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La chispa de la vida

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La planta de Coca-Cola en Fuenlabrada reabre con normalidad

Un trabajador y su pareja celebran la reapertura de la fábrica de Coca-Cola en Fuenlabrada. Foto: EFE

Me ha encantado la última campaña de Coca-Cola, lanzada ayer. Hay que reconocer que la multinacional del refresco siempre sabe tocar la tecla sensible, y consigue emocionarnos con esos anuncios que en pocos segundos cuentan una historia, con bellas imágenes y una bonita música. La última campaña no es una excepción.

Si no la han visto, se la cuento: al principio del spot encontramos a un grupo de trabajadores, varios cientos, que acaban de enterarse de que van a ser despedidos pese a que su empresa tiene beneficios. A la salida de la fábrica vemos sus expresiones abatidas, gestos de rabia, los corrillos que forman en la puerta, la asamblea en que se reúnen, manos alzadas para votar, intervenciones de unos y otros, discusiones, gritos, aplausos.

Como en toda buena historia de Coca-Cola, los trabajadores deciden luchar, no rendirse. Convocan una huelga indefinida, que acaba durando dos meses. Vemos cómo se organizan, crean cajas de resistencia, imprimen pegatinas y chapas para buscar la solidaridad ciudadana, reciben visitas de apoyo, se mueven en redes sociales; mientras la empresa recurre a prácticas ilegales para reventar la huelga. Se produce entonces el primer giro dramático, necesario para sacudir al espectador: la huelga no consigue parar el ERE, más de ochocientos se van a la calle, la empresa cierra la fábrica e intenta desmantelarla, lo que impiden los propios trabajadores, que montan guardia permanente para que no se lleven la maquinaría.

A partir de ahí, el anuncio es una sucesión de imágenes aceleradas, acompañadas por una música de tonos épicos (de la banda sonora de 300, la de los espartanos): vemos a los trabajadores con camisetas rojas manifestándose en las calles, levantando un Campamento de la Dignidad, acudiendo a la puerta de juzgados y del Tribunal Supremo para celebrar sucesivas victorias sobre la empresa, mientras cada vez más ciudadanos muestran su apoyo y se suman al boicot contra los productos de la poderosa empresa.

Hay por supuesto momentos de cansancio entre los que deciden luchar hasta el final; hay ganas de tirar la toalla, tensión, dudas, cargas policiales, familias agotadas, frío y lluvia sobre el campamento, rabia por los incumplimientos de las sentencias judiciales…

Hasta que, en el tramo final, cuando todo parece perdido, vuelve “la chispa de la vida”, la “sensación de vivir”, se “destapa la felicidad” (todos esos eslóganes de buen rollo que suele usar Coca-Cola), sale el sol, los trabajadores sonríen, se ponen en pie, se abrazan, la música sube y nos eriza la piel, y vemos cómo, tras veinte meses de lucha, los primeros 83 trabajadores entran en la fábrica, que vuelve a abrir sus puertas, regresan a sus puestos de trabajo, un megáfono va diciendo sus nombres, familias y amigos los reciben con abrazos y cohetes, hay lágrimas, besos, risas, emoción. Lo han conseguido, vuelven a la fábrica.

Muy buena campaña, hay que reconocerlo. Muy emocionante. Solo se diferencia de los clásicos anuncios de la marca en dos cosas: el eslogan elegido, que lejos del habitual tono guay, es un rotundo grito de Marcelino Camacho: “Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar”. Y el plano final, que esta vez no es la típica imagen de una joven de perfil bebiendo una botella helada de Coca-Cola. No, porque no brindaremos con Coca-Cola hasta que la empresa no readmita al resto de trabajadores y cumpla la totalidad de la sentencia.

Las campañas de la multinacional suelen conectar bien con la gente: en seguida canturreamos la canción, o hacemos el bailecito, o repetimos el chiste de turno. A ver si esta última historia de Coca-Cola también nos contagia del espíritu de resistencia de sus trabajadores.

Felicidades por vuestra lucha.

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