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La opción política de una élite despiadada

"Sólo una fuerte presión ciudadana va a conseguir cambiar la orientación de la política migratoria y de fronteras europea, pero para ello es necesario huir del enfoque meramente humanitario y pensar en las causas de la actual situación, cuestionando la propaganda oficial que presenta a las mafias como la única causa de todos los males", afirma el autor

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El 19 de marzo de 2011, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, llamó por teléfono a Jean Ping, antiguo ministro de asuntos exteriores de Gabón, para advertirle de que la OTAN iba a bombardear Libia. El día siguiente estaba previsto que Ping y otros dirigentes africanos viajasen a Libia para mediar entre el gobierno del dictador Gadafi y la oposición para llegar a un acuerdo de paz que detuviese la guerra civil y garantizase una transición democrática. Lo que vino después de los bombardeos de la OTAN ya lo sabemos: acabó la dictadura de Gadafi pero con ella se derrumbó el Estado libio y el país quedó en una situación de permanente guerra civil que dura hasta hoy, provocando la huida de decenas miles de personas. Son muchos de los que mueren tratando de llegar a Italia. Otros escapan de otras guerras, de regímenes represivos a menudo apoyados por los gobiernos occidentales o de la pobreza causada por un orden mundial profundamente injusto. Pero todos se ven obligados a jugarse la vida en barcos destartalados porque la política migratoria europea impide llegar de forma legal y segura.

El pasado 23 de abril se celebró una cumbre de jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea, poco después de que miles de personas se ahogaran frente a las costas italianas en el peor naufragio que se recuerda. Una de las propuestas de la Comisión Europea para ese encuentro era que los Estados de la Unión se comprometiesen a acoger a 5000 refugiados al año. Cinco mil en toda Europa. En Turquía hay actualmente dos millones de refugiados sirios y en Líbano, un país con menos habitantes que Madrid, un millón. Pues bien, los presidentes europeos se negaron a comprometerse ni siquiera con esa ridícula cifra. También se negaron a financiar una verdadera operación de salvamento marítimo. David Cameron, el primer ministro británico, ofreció un barco y un helicóptero para reforzar los sobrepasados equipos italianos de rescate, pero con la condición de que las personas a las que salvasen se quedasen en Italia ¡Nada de llevarlos a Reino Unido! Eso sí, todos los dirigentes expresaron su horror ante la situación (un “espectáculo horrendo”, decía nuestro ministro Margallo mientras votaba no hacer nada para evitarlo) y guardaron un minuto de silencio por sus víctimas.

La vergonzosa inacción de los gobiernos europeos ante la emergencia humanitaria en el Mediterráneo no muestra su incapacidad para llegar a un acuerdo ni la complejidad del asunto, como se suele decir después de cada cumbre europea decepcionante; lo que demuestra la reunión del 23 de abril es que los gobernantes de la Unión Europea han alcanzado tal grado de alejamiento de la ciudadanía que son capaces de mantenerse indiferentes ante la muerte de miles de personas. Es el resultado de décadas de políticas construidas en torno a la idea de que los inmigrantes y refugiados no merecen los mismos derechos que el resto de la población europea, ni siquiera el derecho a la vida. Esta es la única forma de justificar centros de internamiento en los que se encierra a personas que no han cometido ningún delito, vuelos de deportación en los que las víctimas son maltratadas -a veces con resultado de muerte- antes de ser abandonadas en un país que muchas veces no es el suyo, redadas racistas y un largo etcétera de prácticas contrarias a los Derechos Humanos. Como no podía ser de otra manera, el gobierno de Mariano Rajoy ha hecho sus aportaciones a esta siniestra lista, intentando legalizar las llamadas devoluciones en caliente y denegando el derecho a la asistencia sanitaria a cientos de miles de migrantes que trabajan y pagan impuestos en nuestro país.

Los movimientos sociales que se oponen a estas políticas han sido la mayoría de las veces minoritarios y hubo poca gente en las concentraciones que se convocaron después del último naufragio en el Mediterráneo. Pero esto no significa que a la gente le den igual estos temas; a las personas normales les da mucha pena ver en la tele día tras día cómo se ahogan mujeres y hombres inocentes, aunque se les dedique menos atención informativa que a cualquier catástrofe en la que las víctimas son blancos de clase media. Pero naufragios como los de las últimas semanas son percibidos como una fatalidad, como si fuesen accidentes o desastres naturales ante los que sólo cabe la ayuda humanitaria. Los partidos que han gobernado en Europa en las últimas décadas han conseguido normalizar una política migratoria inhumana e ineficaz, que estigmatiza a los migrantes en vez de gestionar los flujos migratorios de forma racional, concibiéndolos como una oportunidad para los que vienen y para las sociedades de acogida. Facilitar la entrada legal de migrantes y refugiados es la única forma de evitar a medio plazo tragedias como las de las últimas semanas. Otros países lo hacen y Europa lo hacía antes. Es lo normal.

Sólo una fuerte presión ciudadana va a conseguir cambiar la orientación de la política migratoria y de fronteras europea, pero para ello es necesario repolitizar esta cuestión, huir del enfoque meramente humanitario y pensar en las causas de la actual situación, cuestionando la propaganda oficial que presenta a las mafias como la única causa de todos los males. Tenemos que demostrar que la actual política migratoria europea es sólo una opción entre tantas otras, y que las otras opciones son mejores. Ya lo hemos hecho en otros ámbitos; hace poco tiempo nadie se planteaba si era normal echar a la gente de su casa por no poder pagar la hipoteca, ahora son muy pocos quienes siguen poniendo los intereses bancarios por delante del derecho a la vivienda, gracias al trabajo que han hecho movimientos sociales como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Es hora de hacer lo mismo con la política migratoria y de fronteras. La actual política de criminalización de la inmigración y desprecio por la vida humana no es inevitable, es sólo la opción de las mismas élites despiadadas que se niegan a legislar contra los desahucios. Mientras tanto, los habitantes de la isla italiana de Lampedusa hacen siguen rescatando náufragos y la ciudadanía de nuestro país sigue parando desahucios. Lo normal.

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