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Los estereotipos de género en política

El reciente gesto de la diputada Bescansa de llevar a su bebe al Congreso y amamantarlo ha generado un aluvión de polémicos comentarios en los medios tradicionales y en las redes sociales. Se han desarrollado todo tipo de argumentos conectados con la necesidad de dar relevancia pública a los problemas de conciliación a los que millones de ciudadanas se enfrentan a diario, sobre los modelos de crianza, sobre la falta de implicación de los hombres, sobre las largas jornadas laborales que padres y madres sufren en España. Debates necesarios y que aplaudo.

Sin embargo, las implicaciones de este gesto respecto a su simbología política han pasado desapercibidas. A pesar de que en esta XI legislatura el nuevo Congreso incluye a más mujeres que nunca (un 40%  frente a menos del 10% de las primeras legislaturas), no debemos olvidar que en el terreno político los hombres siguen siendo mayoría. Y aunque haya cambios relevantes, cuesta incorporarlos.

Las mujeres que deciden dedicarse a la política deben superar más obstáculos que los hombres. Un estudio reciente sobre la carrera política de diputados de todo el mundo realizado por la organización Women in Parliaments muestra que las mujeres políticas (y en comparación con los hombres) tienen por término medio menos hijos, suelen estar solteras o divorciadas en mayor medida, tienen mayores niveles de formación y más edad. Entre los distintos obstáculos a los que se enfrentan las mujeres que aspiran a hacer carrera política existe uno sutil sobre el que no se habla pero que opera de forma silenciosa. Se llama estereotipo y rema contra las mujeres.

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Las que faltan

La diputada de Podemos Carolina Bescansa, con su bebé, en su escaño del Congreso de los Diputados.

Ayer en el Congreso de los Diputados se vieron muchas malas caras, reacción que continuó después en los medios y las redes. ¿Cuál era el cuerpo del delito? Diego, un bebé. Lactante.

Un Parlamento que ha permanecido impertérrito ante el agotador desfile de corruptos, ante una sociedad cada vez más desigual, se llevó las manos a la cabeza –por fin– pero por un bebé.

Los extraños son ellos. Quienes no merecen ocupar la casa de la soberanía nacional –esa que hace no mucho tuvieron que vallar y separar de la gente–, son ellos. En cambio, las personas que en este último año hemos aceptado la tarea de ser "intrusos" en las instituciones, hemos venido a hacer que éstas cumplan su verdadera función y dejen de ser saboteadas por unos pocos. La tarea del Parlamento es trabajar por el interés general. Por tanto, no nos vamos a olvidar de que, en las prioridades del Parlamento, faltan muchos y muchas –especialmente muchas–.

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Delitos privados, vicios públicos

Es evidente nuestra escasa aportación en investigación y desarrollo en materia tecnológica, sin embargo los españoles somos ricos en construcciones imaginativas y en evasiones dialéctica. En el campo del derecho ocupamos un ranking destacado, cuando los tribunales, primero la instancia y después el Tribunal Supremo, se enfrentaron a la posibilidad de tener que condenar a un magnate financiero, ya fallecido, por un delito fiscal. Se sacaron de la chistera la famosa solución, conocida como Doctrina Botín.

Hasta ese momento no había habido ningún problema para admitir que la acción popular podía ejercitarse en toda clase de delitos públicos salvo en aquellos en los que el legislador, de manera expresa, había limitado las posibilidades de persecución.  

La acción popular, institución sabiamente introducida en nuestro sistema procesal, debido a la estructura jerárquica y dependencia gubernamental del Fiscal General del Estado, se erige como un posible correctivo a la atonía acusatoria del ministerio público.  

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¿Por qué las mujeres no son el reflejo de dios?

Miguel de Unamuno se hacía esta pregunta: "¿Dios es macho o hembra?". Hasta una niña pequeña puede responderla sin dudarlo un instante. Así, de un modo tan meridiano que parece invisible, el templo del machismo sienta sus bases en la roca madre de la religión. Permítanme que ilustremos muy someramente cómo la primacía testosterónica quedó inscrita con letra clara y varonil en numerosas perlas de sus libros y actas sagradas. El propio Pitágoras, fundador de la religión pitagórica en el siglo V a.n.e., dejó claro que  “Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”.

