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Luego, cuando gane, te la hinco

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Estamos a punto de asistir a dos inminentes citas electorales, en Galicia y Euskadi, más una tercera en el horizonte, la de Cataluña, que conllevan un morbo añadido: el de conocer cuánto voto irá a engrosar la cuenta de los partidos nacionalistas, como castigo y alternativa a las formaciones tradicionales que solo se mueven en dos dimensiones, preferentemente hacia la izquierda o hacia la derecha, aunque algunos, como los dirigentes de PP, le hayan tomado gusto a la dirección de atrás.

El nacionalismo sería algo así como la política 3D, la tercera dimensión (arriba y abajo) diseñada para alcanzar el poder utilizando como ingrediente primario el nacionalismo en el que, como en el caso de las religiones, priman los sentimientos y la fe en lo que no existe sobre el análisis y la razón. Luego está la cuarta dimensión, el tiempo, justo lo que los partidos buscan con ahínco (“luego, cuando gane, te la hinco”) pero que los electores cabreados no están dispuestos a concederles.

Quizá la imposibilidad de encuentro entre electores y candidatos se deba precisamente a que unos y otros vivimos en distintas dimensiones. Hay que violentar los principios más conocidos de la física para que un candidato atraviese la dimensión en la que habita y llegue a entusiasmar a un votante, o que éste se crea las promesas mil veces incumplidas de los partidos.

Y más en los tiempos que sufrimos, en que los grandes partidos están dando unas muestras preocupantes de agotamiento. El PP ya no puede mentir más (“je, que te lo crees tú, chaval”). Bueno, en realidad su oferta electoral tiene que limitarse a renovar sus mentiras, sus promesas incumplidas que, por incumplidas, como un regalo sin estrenar, siguen creando ilusión en la parte más infantil de sus votantes. Como las mentiras renovadas de los esposos que disimulan, anteponiendo la estabilidad, aunque sea frágil, al vértigo del divorcio.

Nueve meses de gobierno del PP en Moncloa, alcanzado de forma ilegítima y con mentira masiva (¿he dicho más iva?) tras incumplir todas las promesas de su programa electoral, hacen muy difícil convencer a la ciudadanía de que esta vez sí, esta vez es verdad, tontorrón, que lo de los recortes era una broma tan pasajera como necesaria. Al PP, pues, solo le quedan sus propias fuerzas, esos fieles que seguirían creyendo en dios aunque el mismo dios bajase de los cielos a decirles que no existe.

Según los analistas, en estos nueve meses Mariano se ha ciscado en los famosos millones de votantes indecisos que a última hora siempre acaban decantando la victoria hacia uno u otro partido, indecisos que para decidirse parece ser que leen con detenimiento los programas electorales, ¡y se los creen! Todavía no sé si es más peligroso para la democracia los votantes que se abonan a un mismo voto hasta que la muerte los separe o los que inocentemente creen que los programas son contratos firmados que deberían hacer pagar con la cárcel a quienes los incumplen. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría y el ministro de Hacienda, por ejemplo, hasta se ríen cuando les preguntan por qué están haciendo ahora lo contrario a lo que predicaron, como asombrados de que sus votantes hubieran llegado a creer las promesas con que los seducían desde la oposición.

Agotado el discurso del PP, entregado el gobierno de España a fuerzas financieras que no hemos votado, con un horizonte de recesión, miseria, pérdida de derechos sociales ganados penosamente en democracia, uno busca en la oposición un rayo de esperanza, como el niño mira al padre buscando la solución a todos sus problemas.

¿Y en la oposición mayoritaria quien está? ¿Hay alguien ahí? Pues está Alfredo Pérez Rubalcaba, gobernando el PSOE, atado de pies y manos al pasado como ministro de los gobiernos de Zapatero que vieron estallar la crisis económica, y que a duras penas consigue enderezar la crisis de su propio partido, ERE incluido, para mayor sarcasmo.

Últimamente, cuando veo a Rubalcaba en un mitin, o dictando una proclama institucional por televisión y radio, me dan ganas de pedir la cuenta y coger la puerta. Llegas a la conclusión de que esto nuestro debe de estar tan mal que no tiene cura. Y eso no se hace con los hipocondríacos como yo que, cuando vamos al médico, no apartamos la vista del semblante del doctor mientras extiende la receta. Hasta que no sonríe y me dice aquello de que no pasa nada, tranquilo, me entran los siete males, con sus correspondientes e imaginarios cáncer de colon y cirrosis de caballo.

Rubalcaba parece un médico triste, abrumado, a punto de anunciarme que me quedan un par de meses de vida. Y eso solo se puede deber a dos cosas: a que, al igual que Mariano, no sabe cómo arreglar lo nuestro y está rezando para que los votantes no le devuelvan el poder ni borracho, o que se ha convertido en un funcionario de la oposición que todos los días se pone delante del atril mitinero con desgana, como si estuvieran a punto de arrancarle una muela. Cargado de hombros, como si soportase sobre ellos nuestras cuitas, la voz baja y quebradiza, adopta un lenguaje corporal que lo señala como un hombre derrotado antes de empezar la batalla. Tengo la sensación de que si me cuenta un chiste soy capaz de echarme a llorar.

Con su porte grave, envejecido, apesadumbrado, pretende dar la impresión de hombre de estado responsable, ese que luego, cuando gobierne, no tendrá que avergonzarse de sus promesas. Es decir, la otra cara de la alegre muchachada del PP, que se ríe con cachondeo de todo lo que promete desde la oposición, con la desvergüenza que le tolera un país de amnésicos. Y claro, ser responsable en una batalla con irresponsables te lleva al suicidio, como intentar dialogar cortésmente con el jefe de los matones vestidos de policías que custodiaban estos días el Congreso de los Diputados, porra en mano.

Alguien mal informado debió de contarle que durante la jornada del 25-S lo responsable era que los diputados socialistas permaneciesen sentados, ellos también, en sus escaños, ciegos y sordos a lo que acontecía más allá de los muros del hemiciclo, mientras en la calle miles de indignados pedían un poco de dignidad, valentía y comprensión a la clase dirigente que calentaba sillón de cuero en el Congreso sitiado.

Rubalcaba no debería olvidar que dirige un partido que ayudó a traer con su lucha en la calle, en la universidad, en las fábricas, en saludable compañía del resto de las fuerzas de la izquierda, las libertades que hasta ahora disfrutábamos y que al gobierno del PP tanto incomodan. Si no tiene fuerzas para liderar con entusiasmo e imaginación nuestro futuro y el de su partido, siempre le quedará la Universidad.

Desde su cátedra de Química, ya que el campus está ocupado por gente joven dispuesta a partirse la cara, una vez más, por todos nosotros.

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Encuesta/meditación para hoy:

Dos tercios de la población mundial, unos 4.000 millones de personas, viven en la pobreza, 1.000 millones no tienen agua potable, y el 60% padece desnutrición crónica. Teniendo en cuenta que dios, siendo omnisciente y omnipotente, podría solucionar esta injusticia con solo desearlo, ¿qué piensas de dios?

 A) Es un hijoputa.

B) Es un incompetente.

C) Es muy bueno.

Teniendo en cuenta que Mariano Rajoy sabe, tal como alardeaban en campaña electoral él y sus profetas, cómo solucionar la crisis que padecemos, y a pesar de ello ha dejado que en tan solo nueve meses de gobierno seamos mucho más pobres, más tristes, más desgraciados, y más apaleados, ¿qué piensas de él?

 A) Es un hijoputa.

B) Es un incompetente.

C) Es muy bueno.


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