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Juan Manuel Bethencourt

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Moción de censura para ‘dummies’

La moción de censura en Santa Cruz de Tenerife, aún no registrada pero ya firmada por los catorce concejales que le dan viabilidad, aparece como la prueba definitiva de que en la nueva normalidad tendremos la política de toda la vida, buena o mala, pero en modo alguno innovadora. Tras la pandemia resulta que los partidos políticos sufren crisis internas, los gobiernos de pacto registran tensiones y las mayorías alternativas terminan siempre en mociones de censura. Vaya una somera explicación sobre los sucesos recientes en la capital tinerfeña, en cuatro actos. Un relevo en la alcaldía para dummies

¿Por qué una moción de censura? Porque pueden. En el cuartel municipal de Coalición Canaria, la argumentación es sencilla, fría, y se basa en los números. Los nacionalistas ganaron las elecciones en Santa Cruz, creciendo en votos y concejales, pero fueron desalojados del poder porque Patricia Hernández tuvo la habilidad de articular una mayoría alternativa en la sesión constitutiva de la actual corporación. Una vez que esta mayoría ha caído tras la dimisión de Juan Ramón Lazcano y la fuga más que cantada de Evelyn Alonso, manifestada desde el minuto uno del pleno en el que tomó posesión del acta de concejal, José Manuel Bermúdez y los suyos han optado por precipitar los acontecimientos, guiados por una regla elemental: tenemos catorce votos, la alcaldesa tiene trece.

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Tres nombres para la nueva normalidad política

La nueva normalidad se abre camino en Canarias, y de su mano también una nueva normalidad política que en la identidad de sus protagonistas es exactamente como era. Que cambien las prioridades, los estilos y los personajes es algo que no está escrito ni en las estrellas, porque lo único cierto en estos tiempos es la absoluta incertidumbre. Sea como fuere, tres nombres propios han sido protagonistas de la actualidad en las últimas semanas, y, al menos para ellos, el final del estado de alarma viene cargado de expectativas.

El manual de resistencia de Fernando Clavijo. El ex presidente canario, ahora senador y líder no designado de Coalición Canaria, se presentó el pasado día 9 en la sede del Parlamento con un sorprendente atuendo casual, zapatillas deportivas retro incluidas. Departió con Ángel Víctor Torres y Casimiro Curbelo, con el semblante relajado de quien tuvo el poder y conoció sus dos caras, el oropel y el desgaste. Y no perdió detalle de todo lo que ocurría en los pasillos, condición esencial para quien, además de recordar sus buenos momentos, quiere revivirlos previa recuperación del poder y quizá la presidencia del Ejecutivo autonómico. Pocos minutos más tarde su buen estado de ánimo transmutó en júbilo tras ser informado por su abogado, el penalista y magistrado en excedencia José Antonio Choclán, del archivo del caso Grúas a cargo de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, presidida por el juez canario Manuel Marchena.

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Lo fácil, lo previsible y lo difícil

La crisis provocada por la pandemia de COVID-19 nos remite una y otra vez a una pregunta inquietante: si este mundo se ha convertido en poco tiempo en un lugar muy difícil de gobernar, ¿qué esperanza cabe cuando incluso las cuestiones sencillas se antojan objetivos casi imposibles? Es una de las lecciones que nos deja el coronavirus: lo que parecería fácil es muy difícil y de lo realmente complicado ni hablamos, así que mejor lo dejamos estar. El precio de esta ruinosa ecuación tampoco es barato: supone caer sometidos por los discursos, estos sí, fáciles, que inundan las tribunas de prensa y los mensajes de los gobiernos y los partidos en la oposición. España es un buen ejemplo al respecto: cuanto más cae la cifra de infectados, mayor es el ruido político. Pero tampoco nos libramos en Canarias, donde hay ámbitos de gestión francamente mejorables. La atención a los inmigrantes irregulares es sin duda uno de ellos.

