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El Prismático es el blog de opinión de eldiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

“A pesar de los progresos, el retroceso es patente. No hay recambio generacional de las mujeres, no hay balanza equitativa”

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Me gustaría empezar esta reflexión soñando con un mundo, no muy lejano, en el que el Día internacional que celebramos hoy fuera el día de la niña y el niño en la ciencia. Como muchas otras cosas en nuestro mundo es necesario hacer una discriminación positiva para visibilizar un hecho que se repite día tras día, año tras año, y que está muy interiorizado en nuestra sociedad. 

Las mujeres tienden a orientarse, muchos piensan que genéticamente, a las profesiones de los cuidados y, los hombres, a las de la tecnología; de aquí parte un primer error de concepto, el pensamiento mágico de que las profesiones asociadas a los cuidados, esencialmente femeninas, no puedan generar ciencia, evidencia e innovación social. Pero, sin embargo, ahí están los grandes grupos de investigadores en ramas de las ciencias biomédicas y básicas, en su mayoría lideradas por hombres. Y eso que las facultades de estas profesiones están ocupadas en su mayoría por mujeres. Me pregunto cuánto tiempo tiene que pasar para equilibrar esta balanza, en la que las mujeres que hoy en día están iniciando su carrera investigadora, su grado universitario, su formación específica, para que ocupen puestos de liderazgo y sean visibles en la misma proporción que los hombres de su misma generación.

Ha pasado un siglo, en algunos casos más y en otros menos, desde que mujeres, muchas de ellas progresistas, tuvieron que luchar internamente en una ambivalencia desquiciante entre sus deseos y lucha por la igualdad y el trabajo intelectual para lucimiento de sus parejas, sin ningún tipo de reconocimiento público de su autoría. Excelente ejemplo de ello, la reciente novela La Mujer sin Nombre (Vanessa Monfort), donde detalla el debate interno de una mujer, María Lejarraga, que en el inicio de su vida adulta ve normal ser la escritora y única autora de toda la obra teatral que firmaba su marido, pero que en su evolución personal hacia la madurez y el feminismo, comprende que ha cedido su intelectualidad en un falso concepto del amor y de la sumisión, en el contexto de una sociedad en la que a la mujer solo se le presumían otras capacidades más domésticas. Hay otros muchos ejemplos de vidas similares, innumerables, que afortunadamente se van rescatando del injusto olvido, mujeres a la sombra de las obligaciones impuestas por la sociedad o a la sombra de otros. 

Ha pasado tiempo desde entonces, hemos avanzado, sin duda, la mujer se ha incorporado al mundo académico, científico y tecnológico; sin embargo, algo falla o simplemente no avanzamos lo que nos gustaría.

Mi larga experiencia profesional se asemeja a la de muchas de las mujeres de mi generación. Iniciamos nuestra andadura científica tarde, mucho más tarde que nuestros colegas varones y eso las que lo iniciamos, porque las trabas laborales (y en eso hemos perdido actualmente logros importantes) hacen que nuestras profesiones sean inestables, hasta bien entrada la cuarentena, con suerte. Y eso desmotiva. Tampoco incentiva la predisposición cultural, ambiental, educacional, a los distintos caminos profesionales en función de si eres niño o niña. Ni incentiva la desigualdad en las oportunidades si eres hombre o eres mujer. 

Es una percepción muy sutil que puede ser incluso negada o no percibida por muchas de nosotras y por una sociedad en la que tenemos una pomposa Ley de Igualdad, pero en la que los puestos de responsabilidad, en la política, en la industria, en los puestos directivos de los servicios públicos, instituciones, etc., en la vida en general, siguen siendo ocupados por hombres. Y mucho tiene que ver esta sutileza, que aparentemente está basada en la inercia o en la costumbre, con una visión de patriarcado de la sociedad, difícilmente erradicable, a la que no le interesa la igualdad real y la pérdida de privilegios asociados al cromosoma Y. Tampoco en la ciencia. 

Es tan sutil este engranaje que nosotras mismas lo justificamos porque consideramos que la crianza y los cuidados siguen siendo nuestros, como lo cree también la sociedad, a pesar de las medidas escaparate. Y dejamos de lado otras aspiraciones igual de legítimas que las de nuestros compañeros varones, para un más adelante que nunca llega.

Y así, me preocupa profundamente al final de mi vida profesional y científica que, a pesar de los progresos, el retroceso es patente. No hay recambio generacional de las mujeres, no hay balanza equitativa, al menos en la investigación en Ciencias de la Salud, especialmente en mi ámbito de actuación, la Atención Primaria de Salud, pero en general en todos los campos de la investigación y la ciencia. Porque la vida, las sucesivas crisis, la inestabilidad laboral creciente, la profunda agonía de la atención primaria desmotiva para la consulta, desmotiva para llevar a la práctica todo ese bagaje cultural, personal, científico y técnico que has cargado en tu mochila de principiante, junto con toda esa inquietud para aportar al conocimiento, a la ciencia y a los servicios públicos toda tu sabiduría, y poder devolver con creces a la sociedad  todo lo que se ha empleado en tu formación. 

Por eso, el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia sigue siendo hoy necesario, más necesario que nunca si cabe, porque sin capital humano no es posible desarrollar Ciencia para Sociedad. Y la mujer debe de formar parte de este desarrollo. Aspiro personalmente a que pueda finalizar mi vida científica y profesional con un cambio de rumbo en el que mujeres poderosas, ilusionadas, formadas e informadas asuman el papel que les corresponde en la ciencia y en la Sociedad. Y a que los que tienen responsabilidad política y de gestión lo entiendan  y actúen en consecuencia.

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11 de febrero de 2021 - 11:01 h

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