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El mundo nos mira y alucina 

Ni a Gila se le hubiera ocurrido este guión: “Hola, ¿es el enemigo? ¿Qué queríamos saber si habían declarado la independencia?

Y además no hay prisa, tiene 5 días para contestar, por que nos vamos de puente

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El president de la Generalitat, a su llegada al Parlament de Catalunya.

El president de la Generalitat, a su llegada al Parlament de Catalunya.

1.000 periodistas de todo el mundo se apelotonan en el Parlament para asistir a otra jornada histórica en la que Catalunya va a declarar su independencia. Las televisiones llevan horas en directo dando vueltas sobre cómo lo va a hacer el president, que si a la escocesa, a la eslovena o a la quebequesa. 

El Molt Honorable, al que, por cierto nadie votó en unas urnas porque fue puesto a dedo cuando cayó Artur Mas, aparece al fin, una hora tarde para leer un discurso tan tramposo y confuso que nadie sabe a ciencia cierta qué ha declarado, qué ha proclamado y qué ha suspendido a continuación. El caos es tal que una hora después, los diputados independentistas acaban firmando de espaldas al Parlamento un papel en el dicen proclamar la independencia y la república. Ya se sabe que el papel lo aguanta todo. 

El bochorno es general pero 24 horas después la situación no mejora. Los diputados no saben explicar ante el mundo lo que ocurrió en el pleno y de Moncloa le mandan un requerimiento a Puigdemont para que ponga por escrito si ha declarado o no la independencia. Ni a Gila se le hubiera ocurrido este guión: “Hola, ¿es el enemigo? ¿Qué queríamos saber si habían declarado la independencia?. Y además no hay prisa, tiene 5 días para contestar que nos vamos de puente. 

Valle Inclán estaría disfrutando porque además todo el mundo saluda este caos porque a lo mejor alumbra una salida, Puigdemont convoca elecciones en el último minuto y evitamos el desastre. Tenemos tantas ganas de que esto se arregle que hasta se celebra como un gran acontecimiento la puesta en marcha de una comisión para estudiar qué podemos hacer con Catalunya; comisión que ya se había aprobado hace semanas en el Congreso, en la que no participarán en principio los independentistas de Esquerra y a la que el PP y Ciudadanos llegan con un entusiasmo perfectamente descriptible. Rajoy le ha dejado al PSOE que se apunte este tanto para tenerle de su lado si hay que aplicar hasta el final el 155, cuya activación o no también nos entretiene estos días.  

Toda una gran ceremonia de la confusión en la que no deberíamos caer: es evidente que no se ha proclamado la independencia de Catalunya pero Puigdemont tiene toda la intención de seguir saltándose el Estatut y la Constitución; es evidente que se ha activado el 155 con apoyo del PSOE y de Ciudadanos; un mecanismo que puede acabar en el mejor de los casos con la disolución del Parlament y la convocatoria de elecciones desde Madrid. Y por último, es evidente también que sólo si la derecha española se convence de que hay que reformar la Constitución y presentar un nuevo proyecto de país compartido a Catalunya será posible salir bien de esta situación. 

Mientras tanto, Puigdemont y Rajoy parecen moverse como peces en el agua en medio de esta intensa niebla llena de banderas que además disimula la corrupción, el paro, la precariedad y el resto de problemas que seguimos teniendo. Como diría Borrell, de momento la comedia continua pero no tiene ninguna gracia.  Menos mal que los medios internacionales pueden acabar aburriéndose de nosotros y buscando nuevas emociones.

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