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El ultranacionalismo es el que de verdad está haciendo daño al sistema

No se esperaba la potente revuelta del ultranacionalismo: hoy por hoy el sistema no sabe cómo combatir a ese enemigo y le está haciendo daño de verdad

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Marine Le Pen se lanza ante sus seguidores al asalto del Elíseo

La presidenta del partido de ultraderecha Frente Nacional (FN), Marie Le Pen, en una imagen de archivo. EFE

En los comienzos de la crisis financiera el establishment mundial temió seriamente que el sistema podía colapsar. Fue cuando el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy dijo que había que refundar el capitalismo antes de que se viniera abajo. Se temían desastres de distinto tipo, pero lo que más inquietaba era la posibilidad de un levantamiento popular en los países occidentales. Se creyó que algo parecido a las revoluciones que estallaron tras la I Guerra Mundial podía repetirse. No ha sido así. Durante los nueve años de crisis, la izquierda política y social no ha superado el nivel de una protesta que el sistema, hasta ahora, ha sabido digerir. Lo que no se esperaba era la potente revuelta del otro lado del espectro político, del ultranacionalismo. Hoy por hoy el sistema no sabe cómo combatir a ese enemigo. Y este le está haciendo daño de verdad.

El ejemplo más claro de ello es el Brexit, la victoria del 'no' a la Unión Europea en el referéndum británico del pasado mes de junio. Saliendo de las cavernas, en las que hasta hace no muchos años parecía que estaba recluido para siempre, el nacionalismo inglés y antieuropeo ha sido capaz de aunar el mensaje de que fuera de la UE Gran Bretaña estará mejor con el profundo malestar de grandes sectores sociales golpeados por la crisis y el rechazo de los abusos y de la corrupción de la clase dirigente. Y ha ganado. Nadie sabe ahora cómo manejar esa victoria. Pero sea como sea el caos ya está sembrado. En Gran Bretaña, que hasta podría sufrir la secesión escocesa como consecuencia del mismo, y en toda Europa.

Aunque en España estemos a otras cosas, no hay día que el Brexit, por uno u otro motivo, no esté en todas las primeras páginas de los principales diarios el mundo, entre ellos los norteamericanos de referencia. Porque hasta los más optimistas tiñen de oscuros colores el futuro de Europa sin Gran Bretaña. Porque el capitalismo financiero tiene pavor a que la City de Londres pierda su status de centro decisorio de las finanzas mundiales si se queda fuera de la Unión Europea. Porque una tupida red de equilibrios internacionales que involucra a los principales países de todos los continentes puede venirse abajo. Y últimamente también porque si la premier conservadora Theresa May se sale con la suya, Gran Bretaña puede convertirse en la adelantada de Occidente en la restricción de la emigración, debilitando a quienes en el resto de Europa no quieren transitar por ese camino.

El Brexit es, por tanto, un duro golpe contra el sistema que llevó al mundo a la crisis de 2008 y que ha sabido sobrevivir a la misma sin perder un ápice de poder. Un éxito, y no digamos una victoria, del ultranacionalismo xenófobo del Front National en las presidenciales francesas de mayo sería tan fuerte o más que ese. Lo más probable es que Marine Le Pen no gane la contienda. Pero sus mensajes ya han calado en la sociedad francesa de manera irreversible en mucho tiempo. Los de la xenofobia, y también el de que lo que más conviene al país es salirse de la UE y del euro. Y van a seguir ahí, condicionando las políticas del poder y, lo que es peor, debilitando la posición y la capacidad de maniobra en Europa de una Francia que es uno de los dos pilares de la Unión.

Holanda puede seguir ese mismo camino: el partido ultraderechista y antieuropeo de Geert Wilders encabeza las encuestas para las próximas elecciones generales. Y Austria también: la ultraderecha aún puede ganar las presidenciales. El ultranacionalismo xenófobo, con sus claros elementos antisistema, avanza en la Europa el norte y escandinava y también en Alemania.

Esos movimientos –a los que, evitando asimilaciones fáciles, se podría añadir el ultra derechismo rampante en varios países del Este europeo– son en estos momentos el principal adversario de los partidos del establishment europeo. Que sigue teniendo una gran fuerza política, electoral y de influencia real en la sociedad. Pero que afronta la batalla sin tener ni mucho menos claro cómo puede vencerla. Y en cuyo seno no pocos dirigentes creen que lo mejor es acercarse todo lo posible a los planteamientos de los ultranacionalistas para arrebatarles sus banderas.

Si algo indica que el populismo de ultraderecha está dispuesto a combatir esa guerra con todos los medios de los que pueda disponer es el acercamiento de algunos de esos movimientos a la Rusia de Vladimir Putin. Suena a increíble que un movimiento como el Front National francés, que ya tres décadas se ahormó en torno al anticomunismo más radical, tenga ahora excelentes relaciones con el Kremlin, que le financia más o menos abiertamente, y que Marine Le Pen viaje con frecuencia a Moscú, en donde no suele ahorrarse elogios a Putin.

Existen contactos de esa índole entre otros partidos ultranacionalistas europeos y las autoridades rusas. Y en el programa electoral de Donald Trump, líder del populismo ultraderechista norteamericano, destaca el entendimiento con Rusia en materia diplomática y comercial.

Esos acercamientos se explican en parte por una coincidencia ideológica: el orgullo nacionalista de Putin es la clave de bóveda de toda su política. Que hasta el momento, y puede que por bastante tiempo, ha devuelto a Rusia el protagonismo en la escena internacional y ha compactado detrás del líder a un pueblo empobrecido y sufriente.

Pero también por motivos tácticos y oportunistas. Porque Rusia parece muy dispuesta a ayudar como sea –con dinero e información, y también hackeando los ordenadores de Hillary Clinton para dar munición a Trump– a fin de debilitar a los hasta ahora poderes fuertes de Occidente en una batalla en la que Putin quiere ir muy lejos: en Siria y en Ucrania para empezar. Y porque las cancillerías europeas y la norteamericana no saben aún como hacer frente a ese peligro. Es uno de sus puntos débiles. Y algunos ultranacionalistas quieren meter el dedo también ahí.

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