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Los responsables de las opiniones recogidas en este blog son sus propios autores.

Piropos veraniegos, acoso callejero

Estaba yo en la terraza de un bar que da a una estrecha carretera secundaria de doble sentido, con poco tráfico. Casi había terminado con mi tostada e intentaba que uno de los gorriones que acuden siempre a picotear lo que se cae de las mesas accediera a comer migas de pan directamente de mi mano. Es difícil, pero a veces algún valiente se atreve. Este no era de esos: daba dos saltitos hacia mi mano, y cuando estaba a punto reculaba.

En esas escuché un sonoro piropo estilo personaje de José Mota: «¡Yeeeee!». Te iba a hacer esto y lo otro. La destinataria del romántico requiebro era una chica que paseaba a un perrillo no mucho más grande que mi gorrión, y el Casanova de turno, un jardinero que conducía una destartalada furgoneta a la que se le iba la vida por el tubo de escape.

Redujo la velocidad para poder hablar con la chica. Ella venía desde mi izquierda, por la acera del otro lado de la carretera, y él iba conduciendo en dirección opuesta, solo.

El hecho de que fuera solo lo empeora. No lo justifico, ni mucho menos, pero creo entender el proceso mental que sufren estos machotes cuando van en grupo: se animan unos a otros, compiten por ver a quién le gustan más las mujeres… Es lo mismo que con el fútbol o las arengas políticas, la gente se comporta en la masa como nunca lo haría en solitario.

El jardinero llegó a tocar levemente el claxon, tratando de llamar la atención de la chica. Ella hizo como que no escuchaba, mirando al frente, y ahí debería haber quedado la cosa, pero nuestro don Juan no estaba dispuesto a rendirse. Unos pocos metros más adelante terminaba la carretera, y allí que cambió de sentido y volvió para ponerse a la altura de su víctima, con la ventanilla bajada y circulando por el carril contrario (!) para estar más cerca de ella. La furgoneta iba en primera, al paso de la chica, que intentaba acelerar, ya visiblemente incómoda, pero las minúsculas patitas del perro no daban más de sí, tiquitiquitiquitiqui, qué le pasa hoy a mi dueña, me ha debido de confundir con un galgo.

El impresentable éste, mientras trataba de entablar «conversación» medio sacando la cabeza por la ventanilla, alternaba la vista de la chica a la carretera, no fuera a ser que le viniera alguien de frente, que la seguridad es lo primero.

Miré a mi alrededor. Nadie parecía preocupado. Es verdad que el resto de mesas de la terraza estaban ocupadas por guiris, la inmensa mayoría de los cuales no conocen más de media docena de palabras en español, «sangría» y otras cuantas, aunque lleven aquí viviendo 15 años, así que como para entender el acento amurcianao del jardinero del sudeste español en pleno ritual de cortejo. Pero el lenguaje corporal es universal, y cualquiera podía entender lo que estaba pasando. Sin embargo, seguían conversando o con la vista fija en el plato, como si nada.

El jardinero, frustrado, se despidió con un «¡estúpida!» y salió zumbando a todo lo que daba la furgoneta, lo menos 30 kilómetros por hora.

Todo esto que os cuento ocurrió en realidad en pocos segundos, pero fueron suficientes para ponerme en la piel de la chica y hacerme sentir incómodo a mí también. ¿Cuántas veces tendría que aguantar ese tipo de situaciones? Y eso había sucedido a pleno día frente a una terraza llena de gente.

En ocasiones me gusta pasear por sitios solitarios de noche; si fuera mujer, ¿podría seguir haciéndolo, o tendría que ir con miedo? No quiero ni pensar que me quitaran ese derecho, qué horror.

¿QUÉ LES PASA POR LA CABEZA?

No entiendo esa manera de actuar, ni siquiera explicable en este caso por el afán de impresionar a los colegas, ya os digo. ¿Qué tenía este tío en la cabeza? ¿Qué esperaba que ocurriera? ¿Que la chica, ante la irresistible atracción de su labia unida a un físico tipo Super Mario, cayera rendida a sus pies? ¿Que se metiera en la furgoneta rogándole desesperadamente que la llevara a un lugar apartado para hacerla sentirse como una mujer de verdad por primera vez? ¿Qué le diera su número de teléfono para concertar un encuentro de sexo salvaje esa tarde con dos amigas y el perrito?

Quizá lo que pasa es que este tipo de gente ha visto demasiadas de esas películas en las que un ama de casa aburrida y cachonda le pide al jardinero fiel que le riegue el seto. Pero, colega, ¿no entiendes el significado de la palabra «ficción»? Y ¿no te has fijado en que esos jardineros de las películas se parecen tanto a ti como un dóberman al perrillo de la chica? A ver si es que no comprendes la diferencia entre fantasía y realidad, y tus problemas vienen del golpe en la cabeza que te diste de pequeño al saltar por la ventana creyéndote Son Goku.

O igual es que están tan acostumbrados al sexo previo pago que se acaban creyendo los piropos que les dedican las profesionales en el correcto desempeño de su oficio. Hola, guapo, vaya cuerpo. Eres un tigre, mi amor, cómo me gusta. Ay, ay. Sí.

Salva Solano Salmerón es autor del blog Vota y calla

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Publicado el
25 de julio de 2015 - 17:09 h

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