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Padres abandonadores

María Sánchez-Ramos junto a su padre abandonador, Emilio Sánchez Martos.

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Llevo sobre mi nombre el peso que llevó a Jesús a la cruz. Mi padre tuvo a bien negarme tres-y-más veces cuando ni tan siquiera había yo pisado este mundo y habitaba, ajena, el vientre materno. Crecí cargando con esta maldición familiar sufrida por las tres generaciones de mujeres de mi casa: mi abuela, mi madre y mi tía.

Pasarían muchos años y más duquelas aún por llegar, hasta poder cantar esta verdad aquí revelada. El retrato en primera persona de una realidad social estruendosa, estructural y sin nombre: la de los padres abandonadores. Una realidad que se oculta y se guarda en esas cajas de metal donde albergamos la memoria. Hasta que un día, una se decide a sacudir el polvo y entonces encuentra que el 81% de los dos millones de familias monoparentales de España son, en realidad, monomarentales (INE, 2020). Hogares capitaneados por mujeres donde la feminización de la pobreza se traduce en una tasa de riesgo que duplica a la de los hogares encabezados por varones ―el 52% frente al 25%― (Ministerio de Igualdad, 2021). 

Los padres abandonadores son aquellos que tácitamente deciden no serlo ―no lo podría enunciar yo mejor que Bertín― y eludir sus responsabilidades afectivas y/o económicas para con sus hijos e hijas bajo el amparo de la impunidad social. No son padres ausentes como el estado del Messenger dosmilero. Son padres a los que ningún provida espera rezando en su lugar de trabajo rogando que paguen su pensión alimenticia. En Argentina, se les denomina padres abandónicos. Una cuestión de estado que denunció la cantante María Becerra: “en la Argentina 7 de cada 10 padres no pasa la cuota alimentaria a sus hijos dejando a madres solteras haciendo todo el trabajo”. Una lucha que la escritora y politóloga María Florencia Freijo conoce bien y cuya activación política ha vehiculado en redes bajo el hashtag #YoCríoSola. En México, sin embargo, quienes tienen nombre son ellas: las mamás luchonas. Un término despectivo y sexista con el que marcar a las madres jóvenes que sobreviven al abandono paterno de sus menores.

Lo que vengo a contar es que esta historia de maldición familiar no es sino la constatación de un sistema desigual de poder llamado patriarcado. Sistema en el que hombres y mujeres hemos sido socializadas de modo distinto y en cuyo seno afloran las violencias contra las mujeres (física, sexual, económica, psicológica…). Solo si comprendemos la base que nos atraviesa, lograremos poner fin a esta violencia machista, dentro de la cual debemos conceptualizar el abandono paterno.

Este es el nude que el patriarcado nunca pidió. Un ejercicio honesto de justicia social que pone el foco donde corresponde. Frente a cualquier lectura airada, ruego se remita al título para sopesar su grado de indignación. Tan solo espero que mis palabras acojan la verdad enterrada de esta saga de mujeres de las que provengo y a las que debemos siglos de disculpas. Las que crían y criaron solas mientras la sociedad cargaba contra ellas por tontas, por putas o por ingenuas. 

Hoy rompemos la impunidad del silencio. Porque el miedo va a cambiar de bando. Y la vergüenza, también.

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