Las universidades ante el espejo: gobernar o dejarse gobernar
Imaginemos por un momento que la universidad es una ciudad antigua, de esas con murallas de piedra y calles que llevan siglos sin moverse. Dentro, la gente estudia, investiga, discute ideas. Todo tiene su orden, su ritual, su jerarquía. Fuera, en cambio, ha crecido un mundo completamente distinto: plataformas digitales que enseñan lo que quieras en el momento que quieras, empresas que contratan sin pedir título, algoritmos que corrigen exámenes y hasta explican conceptos mejor que algunos profesores. La muralla ya no protege. Y lo más urgente no es tirarla, sino decidir quién abre la puerta y hacia dónde se sale.
Esa es, en pocas palabras, la situación en la que se encuentran hoy las universidades. Vivimos en la llamada “sociedad del conocimiento”, pero paradójicamente las instituciones que durante siglos tuvieron el monopolio del saber están perdiendo peso. Ya no son las únicas que forman, ni las únicas que investigan, ni siquiera las únicas que certifican que alguien sabe algo. Google ofrece certificados. Startups como ThePower tienen sus propios MBAs. Y millones de personas aprenden cada día en YouTube, podcasts y comunidades online sin que ningún rector les haya dado permiso para ello.
Sería tentador reducir todo esto a un problema de digitalización. Actualizar los campus, poner las clases en streaming, usar inteligencia artificial para personalizar el aprendizaje... y listo. Pero eso sería quedarse en la superficie. Lo que está en juego es algo más profundo: la legitimidad de la propia institución.
En un contexto donde el populismo está creciendo en muchos países, las universidades se han convertido en blanco fácil. Se las acusa de ser élites desconectadas de la gente real, de hacer ciencia para sí mismas y de ignorar los problemas cotidianos. Algo de eso, hay que reconocerlo, tiene una base real. Durante demasiado tiempo, buena parte de la investigación académica ha vivido encerrada en revistas de pago que nadie lee fuera del mundo académico, evaluada por el número de citas que recibe en lugar de por el impacto que tiene en la sociedad.
La respuesta a esta crisis no puede ser el repliegue. Tiene que ser la apertura. La llamada Ciencia Abierta —que propone que los datos y los resultados de la investigación sean accesibles para todos, no solo para quienes pagan suscripciones caras— es un paso en la buena dirección. Pero requiere un cambio de mentalidad que muchas universidades aún no están dispuestas a asumir.
Aquí es donde la conversación se pone interesante, y también más incómoda. Porque todos los problemas que acabamos de mencionar tienen algo en común: son, en gran medida, problemas de gobernanza. De quién decide, cómo se decide y para quién se decide dentro de una universidad.
Las universidades públicas españolas cuentan, sobre el papel, con algo llamado Consejos Sociales: órganos diseñados precisamente para conectar la institución con la sociedad, el tejido empresarial y el mundo laboral. En teoría, deberían ser el puente entre lo que la universidad hace y lo que la sociedad necesita. En la práctica, muchos de estos consejos han sido durante años organismos más decorativos que funcionales, vistos con cierta desconfianza por los propios equipos rectorales, que los percibían como una intromisión externa en sus asuntos.
La idea de fondo es sencilla pero revolucionaria: la universidad no pertenece a los académicos. Es un servicio público. Y como tal, tiene que rendir cuentas a la sociedad que la financia y que necesita lo que ella produce
Pero algo está cambiando. Experiencias como la de la Universidad Pública de Navarra demuestran que cuando un Consejo Social funciona de verdad —con liderazgo claro, voluntad real y colaboración entre todos los actores— puede transformar una institución sin necesidad de grandes reformas legales. Puede atraer financiación privada, orientar la oferta académica hacia donde el mercado laboral lo necesita, y convertir la transferencia del conocimiento en algo más que un slogan.
La idea de fondo es sencilla pero revolucionaria: la universidad no pertenece a los académicos. Es un servicio público. Y como tal, tiene que rendir cuentas a la sociedad que la financia y que necesita lo que ella produce.
No se puede hablar del futuro de la universidad sin hablar de inteligencia artificial, aunque solo sea porque ya está dentro de las aulas, lo reconozcan o no los profesores. Los estudiantes usan ChatGPT para hacer sus trabajos. Las plataformas educativas adaptan los contenidos en tiempo real según el rendimiento de cada alumno. Y hay quien ya se pregunta en voz alta si el profesor humano tiene los días contados.
La pregunta no es si la IA va a cambiar la educación universitaria —eso ya está pasando— sino cómo va a responder la institución. La opción de prohibir o ignorar ya ha demostrado ser inútil. La opción inteligente es reimaginar qué es lo que un ser humano puede aportar que una máquina no puede: pensamiento crítico, empatía, ética, capacidad para navegar la incertidumbre. Justamente las cosas que más va a necesitar la sociedad en las próximas décadas.
Si echamos la vista al horizonte del año 2050, hay tres escenarios posibles para la universidad. El primero es la mercantilización total: instituciones convertidas en expendedoras de títulos rápidos al servicio del mercado, sin espíritu crítico ni compromiso social. El segundo es la fragmentación: universidades reducidas a actores marginales, incapaces de competir con plataformas digitales más ágiles y baratas.
El tercero —el deseable— es el de la universidad como infraestructura democrática. Un espacio que combina la apertura internacional con el compromiso local, que forma ciudadanos críticos además de profesionales competentes, y que sabe estar presente en los grandes debates de su tiempo. Una institución que no vende conocimiento, sino que lo construye con la sociedad y para la sociedad.
Para llegar ahí no hacen falta solo buenas ideas. Hacen falta líderes dispuestos a incomodar a sus propias instituciones, órganos de gobierno que funcionen de verdad, y una apuesta decidida por la transparencia y la rendición de cuentas. En definitiva, hacen falta universidades que dejen de mirarse el ombligo y empiecen a mirar al mundo.
Artículo elaborado a partir de la Monografía “El liderazgo de la universidad en el cambio de época”. Fundación CyD. 2026