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¿Un ecologismo nuclear?

Como ecologistas, no queremos producir nucleares o Frankesteins modificados genéticamente.

Contrariamente a la 'ecomodernización' de un ecologismo pro-nuclear, debemos reafirmar la incompatibilidad fundamental entre ecología y la ideología dominante de la modernidad.

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El manifiesto para la ecomodernización redactado por el think-tank "post-ecologista” del Instituto Breakthrough, ha tenido sus días de fama en EEUU, publicitada en las páginas del New York Times, y no es difícil entender el porqué. Εl mensaje “optimista” del manifiesto, que apela ciertamente a los que están en el poder, es que “si queremos salvar el planeta, tendremos que decir adiós a la naturaleza“. A pesar de que el manifiesto no ha captado la atención en España, en latinoamérica, algunos comentaristas se han subido a bordo de este nuevo “ecopragmatismo” con entusiasmo.

El manifiesto comienza con premisas familiares para los que somos ecologistas políticos. La Tierra se ha convertido en un planeta humano. La naturaleza salvaje, en tierras remotas, ya no existe. Somos parte de la naturaleza y constantemente la transformamos. Qué tipo de paisajes producimos, cuáles conservamos y cuáles no, son cuestiones sociales y políticas. ¡No podríamos estar más de acuerdo! Y sin embargo, la mayoría de políticos ecologistas, incluso los más "modernizadores" de entre ellos, se sentirían incómodos (o eso espero) con la agenda resultante de la ecomodernización: energía nuclear, agricultura genéticamente modificada y geoingeniería contra el cambio climático. Y todo ello en el nombre de, bueno, preservar la naturaleza.

¿Cómo hemos llegado a este punto, a un ecologismo pro-nuclear?

Empecemos por fijar la atención en los orígenes filosóficos de este “monstruo”. Las premisas filosóficas del manifiesto pueden ser parcialmente atribuidas a la obra de Bruno Latour, un partidario del "post-ecologismo" y del Instituto Breakthrough. Para Latour, no hay, y no debería haber, ninguna separación entre los humanos y la naturaleza. Latour argumenta que nunca hemos sido realmente modernos, en la medida en que la modernidad existente ha tratado de liberar a los humanos de la naturaleza e ignorar sus efectos sobre ella. Para llegar a ser verdaderamente modernos, tenemos que asumir la responsabilidad final de nuestras transformaciones de la naturaleza, de nuestros productos y de sus efectos: debemos controlar nuestros "Frankenstein" tecnológicos, dice Latour, en lugar de rechazar su producción.

Slavoj Zizek, con el argumento provocador de que " la naturaleza ya no existe", señala, con un tono similar: "estamos dentro de la tecnología ... y debemos permanecer firmemente dentro de ella". Para Zizek, como Latour, no hay vuelta atrás, no es posible una relación no alienada con la naturaleza; más bien deberíamos duplicar nuestros esfuerzos y llegar, por fin, a controlar nuestra alienación.

Desde luego, el comunismo de Zizek es un mundo aparte del capitalismo verde estatal de los  post-ecologistas, pero en lo que se refiere a nuestra relación metabólica con el mundo no humano, el resultado es el mismo, independientemente de si el control de los medios de producción de este metabolismo ha de ser privado, estatal o comunitario.

La cuestión es que estamos llegando a un punto filosófico muerto si afirmamos que "no hay nada que no sea natural en la energía nuclear" (parafraseando la sentencia de David Harvey sobre la ciudad de Nueva York), ya que un reactor, como una ciudad, son productos nuestros, de los seres de la naturaleza que también somos, metabolizando-la. Pero esta posición corre el riesgo de reproducir la lógica del régimen soviético, donde los problemas ambientales no existían, en la medida en que lo que se producía era hecho por el pueblo y para el pueblo. La cuestión clave entonces es la siguiente:¿que entendemos  nosotros los ecologistas por “ecologismo”, si no significa salvar una naturaleza salvaje y estable, si aceptamos que ya no existe ni nunca existió verdaderamente?

Una aceptación del término 'eco' es necesaria, incluso en los eco-modernizadores; sin ella, su manifiesto se convierte en una pura llamada a la modernización y una defensa de la energía nuclear. Por eso los redactores del manifiesto justifican la necesidad de la energía nuclear para proteger la naturaleza. El manifiesto argumenta que un uso más intenso y centralizado de la energia va a liberar espacio y recursos para la conservación de la naturaleza salvaje. No me quiero centrar aquí en la insensatez económica y ecológica de la energía nuclear “limpia”. Este argumento no es, de hecho, simplemente erróneo (no quiero ni imaginar cómo seria el mundo entero impulsado por la energía nuclear o el impacto que tendría ), sino que es inconsistente, en términos filosóficos, con la premisa general del manifiesto, según la cual, no existe una naturaleza independiente de nosotros.

