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Es la guerra

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Vamos a suponer que no hay dinero, como dicen. Y vamos a suponer también que el Estado es como una familia, que no debe gastar más de lo que ingresa.

En estas circunstancias, el fallo del Tribunal Supremo considerando discriminatoria la separación por sexos en los colegios concertados y eximiendo por ello de subvencionarlos al Ministerio de Educación es una buena noticia. El departamento de Wert ha sido uno de los más castigados por la crisis, y el ministro no ha tenido más remedio que aumentar dos horas el horario de los profesores, subir a 40 la ratio de alumnos por clase en el bachillerato, obligar a que las autonomías despidan interinos y prohibir la convocatoria de oposiciones a profesorado. Gracias al fallo del Supremo, el Ministerio podrá ahorrarse un buen pellizco y dedicar el dinero de estos 70 colegios sexistas a aliviar algo la penosa situación de la educación pública. 

Si España no fuera un país intrínsecamente corrupto y no estuviera dirigido por un hatajo de mediocres al servicio de intereses particulares, y si el ministro Wert fuera un honrado defensor de la enseñanza y el dinero públicos, se sentiría aliviado de no tener que cubrir esa factura. Exactamente igual que una familia, a la que el Tribunal Supremo hubiera eximido para los restos de tener que pagar el consumo de electricidad. ¿A alguien se le ocurriría burlar un fallo tan fantástico y seguir abonando todos los meses el recibo de la luz? Pues sí. El ministro Wert, en una obscena exhibición de desvergüenza, se ha mostrado contrariado por el fallo del Supremo. Está dispuesto, ha dicho, a reformar la legislación para evitar un ahorro de esta envergadura. ¿Alguien lo entiende? ¡Pues claro que lo entendemos! Más claro, agua.

Repitiendo mil veces esa mentira de que no hay dinero, acudiendo una y otra vez al cuento de la familia y el ahorro, el PP desmantela delante de nuestras narices la enseñanza pública. Una vez demolida, podrá ofrecer a sus amigos, a sus familias, a sus financiadores un suculento sector con innumerables oportunidades de negocio: colegios sexistas o no, institutos y universidades sin la competencia desleal de las devastadas universidades públicas. Destruirlo todo para volverlo a construir gracias al capital privado. Es la lógica y el negocio de la guerra.

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