La llegada de africanos en patera o cayuco a las costas de Canarias era un fenómeno en plena expansión en los meses previos al estallido de la pandemia. Y la respuesta de la Administración central, en lo tocante a las Islas, resultó claramente deficiente, tanto en acciones como en discursos, una cuestión primordial en todo asunto sensible, capaz de despertar los demonios internos que anidan en cualquier sociedad. Con la llegada del coronavirus, era evidente que los protocolos de atención se verían alterados, porque el estado de salud de los recién llegados estaba llamado a tomar un papel aún más relevante, sin obviar la necesaria protección para las fuerzas de seguridad y personal sociosanitario que atiende la llegada de inmigrantes. A fin de cuentas estamos hablando de una enfermedad infecciosa que también ha prendido en África, aunque parece que con mucha menor letalidad que en el Primer Mundo, porque la población del continente vecino tiene una edad media más baja que la de Europa y las comunicaciones deficientes en este caso juegan a favor, ralentizando la difusión del virus. De hecho, hay muy pocos casos positivos entre los ocupantes de las pateras, un hecho que nunca debemos cansarnos de señalar, por respeto a la realidad. Nadie que venga de fuera va a contagiarnos, y si lo hace será el pasajero de un avión, pero no el recién llegado en cayuco.

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América distópica

Las imágenes que estamos viendo estos días en Estados Unidos no resultan inéditas en la, pese a todo, convulsa historia de la república libertaria devenida en superpotencia global. Se parecen mucho a las acaecidas hace poco más de medio siglo, en la previa de las elecciones presidenciales de 1968, que colocaron a Richard Nixon en la Casa Blanca, relevo de un Lyndon B. Johnson destruido por el desastre de Vietnam, incapaz siquiera de competir por un nuevo mandato. Aquello ocurrió por la confluencia entre dos conflictos, uno provocado en el exterior, el citado conflicto armado de Vietnam, y otro interno, el combate por los derechos civiles que trajo algunos momentos luminosos (la protesta en el puente de Selma en 1965 es el más claro) y otros trágicos, como el asesinato de Martin Luther King en Memphis, abril de 1968. Lo que vino después fue una sucesión de altercados cuyo epicentro fue la Convención del Partido Demócrata en Chicago, magistralmente retratada en las crónicas de Norman Mailer. El veredicto ciudadano fue muy claro: el americano medio, sobre todo si es blanco, religioso y amigo de las armas, consideró que los republicanos son mejores garantes del orden público, y desde entonces cualquier presidente o gobernador demócrata es tachado de blando a la hora de abordar tanto disturbios interiores como episodios armados en el exterior.

Todo esto es clave para entender la estrategia dialéctica de Donald Trump ante las protestas por la muerte violenta de un ciudadano estadounidense, George Floyd, a manos de varios agentes de policía en Minneapolis. Trump sabe que presentarse como “el presidente de la ley y el orden” le beneficia electoralmente en una contienda electoral como la de noviembre próximo, en la convicción de que la oposición a su mandato y su estilo de gobierno es peligrosamente heterogénea: desde el centrismo programático de Barack Obama -un presidente simbólico por su raza y su discurso, pero moderado en la gestión- a una especie de neosocialismo muy activo en la población joven, pero tendente a la abstención si el candidato alternativo no le satisface (ejemplo claro, Joe Biden). Por el contrario, la base electoral de Trump se articula en torno a las grandes corporaciones, el conservadurismo social, un poderoso entramado mediático y un racismo soterrado en amplias franjas del país. Hacer pronósticos ahora sobre el desenlace de las presidenciales resulta, pues, tan prematuro como aventurado. Pero Donald Trump está claramente en la pelea.