Contrariamente a Latour, el manifiesto sigue tratando a la naturaleza como un medio para conseguir un fin (en este caso el uso más intensivo de ‘esta’ naturaleza de uranio, para salvar a ‘aquella otra’ naturaleza salvaje). Y asume que, de alguna forma mágica, la extracción de recursos y las transformaciones que llevamos a cabo "aquí" no afectarán a la naturaleza "allí". En efecto, el manifiesto es lo que Latour critica como el modernismo 1.0; es decir, un modernismo todavía basado en la idea de separarnos y liberarnos del mundo no humano.

Paradójicamente, el propio trabajo de Latour puede venir a nuestro rescate de los eco-modernizadores. Después de todo, él es el  que escribió: " modernizar o ecologizar: esa es la cuestión". En efecto, a diferencia de los eco-modernizadores, Latour sostiene que

El reto exige de nosotros, más de lo que supone abrazar simplemente la tecnología y la innovación. Se requiere el cambio de la noción modernista de la modernidad de lo que he llamado un "composicionista" [nota: aquello que siendo joven él llamaba "ecologista"] que ve el proceso del desarrollo humano, no como una liberación de la naturaleza o como una caída de la Edén, sino más bien como un proceso de estar cada vez más unidos a, e íntimamente, con una panoplia de naturalezas no humanas.

Y aquí está el error (me atrevo a decir, con la certeza de que nunca me van a leer) de Latour o Zizek. Reconocer nuestra alienación de la naturaleza, y el poder de contribuir a la producción de nuevas socionaturalezas, no conduce lógicamente a la conclusión de que más "control" o mayor, y una más centralizada tecnología es aquello por lo que deberíamos apostar.

Hay múltiples formas en las que podemos estar "cada vez más unidos a ... naturalezas no humanas", como pide Latour. Y hay varias maneras (tecnologías) y socionaturalezas asociadas que podemos producir. Nuestras opciones van desde bicicletas hasta naves espaciales y desde molinos de viento de bricolaje hasta plantas nucleares. No hay nada que sugiera que nos conectamos más a un río condenándolo y usándolo para producir electricidad que paseando por sus orillas o hablando con él.

¿Qué significado tiene entonces ser ‘ecologista’ sino es el de proteger una naturaleza salvaje?

El movimiento ecologista ha versado siempre sobre un tipo diferente de conexión, tanto entre los seres humanos como entre humanos y no humanos. Ha defendido una  escala menor y unas conexiones más directas, que Ivan Illich llamaba “relaciones de convivencia”: tecnologías que pueden ser controladas por sus usuarios y no por otros en su nombre. El movimiento ecologista ha estado siempre en contra de la energía nuclear, no sólo debido a sus riesgos y a sus efectos ambientales indiscutibles y terribles, sino porque no encajaba con su visión de la vida buena y justa.

Contrariamente a Zizek, la hipótesis ecologista (y decrecentista) es que, como Illich dijo, "el socialismo vendrá en bicicleta": los sistemas tecnológicos a gran escala crean una sociedad dividida en expertos y usuarios. Sólo hay un pequeño paso para que los primeros se conviertan en los burócratas o los jefes que controlen y se apropien del superávit del sistema. Una sociedad impulsada por la energía nuclear no puede ser una sociedad de iguales o una sociedad de ayuda mutua.

Las demandas de los ecologistas en pro de los límites del crecimiento se han entendido erróneamente como una llamada en favor de una convivencia armónica con la naturaleza, un dejar a la "naturaleza" por si sola (no niego que muchos ecologistas aboguen por los límites desde esta base, pero creo que están equivocados). Por el contrario, como hemos argumentado en nuestro libro sobre decrecimiento (vocabulary.degrowth.org), las bases en favor de los límites deben ser diferentes: plenamente conscientes de nuestra capacidad para continuar persiguiendo lo que se puede perseguir, la elección es 'no hacerlo'. Como sostiene el filosofo Griego, Cornelius Castoriadis "la ecología no es 'amor a la naturaleza': es la necesidad de la autolimitación (que es la verdadera libertad) de los seres humanos".

Como ecologistas, no queremos producir nucleares o Frankesteins modificados genéticamente. Este 'no a' es una elección afirmativa para el mundo que queremos producir, un mundo en el que viviremos una vida digna, más simple y en común. Un mundo de conexión en lugar de desconexión, de acercamiento el lugar de distanciamiento, de acoplamiento en lugar de desacoplamiento. Un mundo en el que controlemos a los controladores. Esta sí que es una visión ecológica.

Traducción y edición de Neus Casajuana Filella

 

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