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Carretera

Era una carretera secundaria, una de esas en las que puedes circular durante decenas de kilómetros sin cruzarte con nadie. Fue mala suerte, la verdad, que me cruzara con él.

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Era una carretera secundaria, una de esas en las que puedes circular durante decenas de kilómetros sin cruzarte con nadie. Fue mala suerte, la verdad, que me cruzara con él. Apareció de la nada, cuando me quise dar cuenta estaba pegado a mi parachoques trasero. Era un trazado sinuoso y estrecho. Intentó adelantarme en varias ocasiones. Soy un conductor responsable y las imprudencias me enfadan. Quise concentrarme y seguir a lo mío pero hay cosas que resultan imposibles de ignorar. Yo miraba una y otra vez por el retrovisor y observaba sus zigzagueos impacientes. Estuve tentado de apartarme a la cuneta pero me molesta que ese tipo de gente se salga con la suya. Así que continué un poco más despacio de lo habitual, solo por molestar.

Las maniobras del otro vehículo continuaban y saqué el brazo por la ventanilla invitando a la calma. Aquello, lejos de disuadirle, pareció enardecerle aun más, como si hubiera echado al fuego un chorro de gasolina. A partir de ese momento comenzó a atosigarme dándome las largas y tocando el claxon. Poco después, en una maniobra arriesgadísima, logró adelantarme en plena curva. No pude evitar, mientras me rebasaba, sacar de nuevo el brazo por la ventanilla y lanzarlo al aire con mi dedo corazón bien extendido mientras gritaba muy alto unas palabras que en estos momentos no me siento capaz de reproducir. Fue algo instintivo, una de esas cosas de las que uno se arrepiente en el mismo momento en el que las está haciendo. Mis malas vibraciones se confirmaron al instante. El otro conductor cruzó de pronto su coche en medio de la carretera y me obligó a detenerme dando un fuerte frenazo. Un hombre  se bajó del vehículo y avanzó hacia mí. Salí yo también del automóvil con un nudo en el estómago. Me pareció que no estaba muy dispuesto a dialogar. El miedo se apoderó de mí y en un gesto instintivo, sin pensarlo, lo empujé con todas mis fuerzas. Él se tambaleó, tropezó y cayó al suelo golpeándose la cabeza contra la bola de remolque de su coche. Se quedó inmóvil en el suelo, en una posición extraña que no indicaba nada bueno. Fue todo muy rápido pero no me costó asimilar que, probablemente, estaba muerto. Ni siquiera me acerqué a comprobarlo. En ese momento no lamenté haber acabado con la vida de un hombre sino el hecho de que haber matado a una persona pudiese arruinar mi vida, que era fantástica. Soy profesor en una universidad de provincias, tienen que entenderlo. Tengo una buena familia, un buen sueldo y una buena casa. En este mundo la mayor parte de la gente tiene existencias miserables. ¿Cómo no iba a tener miedo a perder algo así?

Un charco de sangre comenzó a formarse en el suelo pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi vida arrojada a un sumidero cuyo oscuro fondo no alcanzaba a imaginar.

Un charco de sangre comenzó a formarse en el suelo pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi vida arrojada a un sumidero cuyo oscuro fondo no alcanzaba a imaginar. Era imposible que diese la vuelta a mi vehículo en una carretera tan estrecha, así que me dirigí a su coche con intención de aparcarlo en la cuneta para poder continuar mi camino. Se trataba de hacer las cosas muy deprisa y de no dejar rastro. Ha sido algo tan accidental que nadie podrá vincularnos, pensé. Si su vida está echada a perder qué sentido tiene que eche yo a perder la mía, me dije. Debía salir de allí lo antes posible. Pero cuando abrí la puerta de su vehículo me encontré con los ojos de un niño que me miró muy asustado desde el asiento del copiloto. Por suerte, mi instinto vino de nuevo a mi rescate y cuando me quise dar cuenta lo estaba estrangulando. Nunca había estrangulado a nadie y pensé que sería algo muy sencillo pero el pequeño se resistió bastante y acabé muy fatigado. Por fin, pude apartar el vehículo de la calzada y tras limpiar las huellas dactilares continué mi camino. 

En los días posteriores me informé en la prensa sobre lo sucedido. Las noticias hablaban de dos víctimas: Francisco Estrada y Jaime Estrada, de 42 y 12 años respectivamente. La policía no tenía ninguna hipótesis sobre el doble crimen. Francisco trabajaba de conserje en la universidad, aunque yo no lo conocía. Tuve que ir al entierro junto al resto del profesorado y buena parte de los alumnos. Mientras caminaba tras el coche fúnebre no sentí arrepentimiento alguno sino un gran alivio porque los periódicos informaban de que no había ningún sospechoso. La madre y esposa lloraba desconsolada. Los enterraron juntos en dos nichos colindantes. Todo el mundo estaba conmocionado. Pobrecitos, recuerdo que le dije a mi mujer al regresar a casa.

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