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Dos (buenos) ejemplos europeos

A lo largo de los últimos meses, en España no hemos tenido empacho en señalar con el dedo a la Unión Europea, al considerarla responsable no tanto de la pandemia de coronavirus en sí misma (lo cual ya sería el colmo) como de la insuficiente respuesta política y económica al destrozo indudable provocado por la COVID-19. Durante semanas, políticos y opinadores han frecuentado las tertulias de televisión y han inundado las páginas de periódico atribuyendo a los “frugales del norte” una visión incriminatoria en la que los países del sur nos reservamos el papel de víctimas, dejando al norte la condición de verdugos. Pero es un error diplomático y estratégico considerar que la función de la UE pasa casi exclusivamente por articular mecanismos de rescate. De hecho, una visión de tal naturaleza atenta directamente contra las posibilidades de supervivencia del club europeo, ya amenazada por el riesgo de mimetismo que podría ocasionar un Brexit exitoso o incluso inocuo para su protagonista, el Reino Unido. Nunca debemos olvidar que la Unión Europea, nacida de la desgracia colectiva, de la matanza en versión industrial que supuso la Segunda Guerra Mundial, sobrevive y (a veces) avanza sobre territorio política y culturalmente inestable. Por ejemplo, a estas alturas ya sabemos que una salida de los Países Bajos sería muy dañina, y que un Gobierno de derecha populista en Francia, algo que no es imposible, sería algo así como el rejón de muerte para el único proyecto colectivo que puede sustentar el bienestar del Viejo Continente en este convulso siglo XXI. Así que menos tacticismos y más convicciones, porque nos va el futuro en ello. Pedro Sánchez se ha equivocado unas cuantas veces al equiparar con simpleza europeísmo y solidaridad. Josep Borrell le ha corregido con elegancia, al recordar que el europeísmo es por encima de todo interés común y principios compartidos. Europa se sustenta ahora mismo sobre tres pilares: Alemania y su extenso ámbito de influencia; el bloque mediterráneo que lideran España e Italia, con Francia como aliado, y el tradicional eje franco-alemán, sin el cual ningún acuerdo es posible. Esto sí lo ha entendido bien el presidente del Gobierno español, justo es decirlo también.

La Comisión Europea ha protagonizado la semana política con una propuesta muy ambiciosa para la recuperación económica del continente, en la que, por cierto, España sale muy bien parada tanto en lo tocante a las transferencias directas como a los préstamos a bajo coste, que refuerzan estrategias ya existentes como el temido programa MEDE, los fondos SURE para pagar la factura social provocada por la pérdida de empleo y las compras de deuda a cargo del Banco Central Europeo, que se mantiene ahí, impertérrito, cumpliendo funciones para los que no fue creado. Pero recordemos una cosa: este plan de rescate de la Comisión Europea lo lidera su presidenta, una alemana, y lo ha elaborado un austriaco, el comisario de Presupuestos. Así que pongámonos por un segundo en la piel de Ursula von der Leyen y Johannes Hahn, dos políticos de derecha moderada, fuertemente presionados por las opiniones públicas de sus países respectivos, donde también la extrema derecha crece a lomos de la incomprensión xenófoba. Especialmente relevante es la posición del comisario Hahn, que desde la ortodoxia ideológica que le da su condición de democristiano ha enviado un mensaje inequívoco que debería ser apreciado por sus colegas ideológicos del sur: el plan de reactivación supone una emisión de deuda sin precedentes que deberá ser pagada por esta generación y quizá la siguiente. ¿Pero cómo? Con impuestos verdes que aceleren la transición ecológica, tasas a las empresas tecnológicas (los gorrones de la nueva economía) y tributos exclusivos para las grandes multinacionales que se benefician de un mercado único de 450 millones de consumidores y carente de barreras arancelarias. Así que la sentencia está muy clara: son los ganadores del capitalismo quienes deben financiar la recuperación económica y social. Esto lo dice alguien en España y es tachado de bolivariano y chavista. Pero, ¿en qué momento el keynesianismo fue confundido con el comunismo?

