la zona donde trabajan los redactores de “el-mundo.es”. Pedro J. explica a Julio Anguita que han puesto en marcha una encuesta desde la web donde se pregunta a los internautas qué votarán en las próximas elecciones. Anguita se anima. “Puedo votar yo, puedo probar”, pregunta ilusionado. “Por supuesto”, responde Pedro J., y le señala el ratón del ordenador.

Anguita coge el ratón con la mano derecha, lo levanta, se lo acerca a la boca a modo de micrófono y, solemne, pronuncia en voz alta: “Voto a Izquierda Unida”.

No te rías del Julio Anguita lego en informática. No sabía menos sobre el tema que la inmensa mayoría de los políticos de entonces e intentó comunicarse con el ordenador de la manera más obvia que existe: hablando. En realidad, era un avanzado a su tiempo.

El fin del código escrito

¿Y para qué sirve el lenguaje escrito? Le damos tanta importancia a su descubrimiento que dividimos el pasado en un antes y un después, entre historia y prehistoria. No es exagerado. Es un invento maravilloso, tal vez el salto más importante que ha dado la humanidad: permite empaquetar información y transportarla en el espacio y en el tiempo. Permite congelar un mensaje, una idea, y evitar que se pudra. A la palabra escrita no se la lleva el viento.

También tiene algunas desventajas. Hace falta compartir un mismo código entre el que crea el mensaje y el que lo recibe. Requiere un aprendizaje. También exige un esfuerzo intelectual mayor del que supone la comunicación oral. Además, parte de la información se pierde en el proceso y se crean ambivalencias que el emisor no suele estar ahí para resolver.

La mayoría de las personas se expresan mejor hablando que escribiendo. Escribir bien requiere esfuerzo y ejercicio y sólo los sacerdotes de la escritura más expertos son capaces de realizar el hechizo de tal forma que el mensaje que se recibe sea lo que se pretendía transmitir. Pese a ello, nunca se consigue a la perfección, pues esa perfección sólo existiría si pudiésemos transmitir nuestros pensamientos de forma telepática.

Desde que llegó la imprenta, la palabra escrita mejoró el más importante de sus valores, el de multiplicar lo más poderoso que existe: las ideas. Lo hizo tan bien que revolucionó el mundo. Lo hizo tan bien que acabó con la tradición oral de los juglares y los trovadores, que se vieron desplazados del papel protagonista en la difusión de la cultura del mismo modo que la música grabada acabó con la mayoría de las orquestas.

Con Internet, esa capacidad para multiplicar las ideas se ha vuelto democrática y ya no está controlada por unos pocos intermediarios. Y esa vieja función que cumplían las cartas de transmitir información a través del espacio, cuyo uso estaba a punto de desaparecer por culpa del teléfono, resucitó con el correo electrónico.

La gente volvió a escribir, entre otras cosas, porque era más barato y cómodo mandar un e-mail que telefonear. El motivo económico también fue clave en el éxito de los mensajes cortos del móvil, que te ahorran una llamada. Sin embargo, puede que este renacer del código escrito sea temporal. Tal vez es sólo una cuestión de tecnología y ancho de banda.

La calculadora y las palabras

¿Cuánto es la raíz cuadrada de 1.764? Lo más probable es que sólo puedas darme la respuesta, sin usar una calculadora, si tienes 13 años y aún no has olvidado las matemáticas que aprendiste en el colegio. Mucha gente ignora incluso cómo hacer a mano operaciones más simples, como una división o una multiplicación con decimales. Para eso ya está la máquina.

El código escrito o las raíces cuadradas son un medio y no un fin. La escritura es hoy imprescindible en nuestra sociedad del mismo modo en que antes lo fueron otros conocimientos, como montar a caballo o encender fuego con palos. Pero puede que la tecnología facilite las cosas tanto que saber leer o escribir se convierta en algo puramente lúdico o en una técnica que sólo dominarán unos pocos estudiosos o especialistas.

La música es a la partitura lo mismo que la conversación a la escritura. Cuando una canción se convierte en partitura se pierde un montón de información –la interpretación– del mismo modo en que la palabra escrita condensa de forma imperfecta la miriada de matices que acompañan al habla.

Aún está por desarrollar tecnologías de reconocimiento y síntesis de voz eficaces, capaces de interpretar y ejecutar órdenes complejas y de entender distintos acentos. Pero llegarán y tal vez para entonces la voz sea al interfaz gráfico lo mismo que Windows fue al MS-DOS. Sí, habrá muchos que prefieran el viejo sistema, como hoy hay algunos que abominan del ratón y el escritorio y aseguran –con razón– que es más rápida y bella la línea de comandos. Pero la inmensa mayoría elegirá, cómo ya pasó con el ratón, la opción más sencilla.

¿Quién querrá comprimir el idioma natural del hombre –la lengua hablada–, cuando sea igual de cómodo transmitir la misma información sin pérdida en el espacio y en el tiempo? ¿Quién se molestará en aprender leer cuando el ordenador pueda leer por ti? ¿Quién tecleará cuando podamos dictar al ordenador nuestras cartas? Cuando mandar grabaciones de vídeo sea tan sencillo, rápido y barato como hoy resulta redactar correos electrónicos, ¿quién escribirá?

El encanto de la máquina de escribir

“Dónde esté mi máquina de escribir, que se quite el ordenador”. Hasta hace relativamente poco, esta frase era habitual en muchas redacciones de diarios. Todavía recuerdo el pequeño terremoto que provocó Gabo cuando reconoció, hace bastante, que él escribía sus novelas directamente en el ordenador, ¡qué herejía!

Las mismas batallas dialécticas con parecidos argumentos se han dado antes en la historia. “Donde esté mi pluma, que se quite la máquina de escribir”. Donde estén los juglares, que se quiten los libros. Ese sentimiento romántico suele desaparecer con los años, cuando las nuevas generaciones ya no sienten nostalgia por lo anterior porque no lo conocieron.

El código escrito tiene otros valores, como la representación icónica o la capacidad de clasificación que facilita el manejo de grandes cantidades de información. Pero para esta última función también estarán las máquinas, que serán capaces de ordenar el audio o el vídeo de la lengua hablada con la misma versatilidad que hoy lo hacen con el alfabeto.

Puede que dentro de unos cuantos siglos el único nicho que le quede al alfabeto sea el de su propia Némesis. El código escrito será el código máquina, el que interpretan los ordenadores, mientras los humanos volveremos a nuestro pasado, a esa extraordinaria facultad que nos distingue del resto de los seres vivos y que adquirimos de forma casi espontánea en nuestra infancia. Porque lo natural es hablar.

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