¿Qué tendría la opinión femenina para la religión que a Orígenes, el filósofo de los albores del cristianismo, lo sacaban de sus casillas? “Es en efecto, impropio de la mujer hablar en una asamblea, sin que importe lo que diga, aun en el caso de que pronuncie cosas admirables o incluso santas, pues nada de eso tiene mayor importancia por el hecho de proceder de la boca de una mujer”.  Una acusación semejante podría llevar hoy al autor de las declaraciones a visitar los juzgados. Consideren que esta no es una idea aislada de un personaje secundario de la Institución Eclesiástica, Pablo de Tarso se mostraba igual de tajante: “Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea”. Tendrían y tienen una razón poderosa que desconocemos, ellos, los santos, su “Ley”, y su particular necesidad de preservar esa belleza del diálogo machista.

Mujeres mártires sí aceptaron, la sorprendente entereza del “sexo débil” en esos momentos clímax fue una de las mejores vallas publicitarias sobre el poderío que el cristianismo obraba en sus creyentes. Unos superpoderes que fuera de ese ámbito sacrificial quedaban en nada, como Pablo advierte a los Corintios: “El varón no debe cubrirse la cabeza porque es imagen y reflejo de Dios, mientras que la mujer es reflejo del hombre. El varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón; tampoco fue creado el varón con miras a la mujer, sino la mujer con miras al varón. La mujer, pues, debe llevar sobre la cabeza el signo de su dependencia; de lo contrario, ¿qué pensarían los ángeles?”. Quizá una parte de este discurso les recuerde a otros predicadores macho, eso sí, seguidores de un idealismo ultraconservador infiel.

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El PSOE, ante un nuevo tiempo politico

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE y candidato a la Presidencia

La incertidumbre generada por las dificultades para conformar el futuro gobierno y la amenaza de repetición de las elecciones generales explican, seguramente, el escaso tiempo dedicado a analizar los resultados obtenidos por cada una de las fuerzas políticas el 20-D. En el caso del PSOE esta reflexión crítica y serena es particularmente necesaria, pues en gran medida de ella depende el papel que este partido puede desempeñar en la legislatura que ahora se abre y en el futuro.

En solo dos legislaturas el PSOE ha perdido la mitad de sus votantes. Tras el histórico batacazo de 2011, el pasado 20-D los socialistas se han dejado otra veintena de diputados y un millón y medio de votos. Con el agravante que suponen resultados tan negativos, y simbólicos, como el de Madrid donde se han convertido en la cuarta fuerza política.

Esta decadencia acelerada no es casual y exige, por ello, una reflexión autocrítica. Para empezar, no cabe duda de que la trayectoria del gobierno de Rodríguez Zapatero a partir de mayo de 2010, con la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución como punto culminante, sigue constituyendo un pesado lastre del que el PSOE no se ha podido desprender, básicamente porque no ha sido capaz de admitir sus errores. Resulta muy llamativo, por ejemplo, que no se haya producido todavía un claro desmarque de la decisión de congelar las pensiones en 2010.

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Por un pacto federal: razones frente a presiones

Una reforma constitucional implicaría que la ciudadanía votase

Carles Puigdemont, el sorpresivo candidato que ha sucedido al candidato ladeado -Artur Mas ya se puso de perfil en la lista electoral-,  es ya presidente de la Generalitat de Cataluña. Hay que reconocer que un acuerdo, aunque haya sido in extremis, entre Junts pel Sí y la CUP para sacar adelante un gobierno para Cataluña, entraba en lo probable, al menos. ¿Por qué tanto extrañarse? Sabemos que la chapuza parlamentaria que ha dado paso a tal salida del bloqueo en que se hallaba la situación política catalana no es muy honorable, ¿pero sorprende? La verdad es que no debiera sorprender, por más que pueda considerarse que todo ello tiene componentes de huida hacia el lado del expresidente Mas -ha hecho época su expresión de "dar un paso al lado"- y de inmersión total de la CUP en sus propias contradicciones internas. Al mesiánico Mas le ha salido la jugada de evitar para su formación política el trago de unas elecciones anticipadas, aunque sea al precio de aparcar su candidatura a la presidencia de la Generalitat catalana. Y la CUP ha conseguido apear a Mas de dicha presidencia, a la vez que comprometer al nuevo gobierno que salga a políticas sociales más consistentes, aunque ello haya sido dejándose la coherencia democrática en los entresijos de una negociación culminada en una opacidad contraria a los procesos asamblearios que son su seña de identidad.   

