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El futuro de Cantabria

Más que un horizonte brillante, los cántabros vislumbramos ese gris de nuestro cielo cuando hablamos del futuro. Ya veremos lo que trae el viento de la bahía.

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(Ampl) Ana Botín cobra en efectivo el grueso del dividendo del Santander, unos 2,5 millones de euros

Ana Botín, presidenta del Banco Santander.

El otro día he escuchado a la presidenta del Banco Santander afirmar que el futuro de Cantabria es espectacular. Bueno, es mejor que diga que lo he leído, porque exactamente, de su boca, yo no lo he escuchado y ya hemos visto estos días la sutileza de esa diferencia.

Bueno, nos decía la presidenta del Banco que nuestro futuro es espléndido y, francamente, no está en mi ánimo contradecirla porque los conocimientos que ella tiene en materia económica son infinitamente superiores a los míos. Los contactos de los que dispone, los asesores que la aconsejan, los analistas que le presentan informes y la propia entidad que preside seguramente le proporcionan datos más que de sobra como para poder vislumbrar con mucha más claridad que la mía el futuro de nuestra región.

Vaya por delante que mi más ferviente deseo es que acierte con este pronóstico porque el futuro de Cantabria es el futuro de los cántabros y aunque sea en mi pequeña cuota de fortuna, me considero aludido también en ese devenir que, en mi ignorancia, no veo tan halagüeño.

Yo no manejo datos macroeconómicos ni microeconómicos, pero invito a los analistas a dar un paseo por el centro de Santander y seguro que, como mínimo, comparten mi preocupación. A menudo me cuesta reconocer mi propia ciudad cuando la recorro sin prisas. Calle a calle han cerrado tantos establecimientos y negocios de toda la vida que algunos de mis rincones favoritos ya no existen. Cafeterías, relojerías, pastelerías, librerías, tiendas de ropa, perfumerías, droguerías, peluquerías y una lista que me llevaría todo el día confeccionar, han pasado a mejor vida. O a peor vida, sin duda alguna, en lo que se refiere a los trabajadores y pequeños empresarios que se ganaban el sustento en todos estos modestos negocios. Y tres cuartos de lo mismo ha ocurrido en Torrelavega.

"Calle a calle han cerrado tantos establecimientos y negocios de toda la vida que algunos de mis rincones favoritos ya no existen"


Por otro lado, Cantabria batió en 2016 el doloroso record de su deuda, elevándola a 2.823 millones de euros e insisto en que no quiero entrar a valorar muy a fondo estos datos porque la economía está lejos de ser mi especialidad. Pero daña los ojos mirar nuestros números. Si pensamos en la industria, la región ha sido barrida del mapa y por lo que respecta a las inversiones públicas, sonaría a chiste si no fuera porque nos estamos refiriendo a un asunto muy doloroso. Para qué vamos a recordar el AVE y otras infraestructuras que, ni pasaron, ni se las espera por aquí. O el mercado inmobiliario, que ha rebajado el precio de la vivienda cántabra hasta dejarla por los suelos.

Nos hablan de turismo pero carecemos del posicionamiento adecuado e incluso nuestra propia naturaleza nos descarta como competidores serios en, al menos, diez meses al año. Miren a Andalucía, Levante o las islas y verán por qué. Eso sí, tenemos carril bici.

Los cántabros somos gente recia y correosa, que llevamos en nuestro ADN el pesimismo de aquellos a los que el destino ya les ha deslomado más de una vez. De modo que, cuando vemos las nubes de color acero que trae el viento gallego, pensamos que va a llover. Alguna vez el viento de la bahía rachea repentinamente y la lluvia se aleja… pero todos salimos de casa con paraguas.

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