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Salva Solano Salmerón

Salva Solano Salmerón es empresario y administrador de fincas. Convencido de que otra política y otro periodismo es posible, ha publicado diversos artículos en prensa escrita (Información y La Opinión de Murcia). También ha colaborado con medios digitales como Diario Progresista y Kaos en la Red. Actualmente mantiene el blog Vota y Calla, donde informa y opina de política alejado de fanatismos, con total libertad y absoluta independencia de cualquier partido.

Poco pan y pésimo circo

Nos comimos en la costa murciana un arroz a la leña con conejo y caracoles. Lo preparan con sarmientos, lo que le da un toque ahumado espectacular. Lo sirven en una paellera muy grande para que el arroz no tenga más de un dedo de alto. De esa forma se pega un poco al fondo, quemándose ligeramente, dándole un delicioso toque crujiente (siento si estás leyendo esto con hambre).

Eso lo acompañamos con media botella de vino por cabeza, que unido a la buena conversación, las risas, el chupito de pacharán y el asiático de rigor (en los pocos sitios donde lo hacen bien, es obligado pedírselo), nos dejó con ganas de seguir la fiesta.

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Piropos veraniegos, acoso callejero

Estaba yo en la terraza de un bar que da a una estrecha carretera secundaria de doble sentido, con poco tráfico. Casi había terminado con mi tostada e intentaba que uno de los gorriones que acuden siempre a picotear lo que se cae de las mesas accediera a comer migas de pan directamente de mi mano. Es difícil, pero a veces algún valiente se atreve. Este no era de esos: daba dos saltitos hacia mi mano, y cuando estaba a punto reculaba.

En esas escuché un sonoro piropo estilo personaje de José Mota: «¡Yeeeee!». Te iba a hacer esto y lo otro. La destinataria del romántico requiebro era una chica que paseaba a un perrillo no mucho más grande que mi gorrión, y el Casanova de turno, un jardinero que conducía una destartalada furgoneta a la que se le iba la vida por el tubo de escape.

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No a la pasarela de La Manga

¿Qué os cuento del Parque Regional de Las Salinas y Arenales de San Pedro del Pinatar a los que no lo conozcáis? No puedo ponerme a describíroslo porque me comería el artículo, aunque me quedo con las ganas. Es uno de esos raros lugares que no han sido destrozados del todo aún por la mano del hombre gracias a que cuenta con varias figuras de protección: Sitio Ramsar, Lugar de Interés Comunitario (LIC), Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y Zona Especialmente Protegida de Importancia para el Mediterráneo (ZEPIM). Pertenece a la Red Natura 2000.

Una vez que se deja atrás el infame puerto deportivo que tanto daño ha hecho a la playa de La Llana, nuestros pies pisan con agrado la juguetona alfombra de arena. El asfalto con el que nos empeñamos en pintar de gris nuestro mundo llegó como una siniestra lava hasta la misma orilla del mar, pero por suerte se solidificó, se detuvo allí, en el aparcamiento.

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¿De qué nos reímos?

El martes 27 de enero tuve la suerte de poder asistir a la representación de Patente de Corso en el Romea. Digo la suerte porque la actuación fue magnífica, pero obviamente no se trató sólo de fortuna: necesité desembolsar 25 euros (muy bien empleados), de los que más de 4 correspondieron al revanchista IVA cultural de este Gobierno. Quizá por eso, a pesar del tremendo éxito que está teniendo la obra, quedaban algunas localidades de las más caras vacías.

El espectáculo corre a cargo de Alberto López y Alfonso Sánchez. A los que no viváis en Andalucía quizá os sonarán de verlos en La hora de José Mota caracterizados de dos sevillanos peperos, «los compadres», que comentan la actualidad sentados en una terracita («si lo dice el ABC, eso es así»), de su película El mundo es nuestro o, más recientemente, de su papel secundario en Ocho apellidos vascos.

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Las Navidades de la recuperación

Tarde en Murcia capital, hace cosa de dos meses. Tenía que hacer tiempo y ya me había dado un largo paseo, así que me senté en la terraza de una heladería. Pasear por la ciudad no me acaba de gustar. Acostumbrado a caminar por sitios solitarios, no me hago a cruzarme continuamente con tanta gente, así no hay manera de que la cabeza se suelte, demasiados estímulos sonoros y visuales.

Hay otra cosa que no me agrada de la ciudad, y es ver a tantas personas pidiendo. No me molesta que pidan, sólo faltaba (hay a quien sí), lo que me agobia es el aldabonazo en la conciencia. En el paseo por Murcia pude coincidir perfectamente con cinco o seis mendigos. Soy de pueblo, nunca he vivido en grandes núcleos urbanos, y donde he residido no había indigentes, como se dice ahora (jamás escribiré «sin techo», ese eufemismo, burda copia del homeless anglosajón). Ya de pequeño me afectaba mucho encontrarme con ellos cuando mis padres me llevaban a la ciudad, y cada vez que voy a cualquiera de ellas me recibe un bofetón de realidad, como si alguien me diera un puñetazo con la palabra «capitalismo» tatuada en los nudillos. Sin embargo, la gente de ciudad parece estar anestesiada, y no os juzgo: supongo que si viviera allí, a mí me pasaría lo mismo.

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Nacho Vegas se moja

El jueves pasado, día seis de noviembre, fui a ver la actuación de Nacho Vegas en el Teatro Circo de Murcia. Me gusta ese sitio, es acogedor, coqueto. Distaba mucho de estar lleno. En el patio de butacas había una entrada relativamente aceptable, pero en plateas y palcos no había casi nadie. Habrá quien lo achaque a la crisis, pero yo creo que Nacho Vegas sigue siendo un artista relativamente marginal.

No os vayáis a pensar que acudí muy convencido. No, no es porque en los teatros no vendan alcohol durante la actuación, borrachuzos, es que nunca me ha llamado mucho ver un concierto sentado, a no ser que hablemos de música clásica o algo excesivamente íntimo. Por ejemplo: en el concierto benéfico que dieron Vetusta Morla y la Orquesta Sinfónica de Murcia por la reconstrucción del auditorio Narciso Yepes de Lorca (otra de tantas actuaciones ejemplares de nuestros políticos. Qué diligencia, qué saber hacer…), me quedé con ganas de bailar. Por desgracia, la noche de los Vetusta no sucedió lo mismo que cuando años antes fui a ver a los Mojo Project en el teatro de Torre Pacheco. Aquello fue un desparrame, todo el mundo se levantó, se fue hacia el escenario, se subió a las butacas… Allí tenías que bailar aunque no te apeteciera, y vaya si apetecía.

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