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La nueva esclavitud

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Todo esto de la desorientación de la izquierda europea - ahora que el PSOE se ha reunido consigo mismo para vaya usted a saber qué - acrecentada con el más que previsible derrumbe electoral sufrido por los partidos socialistas europeos, la ausencia de un discurso minimamente coherente y alentador por parte de los políticos que dicen representarla y el cansancio que se adivina en el modelo social de los, antiguamente, admirados países nórdicos, está muy bien como tema de análisis sociológico, entretiene bastante, da de comer a muchos tertulianos, llena las páginas de opinión de muchos periódicos, pero lo cierto es que en la Europa de los nacionalismos, el euro, las catedrales góticas y la memoria de las dos guerras mundiales, el fundamento del nuevo orden económico y social, al que la izquierda europea no consigue atender, es el desempleo y la amenaza que hace pesar sobre todos aquellos que siguen teniendo trabajo.

La realidad social europea, al margen de retóricas, lugares comunes y discursos institucionales, está condicionada por la creciente degradación de las condiciones de trabajo, de modo que cuando este desempleo, como ocurre actualmente en muchos países europeos y sobre todo en el nuestro, alcanza tasas muy elevadas y la precariedad laboral afecta a una parte muy importante de la población – a obreros, a empleados del comercio y de la industria, pero también a periodistas, a abogados, a profesores, etcétera, etcétera – el trabajo se convierte en un privilegio, en algo excepcional; en resumidas cuentas en algo tan deseable que hay quienes le arrancarían las piernas a su madre con tal de conseguirlo.

De esta manera los privilegiados, es decir, los trabajadores, se sitúan a merced de quienes les emplean – circunstancia, por cierto, que sirve para que muchos de estos abusen del poder que les ha sido concedido, ya que el miedo al desempleo permite, mire usted por donde, distintas, sutiles y cotidianas estrategias de dominación y explotación.

La realidad social europea, al margen de retóricas, lugares comunes y discursos institucionales, está condicionada por la creciente degradación de las condiciones de trabajo.


Las cosas son como son, no como las cuenta la televisión. La competencia por el trabajo, siendo este un bien casi tan escaso como la objetividad en cualquiera de los informativos de Telemadrid, va acompañada también de una competencia en el trabajo que, casualmente, está en la despiadada lucha de todos contra todos en la que actualmente nos movemos como si fuéramos hienas hambrientas, príncipes 'shakesperianos' o gatos callejeros.

El retorno del individualismo, si es que alguna vez se había ido a alguna parte, también está contribuyendo a esta despiadada lucha, además de terminar por destruir lo poco que queda de eso que llaman estado del bienestar. Este retorno es lo que está propiciando que quien no consigue integrarse en la sociedad a través de un empleo dignamente remunerado comience a considerarse a sí mismo como único responsable de su desgracia, con lo que la responsabilidad colectiva desaparece.

Esta decidida implantación de la consigna "sálvese quién pueda" - tan extendida en amplios sectores de nuestra sociedad - no solo nos libera de la culpa colectiva sino que también se convierte en una gigantesca maquinaria propagandística de quienes están al frente de nuestra complicado mundo; ya saben todos aquellos que, últimamente pregonan a los cuatro vientos las bondades del liberalismo económico, la necesidad de reducir el estado a su mínima expresión y de enterrar precipitadamente lo público y el interés del público por lo público: políticos, banqueros, especuladores, periodistas, grandes empresarios, brillantes funcionarios de la administración pública y presuntos intelectuales incluidos.

La eliminación del desempleo y de la precariedad laboral debería ser el objetivo prioritario de toda la sociedad, pero como habitualmente solo nos distraemos con la pelusilla que se arremolina alrededor de nuestro propio ombligo, además de con los muchísimos partidos de fútbol que hemos de contemplar a través de la televisión, el desempleo y la precariedad laboral han terminado por inscribirse en una nueva modalidad de dominación. Políticamente correcta, eso sí, pero dominación a fin de cuentas. Dominación basada, sobre todo, en la institución de un estado generalizado y permanente de inseguridad laboral que obliga a los trabajadores a la resignación cuando no a la sumisión, al servilismo o a la aceptación de la explotación; en definitiva, a esta nueva esclavitud con la que tanto parecen disfrutar los presuntos intelectuales, los economistas, los políticos, los banqueros, los especuladores y los grandes empresarios de eso que, en la Europa de los burócratas, los geriátricos, las contradicciones, las élites financieras y los suburbios repletos de inmigrantes, llevan años denominando el "nuevo" liberalismo.

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