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La izquierda yerma

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Mi amiga Teresa suele decir que lo que auténticamente diferencia la vida de las personas es si tienen hijos o si no los tienen. No es una división moral, ni mucho menos. No tener hijos es una posición tan digna como la contraria y no hace a nadie ni mejor ni peor. Pero lo que sí hace es librarles de un buen montón de dificultades concretas que los padres y madres afrontamos cada día, a menudo con más voluntad que acierto.

Los niños (y las niñas) no vienen con un pan sino con el caos mismo debajo del brazo. La vida, imprevisible para todos, se complica y agrava sin cuento con esos locos bajitos; mientras son bajitos y también cuando crecen. Es así. No hay remedio y la cosa se va sobrellevando. Algunas veces tiene hasta gracia.

De todas las situaciones chuscas que enfrentamos los que somos padres no es rara la de tener que escucharles a nuestros amigos sin hijos estupendos consejos sobre la crianza adecuada de nuestras bestezuelas, demostrando un conocimiento teórico y una conciencia educativa encomiables que brillan especialmente alrededor de una mesa de adultos a la hora de los gin-tonics. La realidad suele ser menos lucida y desde luego las certezas, los métodos pedagógicos más vanguardistas y el aplomo se tambalean en cuanto llegan las llantinas nocturnas, las rabietas, las gamberradas, los suspensos, los accidentes, la primera borrachera, etc. Sobre todo mucho etcétera.

Igual que esas personas, hay una izquierda segura de sí misma, que sabe siempre cómo hacerlo, que da lecciones a cada momento, que concede y retira carnets de progresía. Es una izquierda que dice mantenerse intacta pese a que ha cambiado como nadie, pasando del estalinismo más feroz a defender con igual estruendo nada menos que la socialdemocracia, justo lo que siempre despreciaron.

Dice Torres Mora (sociólogo y socialista ¡qué le vamos a hacer!) que quienes acusaban a los traidores socialdemócratas de engañar al proletariado alejándolo de su destino histórico a cambio de un plato de lentejas (pensiones, educación, derechos, sanidad…y otras bagatelas) han pasado a presentarse ahora como los mejores defensores del plato de lentejas. Lo que hay que ver. Últimamente el marketing les ha acelerado y ya no hace falta retrotraerse a los tiempos del comunismo: hasta hace un año aplaudían orgullosos el régimen de Venezuela, del que ya no hablan y hace nada babeaban mirando a Tsipras, al que ahora ni mentan.

Solo hay una cosa realmente inamovible en esa izquierda pura, que no se casa con nadie, siempre segura de poseer la verdad (la que sea en cada momento), siempre a la vanguardia, siempre despreciando a la “clase trabajadora tonta”, que no les vota, siempre creyéndose la última cocacola del desierto. Es una cosa en la que ciertamente no han cambiado. Y es que nunca han conseguido nada. Nunca se ha enfrentado a la complejidad del caos de una sociedad como la que vivimos y sufrimos. Siempre se han movido en la reivindicación brillante y jamás en la pringosa y lenta gestión de lo cotidiano. Mientras despreciaban las “migajas” que consiguieron los blandengues del PSOE, ellos han podido presumir orgullosos de haber conseguido…???

En esta ocasión, en cambio, sí están a punto de lograr algo muy importante para ellos: que el Partido Popular vuelva a ganar las elecciones. Un éxito que les garantizará otra larga temporada de reivindicaciones contra una injusticia que, sin ninguna duda, vendrá.

Solo una cosa diferencia a esta izquierda de mis amigos sin hijos y es que éstos, hacia la segunda copa, suelen aceptar que sus consejos podrían no ser tan mágicos mientras que la izquierda yerma es, por el contrario, inasequible al desaliento y jamás duda de sus certezas (las que correspondan en cada momento, claro está).

Libres de todo compromiso de lograr algo alguna vez, pero implacables en la denuncia de lo que hayan hecho los demás, puede que debamos esperar un tiempo hasta que la izquierda fértil, la que -titubeante y llena de errores- avanza a pequeños pasos cotidianos hacia un mundo un poco más justo, vuelva a tener el apoyo y el poder para hacerlo. Cosa diferente es que la gente que peor lo está pasando pueda esperar tanto.

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