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El voto por correo del zar

Algunos ya empezamos a estar hartos de los oprichniki rurales que se dedican a amañar el voto por correo del zar aprovechándose de la indefensión de las personas mayores

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Una de mis novelas favoritas de la infancia fue Miguel Strogoff, el correo del zar, de mi tocayo francés Verne. El libro va de un cartero que, a caballo, debía llevar una carta del zar de Rusia a su hermano el Gran Duque, desde Moscú hasta Siberia, en la que se le avisa de una rebelión de los tártaros. Desde entonces siempre he tenido mucho aprecio por los carteros y su noble oficio.

Este lunes, les hice una visita y acudí a la oficina de Correos de Carabanchel para ejercer mi derecho al voto. Cada elección suelo hacer el papeleo de la petición (viaje 1), me mandan a casa el aviso de sobre, acudo a recoger las papeletas (viaje 2), me las llevo a casa, vuelvo con las papeletas (viaje 3) y cruzo los dedos para que mi voto llegue a la urna. Suelo hacer este bonito aunque tedioso trámite de tres viajes a Correos, porque no sé donde estaré ese domingo y que cuerpo tendré ese día. Aparte que siempre suelo votar a los mismos, a ver si, esta vez sí cambiamos Madrid de una santa vez.

De cualquier manera, ejerzo de manera consciente un derecho al voto por correo que, a pesar de lo que diga el Gobierno de España, cada vez es más complicado para los españoles residentes en el extranjero, no existe para aquellos cuatro millones extranjeros residentes en España sin acuerdo de reciprocidad, como los marroquíes o los chinos, y que siempre da pie a potenciales pucherazos e irregularidades.

Con respecto al voto desde el extranjero, existen democracias parlamentarias consolidadas como Chile, Eslovaquia o Uruguay que no lo permiten. La casuística varía en cada país. En el Reino Unido sólo se puede votar por correo desde fuera del país si eres militar, funcionario de la Corona o llevas residiendo fuera menos de 15 años. En Rumanía, Venezuela, México o Brasil sólo se puede votar por correo en las elecciones presidenciales. En ningún caso en las municipales o regionales (o la denominación similar que tengan). En Estonia o en Suiza se permite el voto por internet. En Francia, no existe el voto por correo, sino el voto delegado. Tú declaras en comisaría en quien delegas tu voto y esa persona lo ejerce en tu nombre.

A mí este último modelo me da mucho miedo, porque habría quien podría comprar la delegación del voto y llegar ese domingo a la urna con cincuenta papeletas. La semana pasada, los miembros de la candidatura municipal del Partido Popular de Calanda (Bajo Aragón, Teruel), encabezados por el diputado nacional Alberto Herrero, acudieron a la dirección de la residencia de ancianos a pedir los deneís de los internos a fin de facilitar y tramitarles el voto por correo y ahorrarles los tres viajes de los que hablábamos anteriormente. Este tema dio lugar a un tenso pleno donde Herrero y los concejales del PP se defendieron diciendo que, aunque iban a visitar la residencia y las malas condiciones de los empleados que allí trabajan, pero ya que estaban de paso, a petición de los familiares de los residentes, pidieron los DNI. Muchas de esas personas estaban incapacitadas para poder votar, lo que sí parece cierto es que la totalidad de ellas estaba inhabilitada para guardar su propio deneí que se tenían bajo llave en el despacho del director de la residencia. En Mérida (Badajoz), mientras tanto, un grupo de concejales del PP registraba la oficina de Correos para saber quiénes habían pedido el voto anticipado por correo. Mi pregunta es: ¿una persona que no es capaz siquiera de guardar su documento de identidad y bajar a correos a rellenar un formulario debería tener derecho a votar? Y, si es así, ¿por qué los menores de edad, los extranjeros residentes en ese pueblo y los calandinos emigrados al extranjero tienen tantas trabas o simplemente les resulta imposible poder hacerlo?

Volviendo al antiguo Imperio Ruso, entonces existía una guardia zarista llamados oprichniki centrados en asegurar en la población rusa la lealtad absoluta al zar y la total obediencia de sus decisiones, bien fuera mediante sobornos, palizas y métodos todavía más crueles. Algunos ya empezamos a estar hartos de los oprichniki [represores locales al servicio del zar Iván IV, el Terrible] rurales que se dedican a amañar el voto por correo del zar aprovechándose de la indefensión de las personas mayores. 

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