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La política es para profesionales

“El pensamiento débil nos hace personas más fuertes”, dijo hace unos años Gianni Vattimo, uno de los filósofos de cabecera de la ya ex consejera de Educación, Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, María José Guerra. La tesis del filósofo italiano, exponente del pensamiento posmoderno, no se ha visto refrendada por la experiencia de la doctora Guerra al frente del sistema educativo canario, que se salda con una salida anunciada, formalizada a través de una elegante renuncia. La consejera se marcha y deja un océano de tareas pendientes, exactamente las mismas, justo es decirlo, que aquejan al resto de responsables autonómicos de educación en España. Y que se resumen en una frase: nadie sabe qué hacer en y con los colegios durante las próximas semanas. Pero a María José Guerra esta incertidumbre le ha costado el cargo.

En situaciones extremas hay que poner en valor una afirmación sin duda impopular: la política es una tarea para profesionales. La ausencia de pericia en esta materia, en ese duro deporte de contacto que es el ejercicio de la política a tiempo completo, solo puede ser compensada, y no siempre, por una solvencia técnica de primera clase, capaz de otorgar autoridad sin depender de los galones previamente obtenidos en la sede del partido político de turno. María José Guerra no es ni una cosa ni la otra: ni un rostro visible del PSOE de Tenerife ni una gestora experta en materia educativa. Su condición de reputada filósofa y profesora universitaria no otorgaba marchamo alguno allí donde un consejero o consejera de Educación se la juega: en el manejo de los resortes internos de una estructura interna con fuertes intereses corporativos. Guerra ha sido una consejera débil y todos sus interlocutores lo han sabido desde el principio. Esta certeza, que podía ser manejable en una situación de normalidad, ha aflorado con especial crudeza a raíz de la crisis originada por la pandemia de coronavirus, una tragedia cuya secuela más perniciosa es la de activar energías contradictorias entre sí: prudencia de los docentes en el proceso para reabrir los colegios, urgencia en las familias por recuperar una normalidad que podría ser nueva, pero que en todo caso exigía la presencia de los alumnos en las aulas, para que los padres y madres pudieran reincorporarse a sus puestos de trabajo. Esta tarea, la conciliación, no es tarea de los profesores, pero es potencialmente muy conflictiva, como hemos podido ver. Genera agravios e incomprensiones entre profesores y familias, un contexto difícil de manejar en cualquier caso, que la Consejería no ha logrado embridar.

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Una protesta incívica

La dirigencia de Vox quiso celebrar el sábado con una ruidosa protesta motorizada en las calles de las capitales españolas. Y ruidosa fue, pero solamente eso, porque desde luego no fue numerosa: 6.000 vehículos en Madrid, donde se produjo la concentración de mayor enjundia, no es una cifra como para sacar pecho atendiendo a convocatorias precedentes organizadas por partidos de la derecha española. Comparada con la que dio pie a la foto de Colón, o a las que el PP promovió junto a los obispos en contra del matrimonio homosexual (sí, eso ocurrió en España, hace ahora justo 15 años), la caravana de coches de Vox no deja de ser una excursión urbana. Pero más allá de su relevancia numérica, la protesta a cuatro ruedas resultó profundamente antipedagógica. Unas ciudades que por culpa de la pandemia de coronavirus han redescubierto el espacio compartido como un lugar propicio para el sosiego se vieron de repente invadidas por el tráfico saturado y el ruido. Y en tiempos en los que se habla de coexistencia entre vehículo y peatón, de reducción de la velocidad permitida en ciudad, de supermanzanas para propiciar la economía de proximidad, llega un partido político para recordarnos que su apuesta es el coche y el ruido. Y sus líderes se suben a una carroza antes de pronunciar discursos ininteligibles, opacados por el estruendo que ellos han promovido.

