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Cuando despertamos, Marruecos todavía seguía ahí

Pedro Sánchez en una reunión con Mohamed VI en una visita a Rabat en 2018.

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España cree que Marruecos no existe, hasta que a Rabat le da por reivindicar la soberanía de Ceuta y Melilla. Desde otoño, llevamos pendientes de una reunión de Alto Nivel entre nuestro Gobierno y el suyo, por un sinfín de excusas diplomáticas. A 10 de diciembre, tras diversos amagos, ambas partes suscribieron un comunicado conjunto que rezaba lo siguiente: “La Reunión de Alto Nivel entre España y Marruecos constituye un encuentro transcendental para el desarrollo de las profundas y densas relaciones de amistad y cooperación que existen entre dos socios estratégicos, como lo son España y Marruecos”.  

“España y Marruecos han constatado que la situación epidemiológica actual impide celebrar la Reunión de Alto Nivel en la fecha prevista con las garantías de seguridad sanitaria que se estiman convenientes por ambas delegaciones. Por este motivo, ambos países han acordado posponer al mes de febrero de 2021 la celebración en Marruecos de la Reunión de Alto Nivel, de tal modo que pueda desarrollarse con fluidez, incluyendo los encuentros habituales que son propios de una reunión de esta envergadura”.

Eso sí, “ambos gobiernos se reafirman en su voluntad de seguir reforzando la relación estratégica que une a los dos países”. No deben haberla reafirmado mucho, porque febrero ha transcurrido sin que la celebrada reunión llegara a celebrarse. Que España tiene pendientes de formular ciertas aclaraciones en relación a la inmigración, Ceuta y Melilla o el Sáhara, eso se dice.

Si esta cumbre pendiente fuera con Washington, con Londres, con Berlín o con Beijing, ¿no estaríamos preguntándonos a diario por qué puñetas no se convoca ese necesario encuentro? No veo demasiados editoriales de prensa, apertura de telediarios ni lobbies moviéndose a porfía para exigir día y hora. Ha ocurrido históricamente: así, España ha sido incapaz, en 60 años y desde la independencia de dicho Reino, en convertirse, pese a su cercanía, en el primer socio comercial de Marruecos, rango que sigue ostentando Francia y que, en las últimas décadas, ha llegado a fluctuar también entre Holanda y Estados Unidos, por circunstancias distintas.

Marruecos lleva con sus fronteras cerradas por la pandemia desde hace un año: el 13 de marzo de 2020 chaparon de súbito las de Ceuta y Melilla, dejando atrapados a cientos de porteadores en territorio español y alojados en precario durante meses. Como resultado, familias separadas, vuelos y embarques extraordinarios, temporeras con PCR y embarcaciones clandestinas cargadas de sueños imposibles.

Y parece como si de repente nuestro Sur hubiera desaparecido. Pero cuando despertemos del COVID-19, el dinosaurio seguirá ahí. Y, en este año, además, el dinosaurio marroquí ha crecido, como demuestran el crecimiento exponencial de Tánger Med, los proyectos portuarios y turísticos que promueve en el norte, o la relación privilegiada con Estados Unidos que ha ido amasando durante la era Trump, que no parece que vaya a corregir Joe Biden al frente de la Casa Blanca y que se sustancia en el apoyo de Washington a la posición de Marruecos sobre el Sáhara. Cabe recordar que en noviembre, Marruecos rompió el alto el fuego en uno de los pasos con Mauritania y que llevamos meses de escaramuzas militares en dicha área, tan de baja intensidad o, para nosotros, de tan baja trascendencia que no figura en ningún informativo. Ahora que los saharauis conmemoran en estos días el septuagésimo quinto aniversario de la fundación de la República Arabe Saharaui Democrática tras la Marcha Verde marroquí del año anterior. En gran medida, el polvo del desierto puede traer estos lodos de desconexión diplomática que nos afligen. Pero lo cierto es que a la ONU no debe afligirle en demasía que el proyectado referéndum de autodeterminación sobre dicho territorio lleve sin celebrarse la friolera de 29 años y ni se le espera.

Ni siquiera contamos, en este aspecto, con la habitual cantinela de la derecha de culpar a Podemos por la muerte de Manolete. Quizá sea porque el Partido Popular recuerde como la segunda legislatura de José María Aznar comenzó con su recibimiento masivo en Tánger y multitudinario en Tetuán, pero terminó como el rosario de la aurora en la mini-guerra de El Perejil.

Parte de la caja de los truenos que oculta este nuevo impasse diplomático la destapó el primer ministro marroquí Saaededdine El Othamani, quien aseguró que dichas ciudades “son marroquíes como el Sáhara”. Justo cuando Donald Trump, con la Casa Blanca ya perdida, se apresuró a reconocer la soberanía de Marruecos sobre territorio saharaui, quizá en pago por el reconocimiento del Estado de Israel por parte de Rabat, o en agradecimiento por los mil millones de dólares que Marruecos ha comprometido con Washington en la compra de armamento.

Así las cosas, mientras se registraba una nueva oleada de pateras desde las costas saharauis hacia Canarias, Saadeddine El Othamani, primer ministro marroquí, al frente del Partido para la Justicia y el Desarrollo, realizó unas controvertidas declaraciones a la cadena egipcia Al-Al Sharq, en la que venía a recalcar la postura de que Ceuta y Melilla eran territorios “ocupados por España desde hace siglos” y «llegará un día en que reabriremos la cuestión porque son territorios marroquíes como el Sahara».

