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No hay huevos
Ha dicho Josep Borrell que los europeos no podemos depender del humor de los electores estadounidenses cada cuatro años. Justo es lo que venimos haciendo desde larga data, incluso durante el tiempo en el que el político socialista ha sido el Alto Representante de Política Exterior y de Seguridad de la UE.
Desgraciadamente, no se puede decir que su sucesora, Kaja Kallas, una activista atlantista hasta hoy antirrusa, lo esté mejorando; es decir, que todas estas décadas, para nuestros lamentos contadas de cuatro en cuatro años, los ingenuos europeos hemos sido una bola más de la suerte de la Compañía, como en la Lotería de Babilonia que nos contó Jorge Luis Borges.
Lo de Ucrania no es una sorpresa oculta tras otra en Palestina, ya presentaba síntomas con Joe Biden, es la defunción de Occidente y de su armamento moral; ya se veía venir, pero lo que no vimos es que también se llevaría por delante a la OTAN; algo va diciendo también por ahí el presidente de la Compañía sobre las bases militares yanquis en Europa para jolgorio de la izquierda resiliente. Otro negociete de la Compañía que resulta ahora que quiere cobrar su presencia con intereses. Qué interesante sería tener ahora la opinión sobre la OTAN y las bases americanas de un siempre locuaz Felipe González. A ver si lo financia alguien.
Europa sin Defensa común, sin aquello que se llamó pilar europeo de Defensa desde tiempo en los tratados europeos, sumida en un guirigay político por las posiciones de cada uno de los Estados miembros de la UE y sus grupos políticos; pero es que la UE sí tiene política comercial y arancelaria común, es decir, poder propio en materia de tratados comerciales y aranceles, el arma temible del momento, una de las pocas señas de identidad de su integración política.
Sin embargo, resulta que ese poder, empleado habitualmente para proteger los mercados europeos y para, a veces, intimidar a los más débiles y promover alianzas estratégicas o regalos a los amigos - léase Israel o Marruecos-, no tiene respuesta aún a las amenazas comerciales y arancelarias de Trump; la UE tampoco tiene respuestas, no ya a las amenazas sino a la realidad de las injerencias políticas debido a una política europea temerosa con las grandes multinacionales tecnológicas y de la comunicación, replicada en cada uno de sus Estados miembros.
Los dirigentes europeos, comunitarios, nacionales, más los cabilderos y predicadores, en general, llevan años diciéndonos que tenemos que protegernos de las amenazas externas -leer ahora el programa político de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión y en un tiempo ministra federal alemana de Defensa, resulta cómico-.
Hasta ayer debíamos protegernos de Baldomero Putin que ahora es amigo de nuestro amigo -de ahí mi familiaridad - y, sin embargo, en nada de tiempo, condecimos que no podemos protegernos ni del uno pero tampoco del otro, el humorísticamente elegido por los estadounidenses. Y entre el caos y las amenazas no somos nadie ni nos vale para nada estar en la OTAN ni mantener bases en Rota o Morón, en el caso hispano, que nunca van ya a ser atacadas por la URSS antigua ni por la nueva Rusia.
El colmo de todo es que un mediocre como el presidente francés, Manuel Macron, que no gobierna ni su casa, pretenda ahora, pendientes de qué liderará Alemania, ser el líder de unos Estados que forman parte de la Unión Europea y aún otros de la OTAN, pero sin que sean sus instituciones las que vayan a ser convocadas a decir algo.
Si todo viene de ultramar tendremos que seguir mirando allá, poco que esperar de aquí. Los jueces federales estadounidenses están ejerciendo una cierta oposición, algunos gobernadores de los Estados, la gobernadora de Maine es un ejemplo, también, cierta prensa y ciertos activistas estadounidenses y hasta militares, que ya empiezan a ser depurados.
Las cosas allí no van bien del todo, incluso se han podido observar imágenes callejeras de vendedores de huevos- a diez dólares la docena- ante la carestía y falta de suministros, un paisaje neoyorquino que podríamos definir como de vacío bolivariano. No hay huevos de gallina en EEUU ni de los otros en Europa.
En el humor de los estadounidenses habrá que confiar, de ellos dependemos, a ver si cambian de opinión en las próximas elecciones. Si es que las hay, ya que el autócrata prometió que serían las últimas y nos reímos. Ese parece ser el único mensaje europeo: más suerte en la lotería. Si faltan huevos, sin embargo, habrá que buscarlos, no se puede vivir sin ellos, pero mucho nos tememos que la reflexión borrelliana esté bien fundada y no empuje más a resignadamente confiar en la suerte y en los huevos ajenos que en los de los europeos.