Vox creció de modo fértil a lomos del conflicto político catalán, que constituyó sin duda una ocasión única para un partido político entendido como reactivo al proyecto secesionista. La sentencia del procés, los disturbios que la siguieron y la convocatoria de elecciones unas semanas después -el mayor error político de Pedro Sánchez, de mucho mayor calado que el absurdo pacto con Bildu perpetrado el pasado miércoles en el Congreso- supusieron una ventana de oportunidad que el partido dirigido por Santiago Abascal aprovechó sin apenas esfuerzo: para qué hacer campaña cuando ya te la hacen tus adversarios. El paso del tiempo confirma la inexistencia en Vox de un corpus intelectual capaz de proyectarlo como alternativa en la derecha del espectro político español. En estos momentos lo único que hace Vox es agitar el árbol para que el PP recoja los frutos del descontento provocado por la situación de la España pospandémica y los errores e insuficiencias de un Gobierno central desorientado, que cambia de discurso cada semana y se mueve por impulsos derivados de los acontecimientos. Por cierto, este fin de semana el manual de comunicación de la Moncloa recomienda elogiar a los empresarios, pero no como un ejercicio de convicción, sino porque se levantaron de la mesa del diálogo social, la bala de plata que, junto al auxilio europeo, puede permitir a Pedro Sánchez embridar la legislatura. En estos momentos son dos ministras de perfil casi opuesto, Nadia Calviño y Yolanda Díaz, las garantes del buen hacer en el terreno económico, que se impone cada día que pasa como prioridad en la agenda política nacional. Así que más feminización de la política, por favor.

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El urbanismo tras la COVID: táctica y estrategia

Como en el célebre poema de Benedetti, el futuro de nuestras ciudades combinará la táctica con la estrategia para mutar hacia una nueva realidad, derivada de la pandemia de coronavirus, que no hará sino acelerar algunas tendencias ya desbrozadas en los municipios más innovadores del planeta. El ejemplo que nos viene a la mente de inmediato es la peatonalización de las calles, un fenómeno ya testado en Canarias y que sigue casi siempre la misma tendencia: rechazo inicial de los residentes, aplauso de los viandantes y buena coexistencia como resultado final. Y esa palabra, coexistencia, adquiere mucho sentido en tiempos como los que estamos viviendo. Lo primero que descubre el paseante cuando camina por la calzada de una calle hasta hace pocos días propiedad de los coches (aparcados o en circulación) es que la anchura de nuestras calles es mayor de la que pensábamos. Este cronista lo descubrió anoche mismo, en la calle Heraclio Sánchez de La Laguna, la última en la que ha sido interrumpido el tráfico en la Ciudad de los Adelantados, de momento con soluciones poco agradables a la vista, seguramente de carácter temporal, pero que recurren al diseño para producir esa convivencia ya tan deseable.

El final del desconfinamiento ha tenido la virtud de plantear algunas preguntas. La primera: los espacios para el paseo y el deporte en nuestras ciudades, pueblos y barrios, ¿son suficientes? Si atendemos a lo visto en los primeros días tras el encierro colectivo, desde luego que no, aunque la tendencia se ha moderado como parte de una secuencia lógica: del todos a la calle a la normalización de hábitos. Las capitales canarias han adoptado algunas medidas de poco riesgo, como la habilitación de calzadas para su uso por los peatones. Tardaron más de lo que debían, guiados por esa dinámica según la cual preferimos que sean otros los pioneros, un reflejo conservador que carece de etiquetas políticas y que en realidad nos ayuda poco. Canarias, que se presenta con frecuencia como laboratorio para la innovación, ejerce poco esa creencia pronunciada de palabra. Con alguna excepción: Las Palmas de Gran Canaria se ha atrevido con una estrategia de fomento de la bicicleta expresada sin complejos y ejecutada sin miedo, y comienza a recoger frutos de su audacia.

