Nos dominan con el engaño
Asistimos a lo que algunos consideran un apasionante debate sobre quién es periodista y quién no. Debería ser una cuestión gremial, como si acaso procediera el debate sobre quién sea médico, abogado, militar o lo que fuere. Cosas de la mediatización de casi todo. En lo que a mi opinión concierne, en relación con la conducta de ciertos agitadores mediáticos, es un debate falso o, en todo, caso, invasivo. Creo que lo relevante es si hay un periodismo democrático o no.
Pero ocurre que se da una cierta iluminación y cierto postureo en la profesión, de ahí lo de invasivo, como si no hubiera periodistas en las dictaduras; en la nuestra reciente, señalados periodistas pasaron del régimen anterior al nuevo sin despeinarse e, incluso, algunos han tenido la habilidad de figurar en los anaqueles de la admiración de la profesión.
Puestos de todas formas a decidir quién es periodista, qué decir de aquellos que desde que se levantan hasta que se acuestan -elijan la franja horaria- no apean al presidente del gobierno de hijo de puta e incluso al líder de la oposición de otras lindezas y groserías, según la línea editorial-nutritiva, es un decir, del reconocido o temido periodista del que se trate. ¿Periodismo?
La fidelidad a los hechos es una obligación profesional y democrática, solo factible de ser socavada por la ignorancia, el sesgo o el engaño
El debate último es sobre el acoso pero qué decir de la mentira sostenida, habitualmente a sueldo o subvencionada. Azorado por el auge de los totalitarismos de su tiempo, George Orwell exclamó, gritó, que no había controversia sobre la libertad de expresión, “la controversia es sobre si mentir es deseable o no en democracia”. O acosar, añadiría,
La fidelidad a los hechos es una obligación profesional y democrática, solo factible de ser socavada por la ignorancia, el sesgo o el engaño, al que, sostiene Orwell, todo observador es vulnerable, periodista o no. La honestidad intelectual del periodista- sigue- consiste en informar de lo que ha visto, sin inventar hechos o imaginar situaciones, sin ser cautivo de la propia ideología ni la del medio que le paga. La inestabilidad, la precariedad, son una realidad que golpea la libertad de informar pero se convierte con frecuencia en la coartada personal para el engaño, un intento imposible de lavar la mala conciencia.
George Orwell afirmó con contundencia —noten que escribió estas reflexiones en los treinta—: “El periodista no es libre cuando se ve obligado a escribir mentiras o a silenciar lo que parece una noticia de importancia; el redactor o editor que piensa que trabaja con libertad, que opina libremente, no es libre tampoco cuando tiene que falsificar sus verdaderas sensaciones subjetivas”.
El debate puede seguir, es bueno que lo tengan los periodistas, pero sería bueno que amplíen el campo, no es solo periodismo, no son ellos el centro, se trata del periodismo y los periodistas en una sociedad democrática, ampliando el foco más allá de la singularidad de prácticas absolutamente despreciables que no se anulan con reacciones gremiales.
Nos va mucho, nos va que la mentira, la manipulación, el acoso, se conviertan en la excusa para hablar poco de democracia y mucho de los que se consideran elegidos no sé por quién.
Nos engañan con la mentira, el engaño, más que con la fuerza; la frase es de Simón Bolívar. Espero que el desenfoque de la cuestión no nos desvíe de lo fundamental: defender la democracia.
(Los textos y reflexiones completas aparecen en Democracia en alerta, del que soy autor)