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Bolivarianos, ingobernabilidad, soviets, romper España…

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Durante la campaña electoral, las derechas, los centros, ciertos medios y ciertos tertulianos trataron de infundir unos miedos que la sociedad no tiene. Los resultados del 20D así lo han demostrado. Desconcertados, todos ellos tratan ahora, más o menos burdamente, de encontrar el hilo argumental que dé solución a la continuidad de un mensaje que no encuentra receptor. Ver discutir a Maruhenda y a Inda en el debate de La Sexta Noche del sábado pasado fue asistir a la escenificación del divide y vencerás que le ha sobrevenido al PP a través de las urnas.

Su nerviosismo contrastó con la calma de la izquierda emergente a la que esos mismos habían acusado de desestabilizadora, de antisistema, de agitadora. Volvimos a oír la palabra “bolivarianos”, pero pronunciada sin convicción, como una amenaza sin fuelle. Lo cierto es que ya no tiene capacidad de amedrentar y, de hecho, muchos telespectadores se entregaron al zapeo. Los presuntos bolivarianos desembarcaron en las europeas, tomaron posiciones en las municipales y, con las generales, queda claro que vinieron para quedarse. Y, lejos de las siete plagas que vaticinaban los voceros del miedo, mucho de lo que ha pasado es positivo: ahora las alcaldesas de Barcelona y Madrid son Ada Colau y Manuela Carmena, que centran su gestión en las políticas sociales y aspiran a la feminización de lo público y lo institucional. En el mismo debate donde se peleaban los periodistas de la caverna, Rafa Mayoral insistía en hacer oír el Plan de Rescate Ciudadano de Podemos: un plan de emergencia para rescatar a las personas y a las familias. Ante propuestas así, aquella palabra amenazante apenas sonaba ya como un inútil eco.

La palabra estrella tras el 20D ha sido “ingobernabilidad”. Se la ha usado como al hombre del saco. Y, con ella, “los que quieren romper España”. La propia representación de Felipe VI en el salón de tronos del Palacio Real quiso darle legitimidad y réplica a esos términos: el rey joven se puso serio y se revistió de posteridad, aprovechando las presuntas ingobernabilidad y ruptura como si fuera aquel 23F que inauguró el juancarlismo para el rey viejo y su hijo se encontrara ante la ocasión de oro para iniciar el felipismo (el suyo, no el del otro –qué significativo que hasta la Historia le usurpe de antemano el término). Pero Felipe VI defendía su trono y su futuro mientras un millón y medio de telespectadores cambiaba de canal. Porque lo cierto es que ingobernabilidad solo significa que el tablero de juego, afortunadamente, es otro y que hay que contar con nuevas piezas y nuevos jugadores. Nada que no supieran ya los ciudadanos, nada que no quisieran. La grandeza de la democracia.

Lo que llaman ingobernabilidad significa que ahora el interlocutor necesario es Pablo Iglesias y cuando dicen que quiere romper España no es cierto: lo que ha propuesto es el destino de España pase por la consulta popular en Cataluña, la única propuesta que se puede considerar útil para desatascar el tapón que los patriotas del españolismo han convertido en un problema. El hecho, el triunfo en Cataluña de En Común Podem es el primer movimiento de alivio de la cuestión. No ha ganado la ruptura sino el derecho a decidir: la alternativa democrática. Lo contrario es un secuestro.

Da bastante risa ver al PP mendigar al PSOE la gran coalición. Quién se lo iba a decir. Y da mucha vergüenza que pueda haber en el PSOE felipistas (de uno y otro Felipe) que estén  más cerca de Vargas Llosa que de la izquierda emergente. Como toda vergüenza es también una oportunidad, la militancia socialista debe tomar nota de que la sola posibilidad de una gran coalición con el PP frente a Podemos es contra natura, como lo es que los indecisos el 20D dudaran entre decantarse por el PSOE o por Ciudadanos. Tienen un triple problema: ideológico, estratégico y político. Susana Díaz lo personifica y nada la va a parar: su aspiración es el trono de Ferraz. La falta de escrúpulos y de responsabilidad serán fatales para el futuro del partido.

Y luego están los soviets. Preocupan por igual a  Esperanza Aguirre y a un director adjunto de El País. Son esa clase de gente que cuando te niegas sistemáticamente a dialogar van y te hacen una asamblea. La portada del presunto diario independiente de la mañana les sacó un titular tremendista: “Una minoría anticapitalista decide la suerte de Cataluña”. Cabe preguntarse qué tiene de extraño que “una minoría anticapitalista” sea la respuesta a la minoría capitalista que nos ha llevado a tantos desastres y haya decidido tantas suertes. Es la diferencia entre una asamblea y un consejo de administración o una familia de la casta.

En fin, que la desesperación de los viejos poderes ha puesto de moda unas palabras con las que se supone que habría que tener mucho cuidado, palabras que se usan como arma arrojadiza. Pero son palabras cargadas de pasado. Ahora las palabras son otras, señoras y señores: común, diálogo, confluencia, consulta, respeto, fraternidad. ¿Les parecen mal para iniciar el camino, no de romper, sino de recomponer España?

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