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El coronavirus y la razón de Estado

"La política estriba en una prolongada y ardua lucha contra tenaces resistencias para vencer, lo que requiere, simultáneamente, de pasión y mesura. Es del todo cierto, y así lo demuestra la Historia, que en este mundo no se arriba jamás a lo posible si no se intenta repetidamente lo imposible; pero para realizar esta tarea no sólo es indispensable ser un caudillo, sino también un héroe en todo el sentido estricto del término. Incluso todos aquellos que no son héroes ni caudillos han de armarse desde ahora de la fuerza de voluntad que les permita soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren mostrarse incapaces de realizar inclusive todo lo que aún es posible. Únicamente quien esté seguro de no doblegarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado necio o demasiado abyecto para aquello que él esté ofreciéndole; únicamente quien, ante todas estas adversidades, es capaz de oponer un “sin embargo”; únicamente un hombre constituido de esta manera podrá demostrar su vocación para la política" (Max Weber, La política como profesión, 1919).

Quizá nuestros políticos de distinto signo aún no lo han percibido, pero el momento ha llegado: el desafío que afrontamos a consecuencia de la pandemia de coronavirus tiene tal dimensión que cualquier procedimiento basado en los tics de la política pretérita, la de los “tiempos normales”, ha quedado desfasado y corre serio riesgo de colapsar por pura obsolescencia. Las palabras anteriores de Max Weber fueron escritas justo después del fin de la Primera Guerra Mundial, primer episodio cruento de un tormentoso siglo dominado por la colisión entre fuerzas tectónicas deseosas de imponer su supremacía: fascismo, comunismo, nacionalismo, liberalismo, colonialismo, conceptos que explican los pogromos, pero también los grandes acuerdos que siguieron a la barbarie, con la reconstrucción europea de los cincuenta como el ejemplo que nos viene más a mano. En 1919, por cierto, el planeta fue asolado por una epidemia de gripe que provocó la muerte del 2% de su población. Resumiendo, el doble de muertos que en la Primera Guerra Mundial y casi tantos como en la Segunda.

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Directos al abismo: chantaje vs. boicot

Afirman los psicólogos que la mejor forma de predecir el comportamiento futuro es echar un vistazo al comportamiento pasado. Guiados por ese razonamiento tan sencillo, lo que ocurrirá mañana en el pleno del Congreso de los Diputados resulta fácil de adivinar: vamos directos hacia el choque de trenes entre el principal partido del Gobierno y el principal partido de la oposición, y la víctima del encontronazo puede ser el decreto que regula el estado de alarma, que corre peligro de ser invalidado por la fuerza de los votos en la Cámara Baja. Por un lado, el presidente ha perdido valiosos apoyos que hicieron posible su investidura, cuestión que debería hacer meditar un poco a Pedro Sánchez sobre la validez de su método de diálogo político durante las circunstancias excepcionales de esta pandemia vírica; por otro, la oposición no tiene la menor intención de acudir al rescate del jefe del Ejecutivo, por más que la consecuencia pueda ser un daño incuestionable sobre la capacidad del Estado para regular la respuesta colectiva a un desafío aún vigente, porque el proceso de desconfinamiento de la población apenas acaba de comenzar. Y al final de todo una pregunta: ¿la caída del estado de alarma supondría un riesgo desde el punto de vista sanitario? Los expertos dicen que sí. ¿El fin del desconfinamiento con carácter coercitivo puede costar contagios y vidas? Parece que también. Pero así están las cosas en la política española. Luego hablamos de sentido de Estado, Pactos de la Moncloa y demás imposibles.

El encontronazo de mañana responde a lógicas perfectamente definidas en la trayectoria tanto del presidente del Gobierno, todo un aventurero político, como del principal partido de oposición en España, que a su vez es el gran partido de la derecha española, siempre dispuesto a envolverse en la bandera rojigualda pero mucho menos ávido de colaborar cuando es el gran rival el que ocupa la Moncloa. Simplemente no hay en la hemeroteca precedentes capaces de propiciar un cambio de cultura. Ni en Pedro Sánchez ni en el PP en su conjunto.

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