La necesidad de adaptar las ciudades al cambio climático: el efecto isla de calor afecta a más de un tercio de Zaragoza
La primera ola de calor del verano de 2026 ha vuelto a poner de manifiesto la vulnerabilidad de Zaragoza frente a las altas temperaturas. El Instituto Universitario de Investigación en Ciencias Ambientales de Aragón (IUCA) alerta de que estos episodios ya no pueden considerarse excepcionales y reclama reforzar las estrategias de adaptación para reducir la exposición de la población a un riesgo climático cada vez más relevante para la salud, la economía y la calidad de vida.
Durante estos días, Aragón y buena parte de España están registrando temperaturas extremas. En Zaragoza, alcanzar los 40 grados fue durante décadas un fenómeno excepcional, pero en los últimos años este umbral se ha vuelto más frecuente e incluso puede mantenerse durante varios días consecutivos. A ello se suma el incremento de las noches tropicales, en las que las temperaturas mínimas no bajan de los 20 grados.
“Este cambio no debe interpretarse como una anomalía aislada, sino como una señal coherente con la evolución reciente del clima y con las proyecciones disponibles para las próximas décadas”, señala Miguel Ángel Saz, subdirector del IUCA y coautor del libro 'El clima urbano de Zaragoza: la isla de calor'. El investigador subraya la necesidad de fortalecer las estrategias de adaptación en un contexto en el que los episodios de temperaturas extremas tienden a ser más frecuentes, prolongados e intensos.
Aunque las medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero siguen siendo fundamentales, desde el instituto consideran que la urgencia actual obliga a avanzar de forma decidida en actuaciones que permitan reducir la vulnerabilidad de la población, especialmente en las ciudades.
En los entornos urbanos, las olas de calor se ven agravadas por el fenómeno de la isla de calor urbana, que provoca una acumulación de calor en las zonas densamente construidas respecto a las áreas periurbanas o rurales. En Zaragoza, más de un tercio de la población experimenta incrementos significativos de temperatura durante el verano, especialmente en los distritos Centro y Casco Histórico, donde la escasez de vegetación y la elevada ocupación del suelo reducen el confort térmico.
Este fenómeno resulta especialmente acusado durante la noche. Según las mediciones realizadas en distintos entornos urbanos, las temperaturas mínimas en determinadas zonas de la ciudad pueden superar en varios grados las registradas en el observatorio de referencia de la AEMET situado en el aeropuerto. Las diferencias pueden alcanzar hasta cinco grados en verano y siete en invierno.
Desde el IUCA advierten de que estas condiciones afectan de forma desigual a la población y golpean con mayor intensidad a las personas mayores y a los colectivos más vulnerables. Además, dificultan el descanso nocturno, la movilidad cotidiana y repercuten tanto en la salud física como en la mental.
Los investigadores consideran que la planificación urbana y territorial debe incorporar de forma transversal la realidad del cambio climático y la creciente frecuencia de los episodios de calor extremo. En este sentido, Saz defiende que la adaptación no puede limitarse a recomendaciones puntuales durante los días de mayor riesgo, sino que debe integrarse en las políticas de vivienda, urbanismo, movilidad, salud pública, educación, trabajo, servicios sociales y gestión de los espacios públicos.
“Las olas de calor ya no pueden ser tratadas como episodios excepcionales. Constituyen un riesgo climático recurrente que exige planificación, anticipación y coordinación entre administraciones. Adaptar nuestras ciudades y territorios al nuevo contexto climático es una obligación ambiental, sanitaria y social”, destaca el investigador.
Entre las medidas planteadas por el grupo de investigación en Clima, Agua, Cambio Global y Sistemas Naturales del IUCA figuran la mejora del confort térmico en edificios y equipamientos públicos, la revisión de determinadas actividades laborales al aire libre durante episodios de temperaturas extremas, el aumento de zonas de sombra y vegetación, la reducción de superficies urbanas que acumulan calor, la identificación de población vulnerable y la incorporación sistemática de la climatología urbana en los proyectos de transformación de la ciudad.
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