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Un médico en urgencias: "Este coñito está perfectamente"

Marina fue a urgencias ginecológicas con un dolor muy fuerte: "Me quedé congelada de miedo y asco en esa camilla, piernas abiertas, semidesnuda, delante de aquel desconocido sin guantes que me miraba con lascivia y sorna"

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Camillas de un servicio de urgencias Archivo

Hace ocho años yo tenía veinte. Estaba estudiando en la universidad, vivía en casa de mis padres y tenía una relación con un chico de mi misma edad. Llevábamos aproximadamente un año juntos. Teníamos sexo, al principio era algo deseado, un acto de cariño y complicidad, o así quiero yo entenderlo. Recuerdo que en un momento dado, de forma repentina, comencé a tener dolor cuando manteníamos relaciones sexuales, sobre todo con la penetración. Llegó una ocasión en la que, mientras teníamos sexo, el dolor se hizo tan insoportable que decidimos acudir directamente a ginecología de urgencias.

Mi compañero en aquel momento me acompañó al hospital pero a la hora de entrar en la consulta quise hacerlo sola. Pasé a la típica sala de admisión, donde dos enfermeras me preguntaban cuál era el motivo de mi consulta. Yo respondí, ellas redactaban. Terminado este trámite, entré en la consulta. En su mesa esperaba un médico, un ginecólogo con su bata puesta, que me hizo unas cuantas preguntas, parecidas a las de sus colegas enfermeras, y después me indicó la camilla para que me tumbara y él pudiera hacer la exploración.

Tengo el recuerdo de este momento nítido y borroso a la vez. Este hombre, el ginecólogo de urgencias, descendió debajo de la tela que cubría mis piernas y mi entrepierna, y acercó su cabeza y sus manos a mi vagina para empezar una exploración. Cuando volvió a sacar su cabeza fuera de la sábana, me miró. En ese instante me percaté de que no llevaba guantes de látex, y pensé en miles de cosas en esa milésima de segundo. ¿Se los habría quitado y yo no me había dado cuenta?, ¿no se los había puesto en ningún momento?, ¿estaba loca o me lo estaba imaginando? Lo siguiente que recuerdo fue su boca verbalizando las siguientes palabras: "Bueno, pues este coñito está perfectamente".

Me quedé congelada de miedo y asco en esa camilla, piernas abiertas, semidesnuda, delante de aquel desconocido sin guantes que me miraba con lascivia y sorna a partes iguales y en quien me había tocado confiar y creer que era un profesional que respetaría mi integridad y mi dolor, físico o somático.

Estupefacta le pregunté: "Perdona, ¿qué has dicho?". A lo que él respondió: "Nada, que está todo perfectamente". Le miré directamente a los ojos y le repliqué que no había dicho eso, que había dicho otra cosa, que yo no estaba loca y que le había escuchado con claridad. Él se encogió de hombros, media sonrisa se dibujaba en su rostro, y siguió con la situación médico-paciente como si nada hubiera pasado y todo hubiese sido producto de mi imaginación.

No recuerdo bien cómo se sucedieron los hechos justo después. Me vestí y salí de allí sin ninguna conclusión médica, con una sensación de confusión y repugnancia brutales. Compartí mi experiencia con mi compañero: a él también le pareció repugnante, pero creo que más que por mí y lo que pudiera sentir yo, por él mismo y por no haberme acompañado al interior de la consulta.

Todo esto me hizo sentirme muy sola, ingenua y frágil. Nunca hice nada con todo aquello, no se lo conté a mis padres, ni a nadie en el hospital ni nada parecido. Hoy me arrepiento de que esa joven de veinte años aquel día guardara silencio, pero intento no culparme y, además, ya no pienso callarme nunca más.

Marina

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