eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Las tiranías que nos atan

En algunos medios se ha relacionado la visibilización de la copa menstrual con la vuelta de las mujeres al hogar

Lo que para los detractores de "lo natural" es esclavitud, para mí es autocuidado

Las tiranías que nos atan a las mujeres no son la copa menstrual o la lactancia, sino sabernos juzgadas por nuestras elecciones sobre nuestros cuerpos

- PUBLICIDAD -

El día que los medios hacían sangre (nunca mejor dicho) con la CUP por proponer que en las charlas educativas sobre menstruación se mencionen alternativas más sostenibles y económicas como la copa menstrual, recibí una llamada de la televisión pública vasca. Me proponían participar en una tertulia para debatir si esa defensa de “lo natural” estaba devolviendo a las mujeres al hogar. Les recomendé a otra compañera, pero les dije que, como usuaria de la copa menstrual, me parece un despropósito relacionar este método con la vuelta al hogar.

Días después me encontré con un artículo de Milagros Pérez Oliva en El País, con un título estremecedor: ‘Nuevas tiranías que atan a las mujeres’. Empezaba diciendo que le parece bien informar de todas las alternativas pero sin presentar unas opciones como superiores a otras. Decir que la copa menstrual es más barata, tiene un menor impacto ecológico y ayuda a romper con el tabú sobre la menstruación no es sesgado, es informar sobre ventajas incontestables. Otra cosa es respetar la libertad de elección de cada mujer, a la que un método u otro le resultará más cómodo, higiénico o agradable.

Pérez Oliva relacionaba la polémica de la copa menstrual con “un debate de mayor calado” sobre si la mitificación de lo natural “convierte de nuevo a las mujeres en esclavas de su función reproductora”: “Llevadas a sus últimas consecuencias, algunas de estas teorías pueden acabar recluyendo a la mujer en casa, no porque nadie la obligue, sino porque ella misma se ata a la pata de la mesa”.

Insisto: como usuaria de la copa menstrual, que se haya hecho desde varios medios de comunicación esta asociación de ideas me parece un despropósito total. La copa es una gran aliada para ir a la playa, hacer deporte, viajar o tener sexo con la regla. En mi caso, desde que uso la copa incluso tengo menos dolor menstrual. El dolor tiene que ver con la contracción del útero y ésta con la tensión, por tanto creo que es que la tranquilidad que me da ese método frente a los tampones y compresas le sienta bien a mi útero. De hecho, como ya decían en este artículo de eldiario.es, una de las pocas pegas de la copa es que la notas tan poco que pasan las horas y te olvidas de que la tienes puesta. Al hilo de esta polémica leí que hay ONGs que están promoviendo el uso de la copa menstrual en países empobrecidos en los que las niñas de familias sin recursos dejan de ir al colegio cuando tienen la regla porque no hay dinero para comprar compresas desechables. A veces bromeo con que deberían pagarme comisión por lo mucho que me gusta repasar las bondades de la copa menstrual.

El caso es que convendría no hacer juicios sobre qué prácticas nos atan a la pata de la mesa (qué expresión más horrible, por cierto) si no se ha experimentado con ellas. Una se lleva sorpresas. Una amiga mía tiene un bebé de un año. Antes de que naciera, mi amiga era muy crítica con la lactancia prolongada. Pensaba que le iba a dar teta el tiempo justo, o ni eso. Para ella era importante volver pronto a su actividad profesional, así como compartir la crianza con su compañero sentimental. Pues, sorpresas de la vida, se encontró con que la teta no le ata sino que le resulta de lo más funcional para alimentar a su bebé fuera de casa sin andar cargando biberones o para darle consuelo rápido y que así no le interrumpa una charla agradable con amigas, por ejemplo. En su caso, ha tenido la suerte de que el bebé ha aceptado bien tomar biberones de leche materna cuando la madre no está, así que la lactancia no la obliga a estar siempre con el bebé encima.