Resulta que en el nuevo contexto que se ha dibujado, una vez que hay gobierno de signo independentista en Cataluña, hay quienes insisten en la crítica al "derecho a decidir". Si desde el independentismo sostienen que ya pasó el momento en que eso era pertinente, están por otro lado los que lo rechazan descalificándolo como secesionismo encubierto o asimilándolo de manera improcedente a derecho de autodeterminación. Se pasa por alto precisamente que los que mantenemos esa propuesta lo hacemos en consonancia con algo que es esencial a las democracias constitucionales: conjugar el principio democrático de participación de la ciudadanía en todo aquello que le afecta con el principio de legalidad que obliga al respeto a las leyes que nos damos -la combinación de liberalismo y democracia radical tan lúcidamente expuesta por el filósofo Habermas, por ejemplo-. En virtud de esa conjugación abogamos por abordar, en el marco de un proceso de reforma constitucional para el cual tendría que ser paso previo, la necesidad de proceder a consultar a la ciudadanía catalana el modo de encarar para el futuro la relación de Cataluña con el Estado español. Dado que es en Cataluña donde la actual estructura territorial del Estado se halla cuestionada hasta un nivel muy elevado de deslegitimación, es obligado atender a la voluntad que exprese su ciudadanía en las urnas para orientar la misma reforma constitucional que se pretende.  Una matizada observación hay que añadir en medio del debate: se puede hacer un buen discurso contra el "derecho a decidir", pero eso no implica acierto en la decisión que se adopte respecto a Cataluña.

Cuando quienes insistimos en llevar la reforma constitucional hacia el objetivo de un Estado federal plurinacional ponemos el acento también en la necesidad de realizar en algún momento un referéndum consultivo en Cataluña, nos encontramos, pues, con que llueven sobre nosotros acusaciones de desvariar políticamente y situarnos fuera de lo que la izquierda debiera sostener. Habrá que recordar que es imposible en la situación actual acometer las políticas económicas y sociales necesarias para salir de la crisis sin afrontar a la vez la crisis del Estado. Y eso es así, además, no sólo por motivos coyunturales, sino por razones de principio. Sin resolver las cuestiones de reconocimiento fallan las bases para abordar lo relativo a redistribución de cargas y beneficios. Y en España está por resolver adecuadamente  la cuestión de las naciones y, por lo que ahora nos ocupa, el reconocimiento constitucional explícito de Cataluña como nación. Con todo, dado que hay quienes irónicamente nos desean suerte ante una propuesta que juzgan aventurada, la respuesta no puede ser sino ésta: ¡suerte para el Estado español, y más que le hará falta esa suerte si no se hace un referéndum! La retórica de la unidad de España no resuelve la grave crisis de su Estado.

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El rearme del machismo

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La estación de tren de Colonia, uno de los lugares donde se produjeron los sucesos.

Asistimos con estupor e indignación a las vejaciones, agresiones sexuales y violaciones de centenares de mujeres en Alemania. Unos ataques sexistas deliberados, orquestados con intencionalidad, premeditación y alevosía. No podemos aceptar que son fruto de la casualidad ni mucho menos. No es azar que miles de hombres en cuatro ciudades de Alemania perpetren un ataque al mismo tiempo y de las mismas características.  No deberíamos permitir que la perplejidad nos invada por qué estas agresiones no son un hecho aislado o fortuito. Quizás ni tan solo es la primera vez que suceden en nuestra querida Europa pero sí que es la primera vez que sabemos de ello gracias al relato de las mujeres.

Estas agresiones contra las mujeres son la muestra cruel y contundente de que asistimos a un rearme del machismo en Europa que ataca con violencia verbal, física y sexual por todos los frentes, público y privado. No es que el machismo aparezca súbitamente, es que ahora nos hemos dado cuenta de cómo puede imponer el terror de forma masiva, de cómo está de organizado y de cómo todas, cada una de nosotras, podemos ser sus objetivos. Los ataques de Alemania han sido la demostración  fehaciente de cómo el machismo no es un tema privado o un problema individual. El sujeto ha cambiado y nos ha impactado en las conciencias mostrándonos como la crueldad del machismo no es de ellas sino que es de todas, es de nosotras. La contundencia de un ataque masivo nos ha confirmado lo que las feministas llevamos tiempo clamando, que el machismo es un problema social y público, que es un tema de Estado y  como tal necesita de soluciones políticas.

La contundencia de un ataque masivo nos ha confirmado lo que las feministas llevamos tiempo clamando, que el machismo es un problema social y público, que es un tema de Estado y como tal necesita de soluciones políticas

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Carta a Pedro Sánchez: Debemos lograr un pacto de izquierda

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Estimado compañero Pedro:  

Estamos de acuerdo en que el PSOE, tras las elecciones del pasado 20 D, pasa por un momento crucial. Sabemos que los resultados no fueron buenos para el partido, pero los 90 escaños conseguidos en el Congreso de los Diputados, que sitúan al Grupo Socialista como principal fuerza de izquierda en el Parlamento español, implican una posición que obliga a asumir con coherencia programática y coraje político lo que del PSOE esperan quienes han puesto en él su confianza.  

