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Néstor Kahane

En realidad, lo valioso está en la simplicidad,  pero es muy difícil descubrir a los demás lo que de valioso tiene lo simple. Cuando uno apuesta por el periodismo ha elegido un camino muy bello, pero muy complicado: destacar los detalles de aquello en que nadie repara.

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El fotorreportero Javier Rodríguez vuelve a Ruanda 25 años después de la masacre: "La radio decía que había que matarlos a todos, que las fosas no estaban llenas"

Cuando el fotorreportero Javier Rodríguez llegó a Kigali por primera vez en 1994, la Radio Mil Colinas emitía a todas horas una orden pavorosa: "Mátenlos a todos, las fosas no están llenas todavía". Iba avisado. Una responsable de una ONG ya le había hablado del horror, de que los hutus obligaban a los niños tutsis a presenciar la muerte lenta de sus padres tras ser asesinados con un machete o un azadón. De mujeres violadas sistemáticamente y asesinadas después. Radio Mil Colinas vociferaba: "Las tumbas no están llenas todavía, sigan matando, exterminen a las cucarachas".

"Fundada por extremistas hutus en el poder, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, RTLM por sus siglas en francés, mantuvo sus transmisiones desde julio de 1993 hasta finales de julio de 1994, siguiendo el 'Decálogo hutu' que algunos inductores manejaban desde posiciones gubernamentales y ahondando en las ideas del periódico Kangura, un medio afín que ya escribía sobre la necesidad de acabar con todos los tutsis del país. De sus primeras emisiones musicales para atraer a la juventud hutu, RTML pasó a tener voz propia e imponer criterios que amplificaron su violencia", explica Javier Rodríguez, que visitó el país en aquella época de horror.

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Santander

Amo esta ciudad porque guarda todos mis recuerdos. Bajo este cielo tan gris de hoy, aislado del calor del cambio climático, recupero el feliz aburrimiento de aquellos días, que solían acabar al abrigo de las dunas de Somo bajo la atmósfera hipnótica de 'Shine on you crazy diamonds'.

En nuestra cuadrilla destacaba un chico de aspecto nórdico al que le encantaba fumar marihuana y que presumía de haberse leído, a sus 16 años, toda la biblioteca de clásicos rusos. Quería que le llamáramos Louis (pronunciado "Luí") , así, con la o intercalada para exhibir un aire beat que nunca nos explicó. Era un tipo fascinante y pronto se nos hicieron imprescindibles las tardes de verano frente a Isla Marina, en corro alrededor de él, mientras observábamos cómo achinaba los ojos y reía a tontas y a locas tras aspirar y retener calada tras calada del canuto.

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Placebo Panero

Si miras por la ventana ves jirafas. Víctor Mazón, exconcejal de Marina de Cudeyo y tenaz organizador de esta macrodespedida solo ha podido encontrar un restaurante que asegure sitio para 400 comensales: está en el Parque de Cabárceno. De los previstos sólo han faltado diez y todos lo han justificado: "Si fuera una película aparecería su fonendo antes que él", asegura gráficamente un vecino. "Muchos, dice Víctor, me han pedido intervenir para dedicarle una poesía, recordar alguna anécdota o, simplemente, agradecerle sus desvelos, pero es que entonces esto hubiera sido larguísimo y no lo habría aguantado nadie".

En el amplio salón, la media de edad supera de largo los 60 años y eso que los abuelos han venido con sus hijos y en algunos casos hasta con sus nietos. En la mesa presidencial está Alejandro Panero Sánchez, 65 años, médico de familia de Marina de Cudeyo desde hace 16, capaz de atender a cinco pacientes al mismo tiempo y de hablar por el móvil con un sexto mientras escruta de reojo los resultados de los análisis y los flujos de las tensiones arteriales: "18 horas al día, 7 días a la semana", asegura la enfermera, Ana Estandía.

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Santiago se olvida de Güemes

Miguel Ángel Serna tiene sobre la mesa más de un millar de cartas, algunas con remites procedentes de Alemania, Austria o Noruega. Todas ellas protestan por la decisión de excluir a Güemes de la ruta cántabra del Camino de Santiago. En ese pequeño núcleo rural cercano al Cubas se encuentra uno de los albergues más visitados de la senda jacobea.

En la Sala de los Caminos, más de 70 excursionistas que han acudido este sábado a una comida solidaria le escuchan con  atención. A través de la ventana empañada se ve una cabaña de cuya chimenea sale una pequeña voluta de humo. Hace frío afuera, pero aquí, junto al hogar, se está muy bien. De las paredes, blancas y austeras, cuelgan un par de cuadros de inspiración bizantina, pinturas de artistas locales y un collage en el que una letra del alfabeto nipón ilustra el inicio de la leyenda: El camino japonés.

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