Pero, como diría Pérez Oliva, creo que en estas discusiones (que suelen ser interminables y bastante estériles) subyace también un debate de mayor calado: ¿acaso las y los detractores de los llamados métodos “naturales” no confunden esclavitud con cuidados? Yo llevo un añito usando salvaslips de tela. Me parece mucho más agradable y sano para mi vulva que los salvaslips industriales, que llevan blanqueantes para que nos sintamos limpias (en esos días en los que somos tan impuras) e incluso perfume para que no nos avergoncemos del olor de nuestro chichi.


Para mí, lavar mi salvaslip a mano a diario no es una esclavitud sino un gesto de autocuidado. Esos cinco minutos (¡qué digo cinco!, ni dos minutos) no son desagradables ni molestos, son tiempo para mí, para mi cuerpo. No pienso opinar sobre los pañales de tela hasta que no tenga hijos, pero creo que aquellas familias que optan por ello deben sentirlo así (aunque su lavado exija más tiempo).

Beatriz Gimeno explicaba ese choque entre dos culturas feministas: las jóvenes feministas que defienden la crianza con apego (esa que convirtió en titular Carolina Bescansa con su gesto de llevarse a su bebé al Congreso de los Diputados) ven en esta opción “un desafío a unas exigencias productivistas cada vez mayores que están tensando hasta el limite la esfera reproductiva”.

Me identifiqué plenamente. Tengo 31 años. Soy de la generación del espejismo de la igualdad, que diría Amelia Valcárcel, esa feminista que, por cierto, anda ironizando en las redes sociales sobre el comentario de Anna Gabriel a favor de colectivizar la crianza.

A mí no me han educado para ser esclava de mi función reproductora. Al contrario, como decía Gimeno, mi familia me educó (afortunadamente) para que yo decidiera cuándo quería ser madre y si quería serlo,y para que antes me ocupara de mi educación y mi carrera profesional. Al mismo tiempo, crecí en una sociedad en la que la igualdad consistía en que las mujeres se incorporasen a un mundo de hombres, que aspirasen a dirigir empresas y gobiernos. A costa de delegar el trabajo reproductivo (limpieza, cocina, atención a la infancia, a personas mayores y dependientes) en sus madres o en otras mujeres precarizadas. O a costa de esclavizarse con la doble y triple jornada laboral. Qué curioso que Pérez Oliva no mencione esa forma de esclavitud).

Así que a mí no me esclaviza estar en proceso de entender que ocuparme de lo que las ecofeministas llaman “la sostenibilidad de la vida” es tan importante como mi actividad profesional. Digo “en proceso” porque cuando escribo estas líneas es sábado y estoy incumpliendo mi propósito de dedicar la mañana a pasar la aspiradora y hacer un bizcocho. Limpiar y cocinar (junto con mi pareja o mis compañeras de piso, en las épocas en las que no vivo sola), lavarme los salvaslips de tela y hervir la copa menstrual no me esclavizan, porque no es tiempo para “el otro”, sino tiempo para mí. Y si decido criar con apego, esa elección no estará marcada por una imposición externa sino por mi deseo. Y entonces también será tiempo para mí y para mi criatura, para cuidarnos juntas. Con el apoyo, ojalá, de más personas que participen en la crianza para que yo pueda irme de viaje, salir de fiesta o pegarme un atracón de trabajo atrasado. Con el apoyo de una tribu, sí, eso que tan ridículo les parece tanto a la caverna mediática como a feministas como Valcárcel, y que en realidad es más viejo que el tebeo (esas comunas de los setenta pero también esas madres del parque de toda la vida que se turnan en el cuidado de los niños), solo que en el ideal de Anna Gabriel los hombres y toda la sociedad también son corresponsables.

Posdata: Hemos hecho este vídeo para mostrar que las Pikaras somos diversas; que algunas nos sentimos conectadas con nuestro útero y otras respondemos que en nuestro útero no hay wifi. Pero si en algo estamos de acuerdo es en respetar la libertad de elección de las mujeres, porque si algo nos ata a la mesa es la tiranía de sabernos juzgadas y penalizadas por nuestras decisiones sobre nuestros cuerpos.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha