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La cultura del adosado

En Europa, con una diferente velocidad entre los países del norte y centro con los del sur, el fenómeno simultáneo de la generalización de las pautas de vida urbanas y la desurbanización extensiva ha ido ganando terreno progresivamente

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Sao Paulo y Río de Janeiro se destacan como las urbes "más inteligentes" de Brasil

Sao Paulo y Río de Janeiro se destacan como las urbes "más inteligentes" de Brasil EFE

En la actualidad, más de la mitad de la población mundial habita en ciudades, que crecen en población y extensión por encima del incremento demográfico general. En los países en vías de desarrollo, cada año, millones de personas se incorporan al éxodo rural que alimenta la expansión de unas ciudades hipertrofiadas y caóticas, último refugio frente a la miseria cotidiana. Al mismo tiempo, el mundo de los países occidentales enfrenta una extensión de la urbanización a territorios cada vez más amplios y lejanos, evolucionando hacia modelos urbanos de cada vez más baja densidad.

Las consecuencias ambientales más evidentes de esta reurbanización son la destrucción de espacios naturales, la ocupación creciente de suelos productivos, la degradación paisajística, el aumento del consumo energético y otros recursos naturales y el incremento de la generación de residuos. Pero al mismo tiempo, son cada vez más evidentes otros problemas de índole social como la exclusión o la ruptura de los tejidos sociales.

Frente a todos estos problemas ambientales y sociales es necesaria la defensa de ciudades vivas en las que predomine la rehabilitación social sobre la expansión, ciudades diversas, pero cohesionadas en lo físico y lo social, ciudades con un mayor grado de autosuficiencia material y energética, que limiten su impacto externo o huella ecológica. Lo que inevitablemente nos aboca a intentar contener su crecimiento a incluso tratar de invertirlo en pro de un reequilibrio territorial con las áreas rurales.

La `no ciudad´

Tras años de reflexión sobre la insostenibilidad de la ciudad, nos encontramos ante un nuevo problema más preocupante si cabe: la no ciudad, que se ha convertido en el lugar de residencia de la mayoría de los europeos. Por contraste, en los países en vías de desarrollo, el fenómeno que se produce es el contrario: la atracción masiva hacia las grandes metrópolis rodeadas de otra no ciudad. El resultado, desde una perspectiva del medio rural, es muy parecido, el abandono de la práctica agrícola del territorio y la transformación del campo en un espacio al servicio al servicio de las áreas urbanas.

Tras años de reflexión sobre la insostenibilidad de la ciudad, nos encontramos ante un nuevo problema más preocupante si cabe: la no ciudad

En Europa, con una diferente velocidad entre los países del norte y centro con los del sur, el fenómeno simultáneo de la generalización de las pautas de vida urbanas y la desurbanización extensiva ha ido ganando terreno progresivamente, sin apenas reacción, considerando este nuevo modo de vida como el signo mismo del progreso social. Pero, desde hace unos cuantos años, se ha puesto en cuestión este modelo de urbanización, planteando que no es posible continuar con el despilfarro de recursos que supone urbanizar el campo y, al mismo tiempo, debilitar o abandonar las estructuras urbanas existentes.

Hábitats de baja densidad

Un exponente de la expansión de lo urbano y con consecuencias ambientales importantes, entre otras, es la proliferación de hábitats de baja densidad con la construcción de viviendas tipo chalet o adosados en Euskadi, que en los últimos tiempos ha modificado el paisaje de nuestra Comunidad. Sin duda, este intento de exportar modelos foráneos inspirados en el Urban Sprawl (dispersión urbana) norteamericano carece de sentido, y menos en un país como el nuestro con gran escasez de suelo.

Los problemas ambientales que genera la sustitución gradual de patronos compactos por patronos de dispersión urbana son evidentes, y entre ellos están los siguientes:

Consumo de suelo urbanizado: las densidades de este tipo de urbanización son muy bajas. La escasez de suelo no urbanizado no es un tema asumido por la ciudadanía en nuestra comunidad, aunque se utilice por las instituciones vascas como un indicador (Eustat, Instituto Vasco de Estadística, dependiente del Gobierno vasco).  Concretamente, entre 1992 y 2000 la superficie clasificada y calificada urbanísticamente en Euskadi para usos residenciales se incrementó en un 20%, mientras que la prevista para acoger actividades económicas lo hizo en un 25%. En los últimos años, período 2001-2015, la tendencia ha sido más baja. En la revisión de las Directrices de Ordenación del Territorio (DOT) que impulsa el Gobierno Vasco en la actualidad y que se alargará a lo largo de tres años, se restringe la construcción de viviendas familiares que no estén vinculadas a explotaciones agrícolas.

Consumo de suelo para infraestructuras viarias: la accesibilidad en vehículo propio es la forma universal en este tipo de urbanización. Las consecuencias son: contaminación local, mayor producción de gases de efecto invernadero, crecimiento de las mallas viarias, etc.

Mayor consumo de energía por vivienda: una vivienda aislada no cuenta con los factores inerciales del edificio de viviendas en su conjunto.

Mayor consumo de agua: el mantenimiento de la parcela ajardinada y otras cuestiones, se traduce en unos consumos abusivos de agua.

Mayor presión sobre el medio rural y natural, con la consiguiente pérdida de suelo fértil, biodiversidad, etc.

Y por no alargarme, no cito los cambios sociales que conlleva esta problemática.

Recuperar el modelo de ciudad compacta

La mayoría de los urbanistas se plantean la cuestión desde otra perspectiva: es necesario recuperar el modelo de ciudad compacta, mejorando las actuales estructuras de modo que ofrezcan una alternativa atractiva para la ciudadanía.

Las estrategias son diversas, pero es necesario absolutamente abrir a los ciudadanos y las ciudadanas sin cortapisas el diseño de nuestras ciudades y pueblos, y equilibrar el peso de las expectativas especulativas de ciertos grupos constructores y también de determinados municipios por asentar este tipo de población de alto poder adquisitivo.

En aras de este objetivo, el de generar procesos de planificación verdaderamente participativos,  hay que reinventar el urbanismo para convertirlo en un lenguaje de uso común, qué todavía no lo es ni mucho menos, al servicio de toda la ciudadanía. Aunque con algunas limitaciones, el desarrollo de las Agendas Locales 21 que nacieron en la Conferencia Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente celebrada en 1992 en Río de Janeiro, como se viene haciendo en Euskadi, puede expresarse como uno de los ejemplos más avanzados de este intento de inversión del proceso de planificación, que debe ser volver a recuperar las ciudades y los núcleos urbanos intermedios.

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