Aunque en dichas declaraciones también aseguraba que España y Marruecos habían mejorado sus posiciones respecto a temas de interés común “incluidos los espinosos”, llegó a asegurar que Marruecos “contemporiza” con ambas plazas de soberanía española porque el objetivo prioritario del Sáhara acapara «toda la atención y esfuerzos de la diplomacia marroquí». Aviso a navegantes: llegará un día en que abran ese dossier. Previsiblemente, cuando Rabat consolide definitivamente sus posiciones sobre la antigua provincia española que se anexionó durante la Marcha Verde de 1975. Será entonces, según este oráculo, cuando el reino alauita reactivará su reclamación de Ceuta y Melilla, aunque ambos enclaves, desde el punto de vista legal, jamás formaron parte de su mapa político.

Ya en su día, Hassan II enunció aquella poética frase de que España y Marruecos eran países “condenados a entenderse”, aquí deben fallar demasiado a menudo los traductores simultáneos. A partir de dichas declaraciones, la Secretaria de Estado de Asuntos Exteriores, Cristina Gallach llamó a consultas a la embajadora marroquí y se apresuró a asegurar que «espera de todos sus socios el respeto a la soberanía y la integridad territorial de España». En Rabat, causó extrañeza la llamada a consultas, que es un procedimiento diplomático excepcional, porque en anteriores ocasiones, cuando se habían suscitado manifestaciones similares, nuestro país no había recurrido a ello. Para el portal Yabiladi, dicha reacción española obedecía a las presiones de la oposición de derechas y especialmente de Vox. Quizá porque piensen que es posible que España llegue a negociar Ceuta y Melilla,  cuando en las últimas décadas ha demostrado tan poco ímpetu a la hora de defender a su antigua provincia saharaui. Sin embargo, si Rabat entiende que Madrid puede ceder ambas plazas por arte de birlibirloque, en las circunstancias actuales, es tan impensable como que el Foreign Office pudiera aceptar la cosoberanía con España en la que insiste, como un profeta peregrino, el ex ministro español de Exteriores, García Margallo, que tiene un concepto tan peculiar sobre España y Gibraltar, que llegó a cerrar el Instituto Cervantes en el Peñón, quizá para evitar que los yanitos tuvieran acceso al don de nuestra lengua.

Lo que si parece cierta es la voluntad de Mohamed VI, el Rey de Marruecos cuya salud viene siendo puesta en entredicho, de desarrollar el norte del país, en las proximidades a Ceuta y Melilla. Su padre dejó abandonado a dicho confín que él, en cambio, conoció de cerca durante sus veraneos en dicha zona litoral, desde Castillejos a Alhucemas. Incluso este verano se dejó ver en un yate por la bahía de Ceuta. Desde que accedió al trono, viene multiplicando las obras públicas, con una sustancial mejora en las redes de autopistas e infraestructuras de diversa índole en las ciudades del norte, con el crecimiento y consolidación del superpuerto de Tánger Med o la proyectada ciudad Mohamed VI y un tranvía que haría el trayecto desde el aeropuerto internacional Monte Arruit, aún por inaugurar en la región de Nador y a 30 kilómetros de Melilla, que incluye la construcción de un tranvía aéreo que conectará sus terminales con el puerto de Beni Ensar y alcanzará el interior de la propia Melilla. Perspectiva de futuro, se le llama. Un servicio más para los huéspedes exclusivos de la franquicia que La Mamounia de Marrakech pretende abrir en la zona, no muy lejos del campo de golf Atalayón.

Junto al aeropuerto se abre una base aérea militar, con hangares para esa amplia gama de aviones F-16 de las fuerzas aéreas reales (FAR), pero también drones militares, helicópteros AH-64E Apache que forma parte del importante paquete de compras a Estados Unidos y las cuatro unidades y tres ejemplares de modelos Gulfstream G550, reactores modificados para misiones de espionaje militar, entre cuyos objetivos no sólo podría encontrarse Argelia y Mauritania sino, ¿por qué no?, la propia España. El complejo, de hecho, también incluye un centro de inteligencia militar dotado con alguno de los nuevos cinco radares GroundMaster400, capaces de monitorear cualquier tipo de movimiento aéreo sobre los países circundantes, una forma desde luego para consolidar, en caso necesario, la exclusión aérea del pequeño aeropuerto de Melilla, construido en 1969 y limitado ya por un exiguo y complejo pasillo aéreo, en sus comunicaciones con la Península. Este proyecto multiplicará, por cierto, el número de plazas hoteleras en la región y se programa un complejo energético de primer orden para el puerto de Nador West Med.

¿Quién da más? Marruecos sabe que un país comienza y termina en sus fronteras. ¿Qué estamos haciendo por las nuestras, tanto al sur de la Península como en el norte de Africa, salvo ponerles de vez en cuando concertinas y poco más? Ya sabemos que Madrid es España dentro de España. Pero también que un país no puede permitirse el lujo de cerrar los ojos como un niño ante los fantasmas del miedo. Marruecos sigue existiendo. Con más veras que nunca. Para lo supuestamente bueno, que es mucho; para lo presuntamente malo, que es algo y para una amplia gama de colores grises. Sólo que los españoles no queremos verlo.

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1 de marzo de 2021 - 20:14 h

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