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Del dicho al hecho…

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Es frecuente, en este mundo actual, recurrir a estándares, recomendaciones para verificar la calidad de nuestro trabajo; evaluaciones internacionales y pruebas de diagnóstico muestran el camino de mejora, si acertamos con los cambios necesarios;  selectividades o reválidas nos abren o cierran puertas que determinarán nuestro futuro más inmediato. Organizamos nuestras vidas en función de ítems, cuestionarios, pruebas de nivel…. que nos miden respecto a nuestros iguales. Buscamos, en fin, la diferencia en la igualdad.

No seré quien critique este sistema, siempre que se haga con sentido común, se conozcan los objetivos señalados, estén en sintonía con el sujeto analizado y no se utilicen torticeramente con fines discriminatorios.  Lo que no siempre ocurre.

Por ello conviene estar expectantes, como lo ha hecho la Internacional de la Educación (IE) [1], al analizar la visión que tiene una organización internacional acreditada, el Banco Mundial, sobre uno de los agentes imprescindibles cuando se habla de educación,  las y los docentes.  La IE ha publicado recientemente un estudio realizado por dos profesores de la Universidad Autónoma de Barcelona [2] que han analizado los documentos publicados por el Banco Mundial durante diez años -2005 a 2014- en torno a temas educativos que abarcaban las enseñanza primaria y secundaria.

Es conveniente señalar que los autores han seleccionado los textos en torno a dos ejes: el que han denominado, “productos del conocimiento” y  el de los “proyectos de préstamo”. En el primer caso, agruparon  los documentos publicados por el Banco Mundial en muy diverso formato –políticas, informes técnicos, libros, documentos de investigación…-, es decir, analizaron la teoría. En el segundo eje, reunieron los préstamos y créditos concedidos para políticas de desarrollo sectorial, subvenciones…, léase, la parte práctica. En síntesis, más de 180 documentos analizados con un objetivo común: comprender el papel que el Banco Mundial asigna al profesorado y a los sindicatos de enseñanza que le asesoran.

Organizamos nuestras vidas en función de ítems, cuestionarios, pruebas de nivel…. que nos miden respecto a nuestros iguales. Buscamos, en fin, la diferencia en la igualdad.

Este Banco Mundial, heredero poco reconocible de aquel otro, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), que surgió en 1945, junto con el FMI, con el objetivo de ayudar a la regeneración de un mundo destruido tras la II Guerra Mundial, fija uno de sus focos de inversión actual en el fomento de políticas activas de educación en países en desarrollo. Es, por tanto, un organismo respetado cuando emite informes sobre educación y sus opiniones y decisiones no suelen caer en saco roto para gobiernos e instituciones de todo el mundo.

Por eso genera preocupación cuando habla de fracaso deliberado de los docentes, al explicar que “faltan estructuras de rendición de cuentas”, lo que es interpretado como una de las consecuencias más graves que provocan la escasa calidad de los sistemas educativos, en general. Una vez más, aparece en escena la evaluación como cuestión recurrente cuando se trata de culpabilizar al profesorado por su falta de motivación, esfuerzo e interés, sin incidir en las causas que pueden llevar a estas situaciones- si es que realmente se producen-.

Lo más soprendente, sin embargo, es la conclusión a la que llegan los dos autores del estudio: hay una contradicción contrastada en los afirmaciones que se manejan en los documentos estudiados. En  su opinión, parece que reman a la vez en dos direcciones contrapuestas.  Si se analiza el eje de los documentos teóricos, el Banco Mundial considera a los docentes, a la vez, pieza básica y problema de la complicada madeja de la educación. Reconoce las limitaciones en los incentivos –falta de incentivos profesionales, uniformes condiciones de trabajo- mientras critica la “deliberada” falta de esfuerzo de los/as usuarios/as de la tiza.

Sin embargo, el  segundo eje analizado, el práctico, parece conceder mayor importancia a la necesidad de una formación docente más consolidada, no dependiente exclusivamente de la voluntad personal. Y es significativo que esta carencia de formación no se le achaque directamente al profesorado, sino que se responsabilice a las instituciones –administraciones públicas, empresas- por su ausencia de compromiso. Se plantea, así, la necesidad de respaldar programas de mayor especialización en el desempeño de la labor docente. ¿Podría colegirse, por tanto, que ante la falta de iniciativas de mejora de estas instituciones, más allá de las enunciadas teóricamente una y mil veces, lo que verdad ocurre es que esta innovación cuando consigue triunfar es por el tesón, la iniciativa y el entusiasmo de cientos de miles de docentes y equipos directivos de centros educativos que no esperan a que la fruta caiga madura del árbol?

Continuando con la contradicción señalada, para que el profesorado sea parte de la solución del “problema” educativo necesita, según los documentos analizados, su dosis de inseguridad laboral. (¡Nueva puya! ¡Y ésta dirigida tanto al funcionariado docente –rancio, autocomplaciente y a espaldas del resto del mundo- como a ese profesorado de centros concertados que ante el paraíso del contrato indefinido se olvida de su incierta procedencia! ¡Leña al mono! ¡Que no quede títere con cabeza!)

La estabilidad en el empleo -continúa señalando el documento de la Autónoma de Barcelona- es considerada como perjudicial a ojos de los documentos del Banco Mundial, por lo desincentivadora que resulta. (Mensaje, por cierto, rápidamente captado por Juan Rosell, flamante presidente de la CEOE, al recordarnos cuán trasnochados  estamos si nos empeñamos en seguir viviendo de un trabajo fijo en pleno siglo tecnológico y globalizado).

En fin, que el Banco Mundial mantiene sus contradicciones hasta el final, como señalan sus detractores: siendo uno de los organismos internacionales más activos en la privatización de la educación, al menos en la proliferación de sus documentos publicados, apenas desarrolla programas de actuación privada en los países a los que presta apoyo (tan solo en 7 de los 53 proyectos de enseñanza obligatoria –denominado “K-12” en la mayoría de los países- que atiende). Da la impresión, en fin, que se conforma con influir desde su atalaya teórica, mientras se muestra incapaz  (¡afortunadamente!) de aplicar sus propias recetas.

Por eso, coincidiremos, una vez más, con la genial Mafalda cuando sentenciaba aquello de “…Me gustan las personas que dicen lo que piensan. Pero, por encima de todo, me gustan las personas que hacen lo que dicen”.

[1] Entidad que representa a 396 organizaciones que representan a unos 32,5 millones de docentes, trabajadores y trabajadoras de la educación de más de 171 países

[2] Fontdevila, Clara y Verger, Antoni. “El discurso ambiguo del Banco Mundial  respecto a los docentes. Un análisis de diez años de préstamos y asesoramiento” 2015

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