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Crónica patética del debate del estado de la nación

Rajoy se presentó como ese personaje de telefilm de Antena 3 que empieza ayudando a las ancianitas a cruzar la calle y termina enterrando cadáveres en el bosque

Atendiendo los consejos médicos contra el síndrome de la clase turista, el bipartidismo se marchó al bar cuando dejaron de pelearse sus jefes

Celia Villalobos demostró que los iPads, como los vicepresidentes del Congreso, están para lo que están, por mucho que se empeñen los gurús de la productividad

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Diputados socialistas creen que Rajoy "perdió los papeles" con Sánchez

Rajoy se presentó en el debate del estado de la nación como ese personaje de telefilm de Antena 3 que empieza ayudando a las ancianitas a cruzar la calle y termina enterrando cadáveres en el bosque. Rajoy hizo de guía de un país multicolor y desconocido al que se accede por una trampilla escondida en la Moncloa y, antes de los títulos de crédito, a punto estuvo de sacar a guantazos del Congreso a Pedro Sánchez. Finalmente se limitó a un civilizado aunque malsonante "no vuelva aquí a hacer o decir nada, ha sido patético". Al 'patético' solo le faltó un 'tío' para conseguir que a Rajoy le dejaran participar en la próxima edición de Gran Hermano. Patético, tío, de verdad, jo. Nunca antes un registrador de la propiedad había estado tan cerca de compartir camerino con Belén Esteban. Fue todo un debate del estado de la nación VIP.

Molesto porque el Pedro Sánchez de los pactos de Estado se había quedado en casa, Rajoy traspasó esa delgada línea que separa la socarronería de lo chabacano, y convirtió la sesión en una trifulca tertuliana de sábado por la noche. El presidente del Gobierno, siempre tan pendiente de lo que quedará escrito en el Diario de Sesiones, dejó una mácula que será recordada como esas tretas de los luchadores de  wrestling que, impotentes por no poder vencer a su contrincante, le lanzan una silla en la espalda para sacarlo de la pista.

Para compensar, Rajoy dijo 'tiquismiquis' y hay que agradecerle que recurra a palabras populares en desuso en medio de tanta monserga burocrática.

Pedro Sánchez leyó hasta la última línea, y estuvo mejor: en un país donde los políticos leen casi todo, leer bien es imprescindible. Le bastó a Sánchez con contarle a Rajoy lo que pasa en la calle, darle un par de sopapos inesperados y pasarle la caja de puros llena de billetes de Bárcenas por delante de sus barbas. Queda la duda de si le valdrá para recuperar votos, o solo para asustar a Susana Díaz. Queda la duda de si la pelea era cierta o, como dice Isidro López, fue un Pimpinela por fuera, Grosse Koalition por dentro.

A renglón seguido y atendiendo los consejos médicos contra el síndrome de la clase turista, el bipartidismo se marchaba al bar mientras Duran i Lleida intentaba hacer un chiste o dos, sin aprobar el casting de Paramount Comedy, aunque haciéndole gracia a la vicepresidenta, que era lo que parecía buscar. Duran i Lleida pedía las cosas por favor como si así Rajoy le fuera a hacer más caso. Y eso fue todo. El discurso de Duran sonaba más a batallitas soporíferas en el Palace que a otra cosa.

El estreno de Garzón estuvo entre lo más estimulante del debate, pero el bipartidismo seguía disfrutando de los precios locos de la cafetería del Congreso. El bipartidismo estará a punto de caer, pero mientras tanto la batalla mediática en el debate del estado de la nación se sigue mostrando a dos –PP vs PSOE–, a los que si usted desea puede incluirles el aderezo minoritario que más le guste. Además, a IU le pasa como a los documentales de la 2. En Twitter todo el mundo alaba sus palabras, pero luego los votos se cuentan antes que los usuarios activos de Google Plus. Rosa Díez, por su parte, pareció perder el brillo de antaño -se le está encaneciendo el futuro político como a Cayo Lara-, y tuvo que soportar, de nuevo, el desaire faltón de un Rajoy al que solo le faltaba soltar un regüeldo o algo.

Al día siguiente, los vascos aburrieron como solo saben aburrir los vascos cuando son irrelevantes en la política española, aunque Sabino Cuadra, de Amaiur, consiguió ser trending topic, lo que fue coreado por sus acólitos como una victoria, confirmando que, en este nuevo tiempo, la izquierda abertzale busca victorias desesperadamente después de tanta derrota.

El debate estuvo plagado de momentos histriónicos como cuando el diputado Pezzi –qué poco partido hemos sacado a un diputado con un apellido tan cinematográfico–  sacó una bandera de Andalucía que, sabido es, siempre hay que llevar en el bolsillo junto a la cartera y las llaves, no sea que alguien se ponga a criticar los recortes de las comunidades autónomas y haya que recurrir a argumentos más sofisticados.  Celia Villalobos demostró que los iPads, como los vicepresidentes del Congreso, están para lo que están, por mucho que se empeñen los gurús de la productividad.

La voz de qué-bien-me-ha-sentado-esta-siesta-del-carnero-Posada le imprimió un tono estival que pedía con urgencia el debate, gris de tanta corbata y medias verdades, por no decir mentiras. Se agradecería en todo caso un Botón Posada de descargas eléctricas para activarlo cada vez que se pronuncie la expresión "poner en valor", uno de los grandes males de la Cultura de la Transición, incluso por delante de las puertas giratorias.

El debate del estado de la nación fue una sucesión de discursos dirigidos a los propios, y con pocas posibilidades de hacer mella en los ajenos. Y al debate le faltó algo o alguien. A ratos parecía esa fiesta chafada en la que se ha terminado el alcohol o no han aparecido tipos interesantes como Pablo Iglesias y Albert Rivera. Pero aparecerán. Fue el último debate de la nación del bipartidismo y el primer FIB de los politólogos.

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