En medio de la difícil situación de nuestra sociedad y de la estructura territorial del Estado español, de las decisiones que tomemos depende el futuro del socialismo democrático en nuestro país, y estamos convencidos que el futuro del país mismo. El PSOE, superando enfrentamientos estériles, tiene la responsabilidad de encauzar su acción hacia políticas transformadoras, de emancipación y solidaridad, contribuyendo desde su posición en la izquierda a articular su pluralidad y a reforzar sus potenciales de cambio. De no ser así, el PSOE podrá verse replegado sobre políticas alineadas con la derecha, sin ser capaz de ofrecer un proyecto de izquierda creíble, tanto para España como para Europa.

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Profesorado, sistema educativo y acoso escolar: ¿Dónde estamos y qué está fallando?

Gracia Trujillo es Doctora en Sociología y profesora de la Facultad de Educación de la UCLM. Mónica Redondo es profesora de Matemáticas en el IES San Isidro de Madrid.

Volvemos de la concentración por la muerte de Alan, un chico trans de 17 años que no soportó el acoso escolar y se suicidó hace unos días en Barcelona. Con una mezcla de indignación y tristeza, comentamos algunas ideas y reflexiones que compartimos desde hace bastante tiempo como profesoras y activistas. La primera es que hablamos poco de acoso escolar, hablamos menos del papel del profesorado en estas situaciones, y todavía menos del papel del profesorado no heterosexual.

El acoso puede darse, y se da, al alumnado "diferente", y esto puede ser por muchos posibles "motivos": ser trans, marica, bollera (o parecerlo), ser gordx , demasiado grande o demasiado pequeñx, cuatro ojos, ser diversx funcional, ser leídx como "débil" por alguna razón… Muchxs podemos recordar tristemente insultos o situaciones que no eran agradables en el patio del colegio, a la salida del instituto, en clase... Por eso cuando decíamos en la concentración, y en las redes, #YoTambiénSoyAlan, sabemos que este hastag es algo más que una expresión solidaria: es una realidad que nos remueve recuerdos de nuestra infancia y adolescencia, y nos obliga a pensar, todavía más, sobre nuestro papel hoy como docentes.

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La muerte de Alan y el fracaso del sistema educativo

La cocentración para honrar a memoria del joven transexual Alan.

Frente a la vida plácida y feliz de tantos niños que son aceptados, apoyados y acompañados por sus familias y en sus colegios, nos encontramos con la existencia amarga y desoladora de menores que sufren el rechazo y la incomprensión en los centros escolares y en su entorno. El caso de Alan es el de un adolescente que a pesar del apoyo de su familia, le faltaba el de su entorno social. La situación de bullying que sufría fue la que le obligó a tomar una decisión que realmente no era suya ni voluntariamente aceptada.

El comunicado que emitió Chrysallis, la Asociación de Familias de Menores Transexuales, el 25 de diciembre fue terrorífico. La madre de Alan, un adolescente transexual de Barcelona de diecisiete años, envió a la web de la asociación una nota concisa y de una delicadeza exquisita, en la que casi pide disculpas por tener que comunicarles la muerte de su hijo: "Siento en el alma tener que dar esta terrible y triste noticia. Nuestro hijo Alan se quitó ayer su corta vida de 17 años. No podía con la presión de la sociedad y nos ha dejado para siempre. Muchas gracias por todo vuestro apoyo recibido".

La propia realidad se encarga de mostrarnos de una forma amarga la situación en que viven y el tratamiento que se les da a los adolescentes transexuales. Las condiciones en que había vivido durante los últimos años no habían sido fáciles. Había sufrido acoso escolar, tuvo que ser ingresado y tratado por una depresión y, cuando salió del hospital, se matriculó en otro instituto, pero también sufrió acoso en el nuevo centro. La muerte de Alan no es un suicidio. No se ha suicidado, sino que, usando una expresión de Michel Foucault, lo han suicidado. No se ha quitado la vida, se la han quitado. En el momento en que se le agotaron sus fuerzas y en que ya no pudo más, decidió desaparecer para eliminar una carga tan pesada como la que estaban soportando él y sus padres. Sin duda, el entorno social es el culpable de su muerte.

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